AJENIDAD

 por Manuel Vázquez Alarcón

 

El piso de la calle Caballero de Gracia tenía un salón amplio, aunque escasamente iluminado, debido a los edificios tan altos que se encontraban frente a él. Por este motivo, en el salón dominaba el color blanco y había tan sólo un cuadro pintado con colores fríos, el cual tenía dibujado un trono sin dueño, sucedido de unas cortinas torpemente pintadas. Siempre que miraba tales pinceladas, imaginaba que ella era Hamlet y que se dedicaba a observar el sitio dejado por su padre. Esa obra pictórica presidía la pared, dando la impresión de dominio sobre los dos enchufes que a dos palmos del suelo acompañaban la paupérrima decoración. Frente a esa pared, se encontraba la pared más inobservada de las tres que componían aquel recinto, a pesar de que tuviera un amplio mueble expositor, donde se guardaba la vajilla cartujana que había sido regalada por una tía-abuela que jamás había visto, como una serie de pequeñas fotografías en blanco y negro, algunas, y, otras, en color.


La última pared que describo, pues la última era una puerta de metal con dos cristales encajados que daba a un pequeño balcón, tenía un viejo sofá que no era más que un compuesto de tablas y gomaespuma rota y maloliente. Sobre él, fijado con un viejo clavo doblado por el peso, el retrato, con los árboles de un lejano parque, hecho, a color, por un fotógrafo el día que se casaron,. ¡Cómo pasaba el tiempo! Parecía una anciana en comparación con la muchacha que sonreía inocentemente.


Siempre miraba el cuadro del “trono sin rey”, tras mirar su efigie matrimonial. Al hacerlo, no podía evitar que de sus verdes ojos cristalinos emergiera una huidiza lágrima. ¿Qué había pasado en tan sólo un año? En aquel tiempo tenía toda la vida por delante para ser feliz junto a su marido. La vejez era como el punto de destino para el recorrido soñado por unos viajeros, y se le antojaba dichosa.


Lola había sido siempre una muchacha bonita, soñadora, simpática, divertida, sincera y fiel -tanto a su pareja como a sus principios-, de figura esbelta, de pies pequeños, de carne blanca y pecosa, con una mirada siempre brillante e inquieta. Sus labios parecían que iban a dejar escapar siempre un “te quiero” o un “te amo”. Sus manos, delgadas y de dedos alargados, siempre desprendían calidez al roce con mi piel. Sus pechos, bajo sus ropas, se adivinaban hermosos la primera vez que la vi, como cántaros repletos del dulce néctar que debían beber los dioses del Olimpo griego: un placer sólo reservado a unos pocos héroes afortunados que podían conquistarlos, tras superar largas batallas en la cruel contienda del amor.


Todavía la recuerdo hoy como la primera vez que la vi. Sí, hubo otras ocasiones en las que la conocí. En cada ocasión que coincidí estando con ella la traté como si el resto de las anteriores no hubieran existido. Me embriagaba esa sensación. Como la que experimenta un niño al levantar un pico de las sábanas que cubren su cama, esperando encontrar un juguete que él mismo ha dejado para luego hallar. Llámenme enfermo, lujurioso, psicópata, estúpido y necio, pero no me cataloguen por un iluso, pues la única esperanza que tenía cada día, que en mi triste vida empezaba, era volver a conocerla. Como la primera vez.
Y él la había traicionado. Su propio marido. El hombre que, junto a su lado, aparecía vestido de chaqué con una fría sonrisa. Maldito villano. Nunca fue un Hércules, ni un vulgar Prometeo. Y sin ser Prometeo había robado el fuego de tal diosa, como aquél.


Cuando volvía de trabajar al piso donde vivía antes, una tarde, como todas, miré el buzón con la ilusión de recibir un prófugo escrito de su mano. Aquella tarde encontré la recompensa que ansiaba. Mi corazón latía a punto de escaparse de mi pecho. Era una carta de ella. Me mandaba una misiva. Instintivamente, miré en derredor por si aún se encontraba por allí cerca esperando ver mi expresión. No la vi. Acobardado por los reproches que cualquier entrometido vecino me pudiera decir, guardé el sobre en el bolsillo de mi abrigo con disimulo, temiendo que alguien me viera. Con todo, subí rápido los escalones cubiertos de parqué levantado y resquebrajado. Con torpeza abrí la puerta de mi morada. Entré a él mirando detrás de mí, allí no había nadie. Cerré con sigilo la puerta. Y apoyado contra ella dejé caer mi cuerpo sin despegarme de la abertura a mi precipicio.


