Ha sido la lluvia

por  etsuko  

 

 Dice Josefina Bocartes en su diario el 20 de abril de 1993:

“Sé que es muy tarde, casi de madrugada, y me duele mucho la cabeza. También sé que a poco que me esfuerce las tinieblas desaparecen y la claridad viene a iluminarme, como en un fogonazo de entendimiento, pero ahora el intento del rescate es inútil. Por eso tengo que remontarme a los pozos de la memoria para buscar su presencia y me doy de bruces con la oscuridad: ni un perfil ni un destello. Debe ser la persona más anodina del mundo. Mas esta madrugada, y pese a todo, quiero estar al borde del desquicio como sólo los que se afanan hasta perturbarse pueden llegar a comprender. Un hombre, borrón de mi memoria, dijo: “Es pronto”,  lo repitió cuarenta veces. Y eso es una barbaridad”.

  

El 20 de abril de 1993, a las siete horas y nueve minutos, el señor Atunes esperaba, muerto de frío, el autobús de la línea sexta que enlaza el puerto con la avenida principal. Sentado en el banco de la parada, procuraba darse calor llevándose las manos a la boca mientras miraba al cielo con aspecto cansado. Para ser abril las dichosas lluvias no daban un respiro, jarreaba a cántaros desde principios de año y el primer mes de lluvias fue todo un acontecimiento. ¡Cuánta chanza entonces!, ¡cuánta risa a costa del diluvio universal! Pero a estas alturas la gente ya no estaba para comentarios risueños y estaban del agua hasta la coronilla. El señor Atunes por doble motivo: es gente, no se distinguía por ser otra cosa; y encima su apellido le granjeó mil peleas con los ingeniosos de su clase en época de estudiante. Es fácil suponer que las burlas y bromas sobre agua, peces y demás historias acuíferas le tenían harto desde su infancia. Aunque, por muy cansado que estuviese, no consiguió jamás librarse de la estupidez general.

 

La única vez que el señor Atunes se consintió a sí mismo solazarse con su apellido fue gracias al amor. En aquella ocasión, se enamoró sin remedio de una mujer frágil que pronunciaba la palabra “¡Atunes!”, como si exhalara su último suspiro. Esa extraña cualidad de la señorita Eugenia Mares, profesora de canto y pobre de solemnidad, era muy penosa para el resto de sus alumnos, que no salían de su asombro por la muerte inminente de su profesora y esperaban sobrecogidos la tragedia que se avecinaba. Un suceso imposible que, por el contrario, provocaba en el señor Atunes un permanente estado de excitación, siempre al borde de la agonía amorosa o del arrobo caballeresco, que le hacía sentir a las mil maravillas. “¡Atunes, atunes…!”, pronunciaba ella para corregirle un tono y parecía que iba a morir en el acto. “¡Atunes, atunes…!”, repetía afligida. Y el señor Atunes se decía que amaría, por siempre y en la extremaunción, a ese primor que guardaba dentro de su boca el invierno de un ruiseñor.

 

Era precisamente en ella en quien pensaba el señor Atunes cuando, a las siete horas y catorce minutos, una mujer exclamó un potente: “¡BUENOS DÍAS!”, mientras se sentaba al lado izquierdo del señor Atunes y dejaba la prudente distancia que se aconseja con un desconocido en una parada de autobús. A lo que el señor Atunes replicó,  moviéndose con un ligero saltito de culo hacia su derecha, un enigmático: “Es pronto”, y lo repitió cuarenta veces. La mujer, sin sobresaltarse, le miró tranquila y reconfortada. Era sorda como una tapia, leía los labios de rechupete y le gustaba la boca con forma de metralleta del señor Atunes. Además, siendo hija y nieta de sordos, se podía permitir el lujo de entender las rarezas ajenas. “Es una barbaridad, pero no somos perfectos”, pensó la mujer. Cuando se derritió de gusto por ese cálido y sensato pensamiento, desplegó una enorme sonrisa y dio un brinco, atrevido, hacia el cuerpo del señor Atunes. Así permaneció pegada a él durante doce minutos. Ni el darse palmaditas ni sentir el propio aliento podía compararse con aquella estufa ambulante, de modo que al señor Atunes no le quedó más remedio que sonrojarse, pues no hizo amago alguno de moverse. Y podían haber permanecido así durante años sin que por eso hubiese cesado de llover, tan ricamente.

