JAIIMITO, THE LEGEND

por ARIZAE  

 

 

 

            Jaiimito nació para la vida virtual una tarde, apenas hace un año. Yo fui testigo de su autoalumbramiento y contemplé sus esfuerzos para asomar su cabecita pelona y su debatirse entre “jaaimito”, “jaimitoo”, “jaimiito”, incluso “jaaiimiitoo” en una penúltima contracción.

            Jaiimito vive en un pueblecito norteño de casitas dispersas entre verdes praderas, con sus vacas blancas manchadas de negro como enormes dálmatas cornudos, tan estáticas sobre sus cuatro patas que parecen butacones orejeros tapizados en vacuno.

            La casa de Jaiimito está rodeada por un círculo hecho a bolígrafo. Así la vista no se nos desvía intentando buscarla y podemos obtener un pleno a cada ojeada.

            Más allá hay un bosque y, en él, debe haber  gigantescas setas rojas con lunares blancos, como faldas de folklórica puestas a secar, y enanitos laboriosos que dan una mano de barniz a los cucos escapados de los relojes tiroleses. No faltan el inevitable búho sabihondo ni la clásica oruga que fuma en narguile, que vive aquí un tranquilo exilio desde que fuera expulsada del País de las Maravillas por petarda.

            Jaiimito podría ser pequeño, peludo y suave, pero no, que es un mocetón alto, musculado y lampiño, con bíceps bien torneados por su honrado trabajo en la albañilería y no a fuerza de aparataje de gimnasio, como tanto petimetre de figurín.

Cuando vuelve a casa, tundido por el palustre, aún encuentra ánimos para encaramarse a estos andamios de vértigo del canal y hacer equilibrios por ellos, y sin arnés protector ni nada.

Le pregunto quedamente:

-Jaiimito, ¿qué placer encuentras en nuestra compañía, seres maliciados por la vida y con más conchas que galápagos?

Y él, rozando apenas las florecillas rojigualdas con la palma de la mano, me responde:

-No sé. Me gusta leeros.

Otra de sus distracciones consiste en ir dejando su nombre en toda pared, tapia, barbacana, tabique medianero o muro de contención que se le atraviese por delante, incluso en los troncos de los árboles del bosquecillo circundante. Y dice que si bien antes escribía el nombre de pila, ha notado que últimamente garabatea el alias, y eso me preocupa, pues es un indicio de que su falsa personalidad está empezando a suplantar a la verdadera.

Jaiimito se hace querer. Hablando con él no hace falta esforzarse en aparentar ser más lista, ni más ingeniosa, ni más “femme fatale”. Una se siente como cuando desmonta de los “stilettos” tras una larga velada, se calza unas gastadas babuchas y puede ¡por fin! relajar la musculatura abdominal.

Sus cándidas ocurrencias son como un bálsamo calmante, un “aftersun” reparador tras algunas sesiones de réplicas urticantes.

Hay quienes opinan que su ingenuidad es aparente, que tras esa máscara se oculta quizá algún tertuliano antaño desaparecido en combate, alguien que, escopeteado, decidió un día cambiar de identidad y volver a enrolarse en esta especie de Legión Extranjera que es el chat.

Así se lo sugerí y su pucheros ante mis sospechas me parecieron tan sinceros que no tuve corazón para herirle con mi desconfianza. Pareció tan complacido cuando le anuncié que me proponía biografiarle... Sólo espero haber llegado a tiempo, antes de que sufra una nueva “digi-evolución” y se nos vaya como tantos otros...

 

 

 

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