CONVERSACIÓN CON UNA PUERTA

por Rodrigo Riera

 

Siempre hemos vivido en un primer piso, desde que éramos pequeños, pero hace dos semanas nos mudamos a un cuarto piso sin ascensor. No sé porqué nos fuimos del piso anterior pero ahora estoy descubriendo por primera vez lo que son las escaleras de un edificio. Siento que me llevan a cada una de las plantas cada veinte escalones, cojo resuelllo cada vez que llego al primero para empezar a subir hasta el segundo. En total son ochenta y seis escalones, los he contado cuatro veces todos los días desde que estamos aquí. Son todos iguales, pero siento que pueden hablarme, gritarme, motivarme e incluso entorpecerme cada vez que los piso para llegar a mi casa. Se lo he intentado explicar a mi hermano pero me mira como si necesitara algún tipo de medicación. A él no le pasa lo mismo que a mí, está harto de subir tantos escalones para poder encerrarse en su habitación y fumar a escondidas sin que se enteren mis padres. Para mí, la escalera supone un diálogo fluido conmigo mismo, puedo preguntarle todo lo que se me ocurra y de una forma u otra me contesta sin ningún atisbo de duda, con el movimiento de la ventana de un patio, una puerta cerrándose o el ruido de unas llaves abriendo una cerradura. Pero siempre duda cada vez que le hago alguna pregunta sobre la puerta verde del 3ºA, la escalera se vuelve muda e intenta despistarme para que no me de cuenta, un vecino que baja de forma precipitada las escaleras, la señora de la limpieza fregando el suelo o una empresa de muebles que sube un encargo.

Es una puerta diferente a las demás, verde mientras el resto son marrones, de metal, mientras el resto son de madera, sin mirilla, mientras el resto tiene una. Nunca he visto salir o entrar a gente de ese piso. ¿Por qué tiene una puerta diferente al resto? ¿Tiene que esconder algún secreto? ¿Por qué ha violado las reglas de la comunidad de vecinos? Durante una tarde me he apostado en el descansillo de nuestra planta para intentar ver alguno de los habitantes de ese piso, pero no he tenido suerte. Les he preguntado a mi hermano y a mis padres si conocen a los dueños de ese piso y me han mirado extrañados porque no se habían dado cuenta ni siquiera de que la puerta era diferente.

Aunque todavía no tengo suficiente confianza con el resto de vecinos, he entablado los primeros contactos con un chico que tiene la misma edad que yo y que vive en el piso de al lado de la puerta verde. Ayer coincidimos en el portal y me invitó a su casa a jugar con la consola nueva que le habían regalado, no tenía muchas ganas pero se me ocurrió que sería una buena oportunidad para preguntarle por sus vecinos. Llamo a su casa a la hora convenida y me abre su madre que me hace una caricia en el pelo mientras me deja entrar. Después de merendar y de jugar media hora con la consola, lanzo al aire mi pregunta y se me queda mirando sorprendido, creía que todas las puertas del edificio eran iguales, marrones, de madera y con mirilla, por eso le extraña tanto que para mí sea diferente. No vuelvo a hacerle más preguntas, me quedo ensimismado con mis pensamientos e invento una excusa para poder irme a mi casa y echar un vistazo a la puerta.

Me despido de la madre del vecino y después de que cerrara la puerta me acerco para estudiarla con detalle, su textura, su altura, su anchura, su pomo, sus cuarterones. Todavía me pregunto porqué nadie me contesta a las preguntas que me hago, todos rehúyen decirme algo sobre ella. Vuelvo a mi casa y mis padres me miran de forma extraña, y empiezan a susurrar cuando me meto en mi habitación. Mi hermano me ignora y me observa a escondidas, como si fuera un extraño.

Esta noche me he levantado mientras todo el edificio dormía, no había luces encendidas en ninguna ventana y las escaleras estaban a oscuras. He salido de mi casa y he bajado hasta la puerta verde en pijama, me he acurrucado en el rellano cuando he empezado a oir ruidos detrás de la puerta. No entendía las palabras que decían, era un lenguaje indescifrable y cuando han comenzado a gritar se han acercado a la puerta. He contenido la respiración y he mirado con cautela hasta que he escondido la cara por el miedo de lo que han visto mis ojos. De la puerta verde no salían personas normales, eran chimpancés de más de dos metros de altura, con alas en la espalda. Se hablaban entre ellos a gritos y cada uno iba vestido con ropas de verano, pantalones cortos y camisetas de colores llamativos. Bajan las escaleras deslizándose por el pasamanos, me alongo para intentar retener en mi retina lo que acabo de ver, pero ya han desaparecido.

Durante el desayuno, guardo un silencio sepulcral porque todavía no he asimilado la experiencia de la noche anterior. Mis padres hablan de un tema trivial y mi hermano casi se queda dormido encima del plato con tostadas. Mi madre se levanta para fregar los platos y, como por arte de magia, oigo las mismas voces de los chimpancés que salen del grifo. Son los mismos sonidos que oí anoche, levanto la vista hacia mi padre y mi hermano pero ellos ni se inmutan. Intento descifrar lo que dicen esas voces, me concentro durante varios minutos y consigo adivinar lo que dicen algunas frases, pero cuando me doy cuenta de su significado, un frío escalofrío recorre todo mi cuerpo. Las voces del grifo me dicen: TIENES QUE MATARLA, ANTES DE QUE TE MATE A TI, NO SIGAS ATORMENTÁNDOTE, MÁTALA Y SERÁS LIBRE. Despacio cojo el cuchillo que está encima de la mesa y me dirijo hacia mi madre para cumplir lo que me ordenan los chimpancés. Mi padre viene corriendo hacia mí, gritándome y me sujeta la muñeca hasta que dejo caer el arma. Le miro asustado a la cara, sin reconocerle, y me voy corriendo a mi habitación.

Desde entonces no he salido de mi habitación no hablo con nadie, sólo oigo al médico que viene a verme a diario, siempre me habla de alucinaciones y delirios, pero todas las noches me despierto pensando en chimpancés gigantes con alas que vienen a buscarme.
 
 

 

 
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