El Juez Pacheco

Capítulo 1

 

H.V.M

 

                             Primer caso para Su Señoría: el robo misterioso de un caballo en Periana. Según la Guardia Civil, el sospechoso es Pepe el Anciano, perdón Pepe Ortiguita Rodríguez; pero si me deja que le aconseje, don Roberto, no tendría yo muy en cuenta el criterio de la Benemérita de este pueblo (bueno, de ninguno), porque si hay algún robo o pelea, o delito, siempre incriminan a Pepe el Anciano. El hombre está ya harto de que siempre lo hagan.

                             Gracias por su consejo Lola. ¿Me pasa las diligencias?

                             Por supuesto.

Escrutaba con el rigor de un científico los papeles que Lola le había pasado. Ella, distraída, observaba como su rostro circunspecto le hacía abstraerse de todo cuanto allí le rodeaba. Lola acababa de conocer hacía dos días a aquel hombre sobrio, parco en palabras y de apariencia extravagante, y ya sentía un curioso interés por él. No imaginaba lo que en la brillante cabeza del juez estaba pasando.

Roberto Pacheco disponía de una foto del lugar donde se suponía que el cuadrúpedo animal había sido visto por última vez por Rafael Orantes Padilla, un vecino próximo al cortijo en el que el rocín tenía su cuadra. Ojeó con un breve vistazo la foto para pasar a leer la declaración de don Rafael, declaración escueta pero coherente (“yo pasé por allí con mi perro Domingo, que se llama como el Alcalde,  allí vi, como todas las mañanas, el caballico de Juan el de las vacas, y yo qué iba a pensar que lo fueran a robar como el que coge una moneda. Eso fue lo que vi, sargento”). A continuación dirigió su vista a la foto.

El cortijo de Juan Rodríguez Cuesta, o Juan el de las vacas, era un casi derruido montón de piedras amontonadas unas sobre otras, con una puerta anclada por tan sólo la bisagra superior, y una ventana, junto a aquélla, sin cristal. La cuadra era un techado con cuatro postes de madera, una chapa de uralita clavada sobre los cuatro postes y un pequeño abrevadero hecho con una bañera encontrada en la basura, y, a su vera, había un bidón oxidado de los que se usaban para transportar gasolinas y gasóleos “b”, enterrado por su mitad en el suelo, en el que el dueño de la bestia echaba la comida, en su mayoría paja sobrante de la recogida del trigo, la cebada y demás cereales cultivados por aquella comarca, que Juan el de las vacas robaba en las eras o campos donde se recolectaban. Lo primero en lo que se fijó Pacheco fue en que no había ni puertas ni paredes que pudiera reservar al animal, tan sólo un poste pequeño de madera con una ancha hendidura, la justa para que cupiesen dos vueltas de soga gorda para amarrarlo. Estaba al alcance de cualquiera poder robar el animal. Según leyó, tras sacar esta conclusión, en la declaración del cortijero, Penco, que así era como se llamaba el caballo, tenía ocho años y se encontraba muy enfermo para las labores propias del campo, pero le tenía gran cariño puesto que en sus esperones montaba a sus nietos y todos los domingos iban de paseo montados en el caballo.

Cualquier persona en su cargo habría despreciado el caso que se trataba. No obstante, Roberto Pacheco no era desdeñoso con su trabajo, aunque sí lo fuera a veces con las personas.

                             Lola ¿tengo mucho más trabajo que hacer por hoy?

                             No, don Roberto. Sólo instruir el robo o desaparición de ese animal.

                             Parece sencillo; empero, hay algo que no encaja.

                             ¿El qué no encaja?