Se casaba.


Se casaba. Aquellas letras eran una invitación formal a una ceremonia matrimonial que tendría lugar dos meses después. ¿Qué sensación de calor y frío podía recorrer mi cuerpo con tanto vigor? El aire que debía llegar a mis pulmones había cesado de entrar por mi nariz. Me asfixiaba. Mis manos se quedaron petrificadas. Quise llorar, mas no podía. No podía expulsar tanta rabia, tanta soledad, tantas ilusiones frustradas, tantas noches en vela, tantos recuerdos, tantas miradas, tantos secretos, tantas… ¡Tantas!.


Era el ser más desgraciado. ¿Acaso no merecía ser amado por ella? Yo no deseaba a ninguna otra, sólo a ella. Recuerdo lo único que pensé: “nunca seré suyo”. ¿Por qué no tenía yo ese derecho a recibir su amor? Me cuestionaba sin cesar “¿qué he hecho mal?”. No encontraba consuelo, … ni respuesta.
La amaba sin egoísmo. Pensaba siempre primero en ella, luego en nosotros y, por último, en mí.
Nunca me amaría.

No asistí al convite, en cambio, sí fui a la ceremonia con la fútil esperanza de que ella dijera que no lo quería. Tal cosa no sucedió.


Al pisar la primera piedra de la calle, decidí desaparecer de su vida. Yo no podía, compréndeme, concebirla como una vulgar amiga, como tampoco podía ocultarle mis sentimientos, e incluso me oponía a querer conocerla cada día al verla como el primero. Aquella magia se había despedazado. Yo estaba destrozado. No podía ser otro.


Ya nunca más buscaría encontrarme con ella en el mismo camino, ni volvería a verla. Haría todo lo posible por cumplir esta promesa.


Pasó el tiempo con sus meses, uno detrás de otro. Días que se me hicieron eternos en los que sólo sentía la punzada de la soledad. Me tumbaba en la cama que componía todo el mobiliario de mi piso, junto a un armario de una puerta donde guardaba la ropa y que tenía un espejo, para tratar de pensar en otras cosas que no fuera algún recuerdo de ella. En mi mente debía matarla, aniquilarla si era preciso. No obstante, siempre que buscaba algún recuerdo de la infancia para no pensar en ella, éste no aparecía. Era incapaz de vislumbrar en mi cabeza algún detalle de la cara de mi padre o de la de mi madre. Quizá esto se debía a las frecuentes pérdidas de memoria que tenía, a consecuencia de un accidente que tuve en mi adolescencia, y del que desafortunadamente me había quedado una cicatriz que me cruzaba en diagonal toda la cara. Empero, los detalles de mi fisonomía no son importantes para ti, amigo mío, pues ya los conoces.
Recuerdo un día que me encontraba sentado en un banco en el “parque de los Austrias” -dejando a mi lado derecho el Teatro Real- cuando apareció de la nada ella. Había llorado. Se le notaba que tenía el borde inferior de su ojo rojizo, irritado por las lágrimas. Quise huir de donde me encontraba, pero mi cuerpo no reaccionaba.
Llegó a mí. Me abrazó, desconsolada, mis brazos no tenían suficiente fuerza como para rodearla y apegarla a mi pecho. Volvió a romper a llorar sobre mi hombro, preguntándome si la repudiaba. La miré con sentimiento de ajenidad y culpa. Claro que no la repudiaba. Todavía la amaba. “¿Por qué me preguntas eso?”, me decía a mí mismo. “Ya no me tocas, ni siquiera me besas”, decía entrecortando sus palabras. “¿Cuándo la he besado?”, me contestaba. Traté de dar marcha atrás a todos mis recuerdos raudamente, por ver si encontraba algún momento en el que la hubiera besado, aunque fuera en la mejilla.
“¡Sí! ¡Por supuesto que la había besado! El mismo día de la boda la besé en los labios. ¡No, necio! No es posible. No se casó conmigo. Se casó con otro. No se casó conmigo. Se casó con otro hombre idéntico a mí en su físico pero… carente de toda locura”.

Coincidirás ahora en que debo estar lejos de ti, compañero. Ya no pueden acompañarme tus miedos, tu cicatriz, ni tus sueños porque estos yo te los robo. El resto, puedes quedártelos contigo en mi olvido. Pues hoy quiero sentirme libre y dichoso.

 

 
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