 

En esto, el autobús de la línea sexta hizo su aparición causando el mismo asombro que el ver descender, ante ellos, una nave espacial. De nada les sirvió prolongar el momento dándose un último achuchón, casi mejilla con mejilla. Un comandante uniformado, dentro de la nave, apremiaba con gestos el lanzamiento; y eso hizo que las miradas astronáuticas fueron despegándose, poco a poco, impulsadas a penetrar en el cohete que les llevaría al trabajo, fuera de la atmósfera. Era el momento del despegue que separaba su cálida intimidad, y la lluvia aprovechó para golpear contra los cristales del autobús, con visos de pelea. Pero la auténtica batalla estaba dentro donde las personas de a bordo, sacudidas por los vaivenes, defendían su espacio usando los paraguas a modo de estilete. A la vista de la monumental refriega, el señor Atunes se giró y quiso proteger a su cosmonauta con una mirada penetrante, como si quisiera con ello detener el tiempo y la acción. La mujer correspondió, a su vez, con una sonrisa pícara y bella que hizo las delicias del señor Atunes. “Encantadora”, dijo él, casi para sí mismo en un susurro imperceptible, hasta sumir a la joven en el placer perverso que causa el entendimiento insonorizado. Entretanto, el autobús de la línea sexta cerró las puertas y se alejó para siempre jamás. Ambos lo vieron alejarse incapaces de despegarse el uno del otro, bajo la lluvia.

 

De pronto, un hombre mal vestido y empapado dio voces en pos del autobús que nunca cogería. Con la lengua fuera y derrotado, miró a los tortolitos en la parada y les preguntó: “Perdonen, ¿saben dónde queda el certamen literario?”. El señor Atunes, inspirado por la hermosa sordina que reinaba entre los tórtolos, contestó: “Debe quedar muy cerca, señor mío, porque nunca he oído hablar de ese lugar, y ya se sabe que los lugares silenciosos están a la vuelta de la esquina”.  Maldiciendo su suerte, el hombre, con una mojadura de campeonato, murmuró para sus adentros: “¡Válgame el cielo!, ¡qué suerte la mía! Ya he dado con el zoquete que está dentro de una novela”, perdiéndose entre las calles de la ciudad. Después, ya solos, los dos comieron amor en silencio. Por excelencia, el beso fue de los que marcan época. Al señor Atunes, mucho más tarde, se le saltaron unas lágrimas gruesas, abundosas, cual si quisiera demostrar la capacidad humana de provocar inundaciones. Y el alarde acuífero de agradecimiento lo contuvo la mujer sedienta, quien, con el asombro reflejado en los ojos ya que no había tenido la prudencia de cerrarlos, se esforzó en beber las lágrimas con potencia de dique, a lametones. ¡Cuánto más  se derramó él, más prisa se dio la mujer en contenerlas! Tal vez se sirvió de su lengua y de sus labios, de todo su encanto y seducción, para emborracharse del misterio arcano de las lechuzas porque si ella hubiese llevado un abrigo de plumas, o una minifalda, nadie hubiese dudado del parecido fascinante de algunas féminas con las aves nocturnas. Luego aquel beso de lluvia y bosque fue lo acontecido en el territorio de las caricias, en las historias secretas de las paradas de autobús, sin parangón.

 

El señor Atunes no tuvo mejor ocurrencia que decir en ese momento, entre mocos y gotas, un tímido: “Hola”. Y, para compensar tanta simpleza verbal, ella exclamó a voz en grito: “¡HAS LLEGADO CAÍDO DEL CIELO. MI NOMBRE ES JOSEFINA!” Por aquello del efecto mariposa sucedió un terremoto, en un planeta fuera del Sistema Solar, del que nadie pudo dar fe. También aconteció otro suceso asombroso: emergió una isla en Villalón de la Sierra, tierra de secano, pero de éste son muchos los que acuden para dar su testimonio y poder contarlo.  Así, con la mariposa haciendo de las suyas dentro y fuera del planeta, el señor Atunes perdió el habla por completo, sus nervios se fueron destrozando uno a uno, sus pestañas adquirieron velocidad de crucero. Pero él puso todos los sentidos en calmar sus ánimos, incluso consiguió tranquilizarse después de tomar aire repetidas veces y recuperó la palabra.