                             Este hombre, Pepe Ortiguita, según reconocen todos tiene un poco de terreno en la inmediatez del destrozado cortijo del señor Juan Rodríguez, y éste siempre dejaba el caballo en esa especie de cuadra, por lo que si hubiera querido hurtar el caballo lo habría hecho cuando el animal estaba sano, no cuando estuviera enfermo y viejo. Además, tanto don Juan, como don Rafael Orantes, coinciden en que de señalar un culpable sería el vecino, pero en los motivos no coinciden. El primero señala que han sido muchos años de amenazas por tener las fincas colindantes y que “se la ha cobrado con la ilusión de mis nietos de montar cada domingo”, según aparece en la toma de declaración hecha en el cuartel de la Guardia Civil de Periana. Mientras que el segundo dice que “Pepe el Anciano es así, sargento, yo le conozco de hace muchos años, y es incapaz de pasar un día sin que tenga que hacerle daño a alguien, pero si tuviera que dar un motivo le diría que siempre me ha dicho que le encantaría volver a comer carne de caballo, pues dice que desde que volvió de Bélgica no la ha vuelto a probar”. Es irrisorio. Según uno para destrozar la ilusión de unos chavales, y el otro por comer carne de caballo o porque la maldad la lleva en su propia naturaleza humana. Creo que debo ir al lugar de donde desapareció el caballo.

                             ¿En serio va a ir a Periana?

                             Sí. Iré cuando salga de trabajar en el primer autobús que pase.

                             Para Periana por la mañana sólo pasa uno, creo, y por la hora que es ha debido de partir ya.

                             Pues iré por la tarde.

                             Por la tarde es más complicado pues también hay uno sólo y no regresa, sino que prosigue su camino hasta Riogordo.

                             Bien, pues alquilaré un taxi.

                             Le aviso, le va a salir caro.

                             No me preocupa.

Y se marchó, con su maletín, dejando a Lola con una expresión absurda, típica de quien sabe que ha hablado más de la cuenta. Dos calles más debajo de los juzgados, se encontraba una parada de taxis, cada uno con el escudo del municipio. Observó que había una furgoneta con su pertinente cartelito de “TAXI” pero sin franja de color, ni escudo alguno. La curiosidad, innata en él desde su infancia, le empujó a preguntar a un hombre que estaba sentado dentro de ella leyendo un periódico deportivo.

                             ¿Es usted taxista?

                             Claro, amigo.

                             ¿Me podría llevar usted a Periana?

                             De hecho voy para allá, pero tendrá que esperar que por lo menos haya cinco personas. Si no, es dar un viaje en balde.

                             Lo entiendo. Mire, estaré en esa cafetería con los cristales tintados que hay aquí, si no le importa, ¿me podría avisar cuando vaya a partir?

                             No hay ningún problema. Eso está hecho.

El juez Pacheco entró en la cafetería donde el ambiente era irrespirable por el ambiente tan cargado a humo de puros habanos y cigarros negros. Sí, era el olor típico de las cafeterías, ese olor que venía de los cafés, de los churros, del aceite refrito de las freidoras, y de los baños poco higiénicos. Se sorprendió porque desde fuera parecía tener un aspecto agradable, pero, sin duda, aquello era la antítesis del buen gusto.

                             Por favor, si es tan amable de servirme un café con la leche medio fría y medio caliente, con dos azucarcillos, y un vaso con hielo.

El viejo camarero, con su palillo volcado en la comisura de sus labios, lo miró con un claro gesto burlesco. “¿De dónde habrá salido este tipo vestido de payaso?”, se dijo.

                             Sí claro. En seguida.

                             Gracias.

                             De nada.

Al instante le sirvieron el café. Roberto Pacheco miró el vaso, dándose cuenta de lo que parecía ser una mancha pegada en el borde.

                             ¿Me puede cambiar el vaso por una taza? Se me olvidó decirle que me gusta el café en taza. Lo siento.

                             Nada, nada. Eso no es problema. ¡Que todo fuera eso, caballero!

Le gustaba la forma de hablar de la gente de ese pueblo, al usar sus palabras de caballero, señor, jefe, como si en realidad lo que quisieran indicar fuera un “capullo”. El camarero le volcó el café en la taza y se lo sirvió con una sonrisa hecha mueca.

                             ¿Mejor?

                             Sí, gracias —dijo con alegría.

                             Nada, nada.

