DULCE PÁJARO…

por Camelia

 

Me siento a escribir porque necesito decir lo que siento y de este modo convencerme de que lo que digo ha pasado. Necesito expresar lo que para mi ha sido vivir los últimos minutos de una vida diminuta y seguir adelante.

Ayer 13 de noviembre de 2004 murió Pío al mediodía.

Descanse en paz en el reino de los pájaros si es que existe.

No sé exactamente los años que llevaba en casa, alrededor de nueve o más.
Me dijeron que en un pájaro es una edad en la que ya es como un anciano en los humanos. Me da lo mismo...

No creí que ver morir a un pajarillo pudiese producirme tanto dolor.
Su espacio esta vacío y falta él.

No he dormido bien, incluso hoy por la mañana he creído oírle piar.

Mi madre y mi hermana me han transmitido un sentimiento parecido.

- “No he dormido nada pensando en el pobrecico”, me ha dicho mi madre mientras unas lágrimas se deslizaban por sus ojos tristes y enrojecidos.
- “A mí me ha parecido escucharlo esta mañana”, me ha dicho Ángeles, como lo vamos a echar de menos...

Ayer sábado llamamos a mi hermana, para decirle que mi madre no iría a su casa a comer. El día anterior le habían salido unos herpes en los labios y la barbilla. Tiene dolor en un costado y nos pareció que seria mejor que descansase y no fuese de un lado para otro.
Ha entrado el mal tiempo de repente y hace mucho frío.
No queríamos exponerla a los cambios de temperatura bruscos y que se resfriase. Tiene 89 años y hay que cuidarla mucho.

El destino quiso que precisamente, ayer, fuese el día en que Pío se marchase definitivamente.
Quizás hubiese sido mejor que ella no hubiese estado pero eso no lo podíamos prever.

Hace días, Pío se mostró triste. Observamos que le salieron horas mas tarde, unos bultos encima de los ojos.
En una pajarería nos dieron unas indicaciones, aunque todo indicaba que tenia mala pinta, ya que sabían de pajarillos con síntomas similares que tardaron muy poco en morir en el veterinario.

Veíamos que Pío aunque no era el de siempre todavía comía y se movía, incluso se dejaba curar. Llevaba así casi un mes.
Lo lavábamos con manzanilla, incluso la jaula. Pensábamos que si se rascaba, en los barrotes como tenia costumbre, estarían más desinfectados.

Le dimos mercromina y pusimos aspirina en el agua. Quizás le calmase o le bajase la inflamación. Solo queríamos aliviarle.
Estaba muy "pocho" pero seguía comiendo y cuando nos acercábamos seguía picándonos en los dedos como hacia siempre. Eran como sus besos, eran sus caricias. Se erguía sobre sus patas y levantaba las alas como si atacase, pero no hacia daño.

Le decíamos:
-¿Pero donde vas tú, si no me quieres?...
Seguía la trayectoria del dedo que eligieses siguiéndolo y cuando lo dejabas quieto se acercaba y volvía a picar. Cuando paraba, trinaba como si contestase, a lo que le decíamos. Era muy gracioso.

Ayer por la mañana cuando Ángeles le limpio la jaula vio que se cayó del palo, al suelo de la jaula. Metió la mano lo toco y apenas se movió.
Me dijo:
- Creo que el pajaríco ya no ve, se va a morir... me miro y las dos nos pusimos a llorar. En nuestro cruce de miradas supimos que era el final.

Deje la jaula en el rincón más tranquilo de la habitación y cuando mi madre quiso sacar la jaula al salón como todos los días le dije:
- Mejor no lo toques mama, porque creo que se esta muriendo, apenas se mueve. Vamos a dejar que descanse tranquilo aquí, en silencio y abrigado.

Yo iba y venia. No podía mirar como se moría. Me dolía, me dolía mucho.
He visto morir a muchos seres humanos y el dolor por la perdida de un ser querido, cuando se quiere de verdad duele... no diré en que grado ni en que intensidad. Son seres diferentes, son duelos diferentes pero duele...

-“Como es la muerte, no somos nada”, repetía mi madre.
Se acercaba y le decía:
-¿Cariño que te pasa? ¿Maño mío estas malíco?
Se volvía a mí y me preguntaba:
-¿De verdad se muere?...
- Creo que si mama.
- Pobrecico y ¿no le podemos hacer nada?
-Esta muy mal, solo podemos acompañarlo.

No pude retirarla mas que de vez en cuando, ya que en cuanto me veía a mí, que me acercaba al momento ya estaba a mi lado llorando.
Las dos lloramos antes, durante y después de que muriese.
Llame a mi hermana justo unos minutos antes de que todo terminase. Me dijo tápalo y yo lo retirare.
No podía tapar su jaula. Tarde o temprano tendría que mirar si había muerto.
Fue tan triste ver como en uno de sus estertores se daba la vuelta y mostraba su tripita y las patitas mientras cada vez le costaba mas respirar.
Dejó de latir su cuerpo, ya no se movía. ¡Qué cruel es la muerte!
Si, la muerte se veía en él. Su aspecto habia cambiado en un segundo.
Nos dimos un sofocón y por un momento no supe que hacer.

Decidí esperar tal y como me habían dicho; pasados unos minutos, tome la decisión de ser yo misma, la que lo amortajase. Era un acto de cariño.