 

— ¡Chica, no soy sordo!

— ¡PERO YO SÍ, AUNQUE LEO EN TUS LABIOS! —Gritó  Josefina—. ¡QUIERO DECIRTE QUE NO HAY MAYOR SABROSURA QUE EL LIBRO DE TU BOCA!

— ¿Y tienes roto el volumen, por un casual, lectora mía?

— ¡DESDE MI NACIMIENTO! —Confesó la mujer—. ¡PERO, POR FAVOR, NO PASES PÁGINA, NO DEJES DE MIRARME!

El señor Atunes sacudió la cabeza sonriendo.

—Bien, no dejaré de hacerlo. Siempre y cuando bajes un poquito el tono para tocar el cielo.

—NaTuRAlmente  —concedió ella con dulzura, acostumbrada a esa petición.

 

No fue un grito en toda regla, tenía sus altibajos. Sin embargo, el alivio auditivo del señor Atunes fue sólo comparable al que siente una mujer cuando ve salir una cabeza entre sus piernas en la mesa del paritorio. Inevitable la comparación con la señorita Mares, profesora de canto de voz delicada y  armoniosa, fácilmente adorable, aunque se hubiese dado con la sorda un morreo considerable. A las mujeres, por mucho que se afanen, les va a resultar imposible comprender la ligereza sentimental del señor Atunes. No busquen explicación, no la hay.

 

—De modo que... No sé. Da igual. ¡Vaya beso, Josefina!

—Si los libRos te besan, te roban el alma. —Josefina tenía un lenguaje raro, cursi,  propio de un universo extraño—.  Me gustaría saber cuál es el título del libRo, saber cómo te llamas.

—Gregorio, Gregorio Atunes, pero todo el mundo me llama Atunes.

—Tu apellido es  el destino de un libRo abierto —farfulló a su peculiar manera Josefina.

—Eso… ¿lo dices en serio?  —Atunes puso cara de no entender nada—. Porque será el destino de un libro, pero me hace una gracia que…

—Somos libRos, nada más. —Josefina estaba sonriendo—. Tengo ahora una cUrioSidaD, ¿para qué es prontO y por qué lo repites tantO?

Él dejó escapar un suspiro.

—Es pronto para…

La llegada del siguiente autobús ocultó los cuerpos, tapó las voces de los que hablaban y dejó la sensación de pérdida que un sordo conoce a la perfección 

 

El 20 de abril de 1993, a las diez horas y dieciséis minutos, un accidente en la calle Morales, en el mismo centro de la ciudad, provocó un atasco 7,8 en la escala de Atascos Mundiales por Lluvias Torrenciales en el que estaban involucrados: dos coches; una moto; un autobús; dos taxis; un guardia de tráfico; doce perros; una viajera: Josefina Bocartes que, tras horas de vigilancia en el Hospital “Virgen de la Sanidad”, fue dada de alta con magulladuras varias y un chichón 9,3 en la escala de Chichones, sin derrame cerebral; y dos víctimas mortales. Una de las víctimas, la señorita Eugenia Mares, fue atropellada por cada uno de los vehículos, pero aún estaba viva cuando llegaron dos ambulancias porque se le escuchó decir: “¡Atunes!”, y murió en el acto; la otra, un hombre de mediana edad y con un rostro extraño que recordaba a un pez, salió disparada de un taxi dejando los sesos contra el cristal delantero. En el bolsillo derecho de su gabardina encontraron documentos en los que podía leerse: Ramón Gómez de la Mojada, aprendiz de escritor. Cuentan sus familiares que se dirigía a un certamen literario de paradero desconocido. De Gregorio Atunes, no se sabe nada. Se perdió en la espesura de las paradas de autobús.

 

Último párrafo en el diario de Josefina:

“Aunque para aliviar la dolorosa tristeza y resolver el misterio, buscaré al hombre-libro, con denuedo y galanura, sin apenas llamar la atención. Sólo entonces tendré a bien dormir tranquila… ¿Y si me besó bajo la lluvia?  ¡Qué ocurrencia!  Entonces, ¿por qué tengo la boca abierta?

 

  

 

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