“La palabra preferida de ese hombre es nada”, se dijo.

Vertió el contenido de un sobre de azúcar, y medio del otro. Lo removió bien, sacó la cuchara del café y comprobó que ya se había disuelto. Situó el vaso con hielo en unos perfectos cuarenta y cinco grados, y antes de verter de nuevo el café en otro recipiente, lo saboreó. Era un café exquisito. Miró de nuevo a aquel tipo con cara de amargado, y se preguntó cuál era el misterio por el que un café de tan buena calidad hubiera salido de las manos presuntamente sudorosas de aquel viejo. La vida era, a veces, era incongruente.

Echaba, de vez en cuando tímidos, aunque atentos, vistazos al lugar donde estaba la furgoneta. En uno de estos, vio que el hombre miraba hacia la cafetería y luego a su reloj. Ante esto, pidió la cuenta y se marchó tras pagarla.

                             Ya estoy aquí. ¿ha reunido a las cinco personas?

                             Pues no, sólo a usted.

                             ¿Entonces no me llevará?

                             Sí, claro. Soy de Periana y mi mujer me espera para que le ponga unos rosales en el patio. Si no voy, me cuelga.

                             Quiere decir…

                             Que nos vamos ya, jefe.

                             De acuerdo.

                             ¿Puedo sentarme delante?

                             Puede sentarse donde guste, menos en el asiento del conductor —rió con una sonora carcajada—, porque si no, no me saldrá cara a mí la carrera.

Pacheco sonrió más por educación, que porque le apeteciera. Aquel comentario quedaba fuera de lugar, y su risa, aunque con apariencia de complicidad, no era sino una tácita discrepancia.

Tras media hora de viaje, y habiendo superado los angostos ocho kilómetros del Puente Don Manuel a Periana, con curvas sinuosas, y cunetas sin limpiar, Roberto Pacheco llegó a aquel pueblo en una furgoneta que olía a aceitunas.

Durante el recorrido, quiso preguntarle a aquel hombre por el caballo desaparecido, pero si intuición hizo que se reservara cualquier pregunta. Tampoco le comentó que era juez, ni el propósito de su viaje. No obstante, tampoco recurrió al vil arte de la mentira. Él procuraba ser siempre un hombre honesto, y salvo que fuera por un fin de máxima envergadura, no mentía.

Entrando al pueblo vio el cuartel de la Guardia Civil e hizo acopio de memorizar el recorrido para volver cuando parara el conductor. Unos metros más adelante, en la Plaza de Andalucía, paró. Pagó el viaje (diez euros) y atisbó que aunque el pueblo podría ser pequeño, toda la actividad se centraba en una única calle. “Mala planificación”, se dijo. Esperó a que se marchara aquel tipo que durante el viaje no había hecho más que advertirle de la presencia de los rumanos, y despotricar de ellos. Sí. Era un inculto racista.

Media hora después, el juez entró en la antesala del cuartel.

                             Buenos días, mi nombre es Roberto Pacheco, y soy Juez Instructor del Juzgado de Instrucción número Dos de Vélez-Málaga. El motivo de mi visita se debe a la desaparición del caballo de Juan Rodríguez Cuesta. Desearía que me informara quien haya llevado el caso.

                             Soy yo —dijo un joven de aspecto tímido.

                             Eso es estupendo. ¿Podríamos ir al lugar en el que verificó que desapareció el caballo?.

                             Claro. ¿Quiere encontrar alguna prueba?

                             Quiero ver la escena de los hechos.

                             Le advierto que el robo se produjo ayer y que por allí habrá pasado Juan, y sus hijos.

                             Gracias por su advertencia. De todas formas, deseo que me lleve, si puede, al lugar.

                             De acuerdo. Déjeme ausentarme un momento para comunicar que abandono el puesto y los motivos por los que lo hago.

                             Sin problema, vaya tranquilo.

A lo lejos había una ventana amplia (“seguramente de una oficina”), y tras ella vio como el joven guardia hacía gestos enérgicos ante otro compañero, mayor que él, que le sonreía, mientras le invitaba a calmarse con la mano.