Entonces en ese instante supe que era incapaz de cogerlo y envolverlo.

Pero no quería que Ángeles lo viese muerto. Yo hubiese preferido recordarlo con vida y pensar que simplemente habia volado lejos y que estaba bien.

¿Que iba a hacer? Estaba bloqueada.
Tenia que hacer algo pero... ¿que?
En la cesta de las revistas, cerca de la jaula vi una imagen de Egipto en portada del MUY INTERESANTE.
-¡Eso es, no lo tocare!

Decidí dejarlo allí donde estaba.

Si, dentro de su jaula con su alpiste, su barrita de miel, sus trozos de oblea, sus comederos. Cada uno de los elementos que con que él habían compartido su vida.
Ningún otro pájaro ocuparía su sitio.
Con el tapete, con el que a veces tapábamos un poco su jaula, para que descansara un poco más, en los días de verano, en los que en cuanto veía un rayo de luz, se ponía a cantar, cubrí su cuerpecito que ya no se movía ni respiraba desde hacia un rato.
Tome la bandeja en la que estaba colocada la jaula y metí el conjunto en una resistente bolsa negra como un sudario y precinte cada extremo. Despues metí este en una bolsa blanca que tenía asas.

Ángeles no tendría que sujetar la jaula, y sufrir más, al trasladarla.

Lo hemos cuidado con cariño y creo que él lo sabía. Lo echaremos de menos.

En este momento me cuesta seguir escribiendo, siento angustia, pero tengo que dejar mis sentimientos plasmados, para hacer mi duelo cuanto antes.

Quiero recordar como cantaba mientras escuchaba música de opera, melódica o con sonidos que le hacían vibrar como a mí.
Como piaba cuando lo dejabas solo y como se callaba en cuanto le decías la más mínima palabra acercándote a la jaula. Queríamos creer que nos entendía.
Como tomaba un trocito de oblea de un extremo del palo y pasaba al otro extremo para después de mojarlo en el agua comérselo.
Era nuestro pajarillo. Le pusimos el nombre de Pío porque cuando nos lo dieron durante semanas solo se oía pío, pío, pío.

Nuestro pajarillo era especial. Nació en una nidada de cinco y cuatro eran de colores y él parecía un gorrión, pero fue el único que sobrevivió muchos años, a todos los demás. Lo aceptamos porque nos lo regalaron mis sobrinos con todo su cariño y en casa les hacia ilusión. Yo nunca he querido animales en casa.
Todos los animales como seres vivos que son requieren cuidados que han de ser continuos y aunque no hablen, lo cierto es que sienten y padecen. Por eso me resulta incomprensible como se maltrata y se abandonan cruelmente a muchos animales que son fieles con tan poco. Ellos nunca lo harían…

Era como un gorrión callejero. Ningún rasgo que le hiciese ser particularmente bello, incluso tenía un ojo más pequeño que el otro. Se hizo adulto a nuestro lado y trinaba sin parar.
Jamás me atreví a cogerlo porque creía que podría hacerle daño.
El latido de su corazón y su cuerpecillo diminuto y frágil me hacían sudar solo con pensar que pudiese apretarlo mas de lo debido y hacerle daño.
El tiempo pasó y poco a poco fue uno más de la familia.
Pío ese era su nombre y todos lo queríamos.

A su muerte ni se nos ocurrió volver a tener otro, estábamos todavía echándolo de menos.
Han pasado tres años y quiero compartir que la vida sigue y despues de un tiempo el recuerdo permanece pero ahora ya lo recordamos sin dolor.

Compartiré con todos que semanas despues de la muerte de Pío apareció en mi casa de manos de Juan, un canario bebé de color naranja como la zanahoria, que se movía sin parar de un lado al otro y que se notaba que tenia cara de inocente. Habia nacido hacia poco tiempo.

Mi madre se acerco y le dijo:
- ¡Hola piquico! ¡Pero que guapo eres…!
- ¿Te gusta yaya?
- Mucho ¿pero es que es para nosotras?
Si yaya es para ti.

Desde entonces Quico alegra la casa.
Ha pasado el tiempo. Ya tiene cara de pillo y sabe pedir con tesón.
Con él he perdido el miedo a tocarlo y de vez en cuando lo cojo y mientras le hablo suavemente y sin parar como si le contase un cuento, no se resiste, lo acaricio y él se apoya en mi regazo. Cuantas veces tengo que decirle:
Ya se que estas muy mullido… ¡Pero no te duermas!

Ahora el color de su cuerpo es naranja pero las últimas plumas de las alas y la cola son blancas.
Le gusta Pavarotti y darse un baño diario que es todo un ritual.
Se pone frente a nosotras mientras comemos y nos mira: izquierda, centro, derecha. En cuanto falta alguien o se queda solo pía durante un rato.
Tiene distintas formas de piar o trinar y coincide con lo que quiere. Es así porque si o porque tiene unas costumbres establecidas. Parece de chiste pero los que vienen a casa se ríen cuando ven como actúa.
No le gusta que le haga fotos y todas las noches a las diez más o menos te llama para que le pongas un pañuelo a modo de tejadillo. Despues rápidamente sube al palo superior y a los pocos minutos su cuerpecito es una bolita amorosa.

Creo que sabe que lo cuidaremos y nosotras solo queremos que viva para que nos siga haciendo felices muchos años más.
 

©Escrito por camelia

 

 
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