                             Estos no tienen ni idea de quién robó el caballo… si es que lo robaron —consideró hacia sí—. Si he de resolver lo que ocurrió no he de descartar ninguna posibilidad, incluso la de que el caballo se pudiera escapar por sí mismo.

Momentos después, el joven venía con una amplia sonrisa, forzada, ante el joven juez.

                             Vayamos —dijo.

                             Vayamos —replicó el juez con fingida atención.

Tras unos minutos, llegaron a la finca de la víctima. Roberto Bajó del coche y de su maletín sacó unos guantes de látex, una lupa y unas prótesis de lentes que situó sobre las suyas. El guardia civil le contemplaba, aguantándose las carcajadas, con interés. Aquel tipo parecía un ser estrafalario surgido de una novela antigua. “Menudo Sherlock Holmes de pacotilla”, pensó el cabo.

                             Aquí está —dijo de repente—. La soga no ha sido cortada. Aquí amarraba al caballo, ¿no es así?

                             Bueno, algunas veces estaba suelto.

                             ¿Cómo suelto? ¿Así, sin más?

                             Claro, ¿quién iba a querer ese animal? Además, era viejo, no iba a ir a ningún lugar.

                             Pero en la denuncia se expresa que cortaron la soga.

                             Pues será un error de Juan Rodríguez Cuesta cuando hizo la denuncia.

                             ¿No vinieron ustedes aquí?

                             No

                             ¿No vino usted?

                             Nosotros tenemos demasiado trabajo como para preocuparnos de …

                             De un hurto, cabo, de un hurto. Delito de hurto. Ustedes no se han preocupado de un delito.

                             Por el importe de lo que puede valer el caballo es una falta, señor juez, ni siquiera llega a delito.

                             Llega a delito desde el momento en que ustedes dejan constancia en la denuncia de unos daños, de unos medios para su comisión que hacen pensar que es un delito. No lo ha investigado. Usted era, y es, el responsable. Y no ha tomado las diligencias oportunas para esclarecer los hechos.

                             Ya le dije, señor juez, que andamos muy ocupados.

                             Ya le oí, la primera vez.

El juez Pacheco siguió rastreando como un sabueso todo el solar techado que componía aquella especie de cuadra. Vio varios pelos.

                             En mi maletín, hay unas pinzas, si es tan amable sáquelas y acérquemelas que las necesito

                             A la orden.

No le gustó aquel tono, mas no era el momento de evidenciar más reproches.

Recogió los pelos que encontró, y los metió en una bolsa que llevaba en el bolsillo de su abrigo. Siguió escrutando cada centímetro cuadrado del terreno. Vio unas huellas de calzado, de idéntica suela, y las fotografió con su cámara digital. Alzó un momento la vista, mientras aprovechaba para erguirse y vio, a unos pasos, lo que parecían ser varias huellas de caballo. Se acercó y comprobó que eran distintas, y el dibujo de la herradura en la tierra parecía ser distinto. También sacó varias fotografías de las mismas.

Tras media hora de exhaustivo análisis Roberto Pacheco concluyó su tarea.

                             Lléveme al pueblo. He pedir muestras de pelo a la víctima y al denunciado.

 

Tras buscar al taxista, y convencerle para que le acercara a Vélez-Málaga de vuelta, y pagarle el doble de lo que había pagado por la ida, llegó a la oficina de la Policía Judicial en los juzgados.

Una semana después le comunicaron los resultados los análisis de ADN de los pelos. Pertenecían a la misma persona: Juan Rodríguez Cuesta.

Allí no había rastro de José Ortiguita Rodríguez.

Volvió a Periana en cuanto supo los resultados. Tenía varias tareas pendientes. La primera, saber de quién era aquel calzado. La segunda, saber quién era el herrero de aquellas herraduras de caballo. La tercera consistiría en averiguar de quién era el otro animal, y quién le había hechos sus herraduras.

Se entrevistó con Juan Rodríguez Cuesta en la casa de éste.

                             Soy el juez que está llevando la instrucción de su caso. Me gustaría saber si usted tiene un calzado con el dibujo de una fotografía que hice en el lugar de los hechos.

                             Sí, sí pase, y acomódese. Mejor hablamos dentro. No quiero que Pepe el Anciano pase y le escuche en la puerta, vaya que nos haga algo.

                             De acuerdo, lo comprendo.

Roberto Pacheco siempre desconfiaba de todos, de las víctimas las primeras, pues los hechos que contaban nunca solían ser exactos, y aunque esto pudiera indicar que mintieran, la realidad era mucho más simple, pues nadie recuerda con una pulcra exactitud el quehacer diario y menos de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Por lo tanto, no era de extrañar que su carácter siempre fuera frío ante víctimas y reos.

                             Dígame, ¿cómo es el calzado? —le preguntó la señora.

                             Con marcas, señora —dijo Pacheco con sequedad.

                             Yo sólo preguntaba.

                             Don Juan, traiga todo el calzado que usted utilice para ir al campo a trabajar. Le digo “todo” porque no quiero que oculte ninguno, pues si me oculta algo, al final, lo encontraré. No tenga usted la menor duda de ello.

                             Sí, señor juez —dijo asustado Juan el de las vacas.

Unos momentos después, trajo dos pares de botas.

                             Estas son las que yo siempre utilizo. No tengo más, señor juez —con esto, le creyó.

                             Está bien —contestó con una sonrisa.

Sacó la fotografía de una carpeta que tenía dentro de su maletín. Observó las suelas de ambas botas y comprobó que coincidían.

                             Don Juan, mucho me temo que el único que ha pisado su finca ha sido usted, y otro caballo aparte del suyo.

                             Será una yegua, señor juez —interrumpió la mujer.

                             ¿Una yegua?

                             Bueno, o una mula. Yo estoy mal de la vista, y no me puedo fijar, y hace dos semanas, vi una yegua, o una mula, rondando por allí cerca. Lo mismo estaba extraviada. Se lo dije a mi Juan, señor juez, y él la ahuyentó por temor de que se comiera la paja de nuestro Penco. Puede ser de eso.

                             Comprendo.

                             ¿Se fue de verdad? ¿O se quedó por allí?

                             No, no se fue, ¿verdad Juan?.

                             ¡Cállate mujer! Disculpe a mi señora, señor juez, pero no sabe nada. Como bien le ha dicho, que es lo único cierto que le ha dicho, ella es casi ciega, por tanto, no sabe lo que ve. Lo que ella tomó por una yegua, no era sino mi hijo que aquel día me estaba ayudando. Habíamos ido al campo a trabajar un poco y luego a hacer una paella, porque ¿para qué queremos el campo si luego no lo disfrutamos? Mire, mire mis manos. Son manos de agricultor, agrietadas, llenas de arañazos, de uñeros, y de mierda por trabajar sin guantes. Yo sólo soy un campesino que trabaja lo poquillo que tengo para poner cada día dos platos de olla en mi casa. Y ese canalla, me ha robado, señor juez, me ha robado mi Penco. Siempre me había dicho de hacer tratos por el animal, cuando era un caballo vigoroso y joven. Creo, señor juez, que ahora, cuando ya no me vale más que para montar a mis nietos en él, es cuando me lo ha robado por venganza de que quisiera hacer tratos con él.

                             Sin embargo, hay huellas de otro caballo distintas del suyo.

                             Del caballo de él, señor juez. Claro. Él siempre va a caballo. Se chulea de todos paseando por la Lomilleja montado en su corcel. Es un chulo, un mal hombre. Yo sé que ha sido él. Porque me dijo “Juan (con esa voz tan áspera y desagradable) que sepas que tengo tu caballo, cuando quieras ven y lo recoges”. Maldito bastardo.

                             Bueno, bueno, no es necesario llegar al insulto.

                             Es verdad, señor juez. Me dijo delante de los hombres, en el café de Leopoldo, que tenía mi caballo.

                             Pues en ese caso, iré a hablar con él.

                             Vaya usted. Recupere nuestro caballo. Es la ilusión de mis nietos. ¡Están más tristes cuando van al campo!

Roberto Pacheco abandonó la casa contrariado. La mujer había visto una yegua, o mula, merodeando por allí. Supuestamente, Juan Rodríguez la había ahuyentado para que no se comiera la paja. Y no debía mentir mucho cuando su marido la había ordenado callar. Sin embargo, por otro lado, de las palabras de Juan Rodríguez parecía que no cupiera ninguna mentira. Su tono sonaba sincero. No atisbaba qué necesidad había para mentir.

                             Roberto, Roberto. Te has caído con todo el equipo por creer a la víctima —recordaba que le decía su preparador en la Escuela Jurídica—. Nunca hay que creer a la víctima si las pruebas no la acompañan. En este caso, no la acompañaban, ¿verdad?.

 

                             Verdad —dijo en voz alta—. Nunca hay que creerles mientras las pruebas no acompañen. Allí había huellas, y a diferencia de lo que él dice, hubo otro animal. No hay indicios de que cortara la cuerda nadie.

Marchó en búsqueda de la casa de José Ortiguita. Iba a esclarecer por fin su primera instrucción.

 

                             Buenos días, soy el juez del Juzgado de Instrucción número Dos de Vélez-Málaga y quisiera hacerle unas preguntas a don José Ortiguita Rodríguez. ¿Se encuentra por aquí?.

                             No pero viene ahora que ha ido a un mandado.

                             ¿Puedo pasar y esperarle dentro?

La mujer desconfió: “mira, que si fuera un violador”, se dijo. Pacheco pareció leerle el pensamiento.

                             Señora, soy juez, no un criminal.

                             Discúlpeme, pero hoy en día hay tanto malo, y mi marido que tiene más enemigos que canas, no se puede una fiar de nadie —hizo un silencio esperando ver la actitud del joven con aquellos quevedos colgantes—. Pase, pase. ¿Gusta usted comer?

                             No, gracias. Ya tengo un compromiso —éste era uno de esos momentos en que era conveniente usar la mentira, o ser incierto, pues tenía el único compromiso de agotar dos pechugas de pollo que si no las comía las tendría que tirar a la basura, y eso era derrochar el dinero.

Diez minutos después, José Ortiguita entró por la puerta desconociendo que el juez encargado de llevar la denuncia en que aparecía como imputado estaba sentado en su sitio del sofá, amparado por las enaguas y el calor del brasero de leña.

                             José, este hombre dice ser el juez que está llevando lo del caballo del miserable de Juan el de las vacas. Quiere hablar contigo.

                             Está bien —la mirada de aquel hombre, que en principio, había sido tierna para su esposa, tornó en fría y dura hacia el juez—. Señor juez…

Roberto temió decir su nombre, pero el dejar la e durante dos segundos, hizo que percibiera que aquel hombre de barba negra y espesa, con el rostro tostado por el sol, y falto de cinco dientes, le estaba obligando a decir su nombre.

Roberto era valiente.

                             Juez Roberto Pacheco.

                             Es usted valiente.

                             No. Coherente. Todas las actuaciones sumariales están firmadas por mí, si mintiera usted lo sabría. Esto no empezaría bien así.

                             Y listo.

                             Deje de halagarme. Don José, quiero saber de algunas cosas para esclarecer lo que ocurrió de verdad.

                             Lo que ocurrió es que Juan es un mentiroso y un cobarde.

                             ¿Por qué piensa usted así? —no le parecieron insultos, pues él mismo había llegado a la misma conclusión tras recordar las palabras de su mentor.

                             Porque si el tiene un caballo que está deseando montarse a mi yegua, y sabe, porque se lo dije, que el caballo lo tenía yo, lo único que tenía que haber hecho era haber venido a recogerlo. No que tengo que estar yo dándole de comer al animal porque el imbécil …

                             Sin insultar.

                             Disculpe. Lo que le decía que él no tiene lo que un hombre tiene que tener para venir y decirme “Pepe, que vengo a por mi caballo” y yo le diría “ahí lo tienes Juan, llévatelo”. Y si es de ley, “¿te debo algo por lo que haya comido, Pepe?”, que yo le diría “no, Juan”. Porque eso es de hombres. Pero no. Él me pone una denuncia, diciendo que le he robado el caballo; Padilla va y declara ante la Guardia Civil, que me tiene crucificado, porque habrá visto usted la de expedientes que hay sobre mí en el juzgado, porque pase lo que pase aquí siempre me cuelgan el muerto del que sea, porque para qué si Pepe el Anciano es un mal hombre, para qué van a buscar, digo yo, a quien haya hecho lo que sea si…

                             Por favor. Se está usted yendo por las ramas.

                             No, no me estoy yendo por las ramas de nada. Sé muy bien lo que me digo. La Guardia Civil son un atajo de gandules aquí que no hace más que denunciar a los cuatro tontos de siempre, y uno de esos tontos, soy yo.

                             Quiero pensar que esa institución hace bien su trabajo y que todo ha sido un error. Para ello estoy aquí —mintió de nuevo. Era necesario cortar aquellas declaraciones que nada interesaban para saber la verdad, única merecedora del esfuerzo del joven juez—. Dígame qué ocurrió.

                             Lo que ocurrió es muy sencillo. Yo estaba en mi campo cogiendo unas pocas de aceitunas. La até al tronco de un olivo y se escapó. Porque no amarré bien ni hice el nudo con fuerza. La estuve buscando y, al final, la encontré en otro terreno que pertenece a Padilla. El animal se comió unas pocas de aceitunas de lo suyo. Y me lo dijo. Lo que hice fue darle un saco de las que yo había cogido aquella mañana. Se quedó más contento que unas Pascuas. Después de arreglarlo, me fui a mi casa montado en ella. Por la tarde volví a mi campo y pase por el de Juan el de las vacas.

                             ¿Juan Rodríguez Cuesta?

                             Sí, los apellidos no me los sé porque aquí nos conocemos por apodos.

                             Comprendo. Prosiga, por favor.

                             Pues cuando pasé vi al caballo, que vino detrás de mí o de mi Genara.

                             Que es su mujer.

                             No, hombre, no —dijo riendo mientras mostraba su mellada dentadura—. Mi yegua es quien se llama así, mi mujer se llama Asunción.

                             Disculpe, don José.

                             Nada, nada. Pues como le decía, el caballo de él se vino detrás. Entonces me bajé y lo iba a amarrar, pero el caballo huía de mí. Intentaba alejarme de la yegua y se arrimaba para querer montarla, porque mi yegua estaba encelada. Ya me entiende.

                             Si, por completo.

                             Pues como no había manera de agarrarlo para amarrarlo, lo dejé por imposible y me monté en mi yegua. Seguí cabalgando y escuché al poco de reemprender la marcha los cascos en las piedrecillas de otro caballo. Era el de Juan. Que nos estaba siguiendo. Entonces pensé “que me siga, total, luego le digo a Juan que lo tengo yo y que venga a recogerlo”. Yo llevé la yegua a un terrenillo que tengo por encima de la estación, donde tengo unos pocos de animales (gallinas, una pareja de patos, unas cuantas cabras y chivillos, lo típico) y es donde tengo una cuadra. Así que en la cuadra está su caballo. Y la ha debido de preñar porque la montó muchas veces y ahora está como rara.

                             Eso es entonces lo que pasó.

                             Sí, señor juez. No robé nada. Se lo juro. Mire, yo quiero ser honrado, pero siempre, por amistades, me he metido en más de un problema.

Creyó toda la historia menos esta última frase. Aquel hombre era problemática. Saltaba a la vista. Había obrado bien por algún motivo, el que fuere, pero aquello cuadraba con las pruebas.

Finalmente, Roberto Pacheco instó a Juan Rodríguez a recoger su caballo.


 

 
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