El Juez Pacheco

Capítulo 2

 

H.V.M

 

                            Hijo mío, tú no has nacido para convertirte en una persona que haga algo grande, sino para ser un buen hombre, y justo. Has estudiado Derecho. No puedes conformarte con ser un abogado que defienda a la gente más despreciable. Estudia para juez. Los que se burlan ahora de tu aspecto, te temerán. Las mujeres que ahora te rechazan, te adorarán. Los que no te saludan cuando pasan por tu vera, te saludarán con pleitesías. Señor juez, te llamarán. Señor juez Roberto Pacheco.

Recordaba este consejo, que años atrás le dio su padre, mientras nadaba en el pasado viendo la fotografía de sus padres que tenía en su mesa. ¡Cómo le echaba de menos! Nunca pudo ver a su hijo tomar posesión de su cargo en su primer día de trabajo. Por fortuna, su madre sí.

Salió de estas cavilaciones cuando el sonido del teléfono le devolvió a la realidad. La Guardia Civil le informó que un cabrero mientras careaban sus cabras a la ribera del río Benamargosa, a la altura de Zorrilla, Vélez-Málaga, había encontrado un niño muerto.

Con su habitual empaque y frialdad anotó en su Moleskine los datos que creía importantes para luego no tener que depender del azar, o la creencia.

Avisó a Lola con una simple mirada. Llevaba un par de meses, y salvo denuncias cuatro cruces de palabras, y un par de hostias dadas entre cuatro berzotas atrapados por los insanos efectos del alcohol, no se le había presentado ningún caso importante, aunque a todos los demás los había tratado con su diligencia necesaria. Estaba ante un caso que podía tener cierta repercusión pública si los medios de comunicación locales y autonómicos se preocupaban, pues sin duda, debía ser muy diligente, cualidad innata en él y cultivada.

Tras media hora llegaron al lugar de los hechos. Era fácil encontrar el lugar, aunque se encontraba alejado de la pedanía. El sargento de la Guardia Civil les esperaba impaciente mientras se limpiaba la boca.

                            Creen los del lugar que se trata de un niño foráneo. Ninguno lo conoce. Esto es pequeño. No hemos tocado nada porque no queremos destrozar ninguna prueba.

                            Le creo. No tiene usted barro en los pies —el agente trató de esconder su zapato manchado de barro tras su pantalón, pero supo que el juez se había dado cuenta—. Él es el médico forense, y ella es la secretaria judicial del juzgado al que pertenezco. Hechas las presentaciones, chicos pongámonos manos a la obra y resolvamos lo que debamos. Quiero que usted despeje con sus hombres un perímetro de cincuenta metros a la redonda. Y establecido éste, haga otro perímetro de cien metros a la redonda. Necesito que un par de sus hombres encuentren un punto cercano donde alguien pueda pasar a la otra orilla, a nado, puente, lo que sea. El asesino, si lo hay, escapó por algún lugar donde no pudiera dejar huella. Cuando encuentren ese punto, quiero que hagan lo mismo que con esta zona, un perímetro de cincuenta, aislado también de todos los curiosos y otro de cien. Si no le queda claro, en total son ciento cincuenta metros a la redonda desde este punto hasta el otro. Si no comprende algo de las instrucciones que le vaya dando, tanto usted como alguno de sus hombres, quiero que me lo pregunte. No quiero que nadie tome decisiones por su cuenta sin antes consultármelas. Tomaría medidas para que esa persona no se vistiera de verde jamás. Esto no es un trámite de una denuncia. Estamos ante la muerte de un menor, y a primera vista puedo pensar que hay signos evidentes de violencia. Y ahora a trabajar.

                            Vamos chicos, ya habéis oído al señor juez —cada vez que escuchaba esas dos palabras se sentía superior al saber que podía hundir la vida de alguien que podría propinarle un puñetazo en su nariz. Sentía que había un poco de poder, lo que siempre había añorado.

Tras cinco horas de continuo análisis, decidieron recoger todo lo que habían encontrado. Algunos cabellos, algunos papeles, colillas de cigarrillos, un pedazo de madera perteneciente a alguna vieja navaja. Cualquier objeto por nimio que pareciera, fue recogido por la policía judicial.

 

Quedaba analizar las pruebas. Dictaminar, e instruir la causa para averiguar cómo podía haber muerto aquel infante.

 

                            A veces lo inesperado cobra forma de espada que nos asesta golpes violentos.

                            Lola, lo inesperado es más esperado de lo que se imagina.

                            ¿Cuándo aparcará la manía de tratarme de usted?

                            Me educaron bajo el respeto.

                            Y a mí también, pero cuántos años puede tener usted, pocos, es joven, yo tengo unos cuantos más, años que no les voy a confesar…

                            Usted tampoco me tutea.

                            Es distinto, es el juez. El juez Roberto Pacheco.

                            Suena agradable si lo dice usted, como cuando hace un tiempo me lo dijo alguien.

                            Su madre.

                            No. Mi padre. Falleció —y su labio dibujó una mueca casi imperceptible para cualquiera, pero no para una mujer tan delicada y observadora como Lola—. Su sueño era verme como juez.

                            ¿Y el suyo?

                            Satisfacer los que mi padre no pudo cumplir.

                            Es triste eso. Cumplir los sueños ajenos sin pensar cumplir los propios.

                            No crea, en cierta medida también era el mío.

                            Un sueño impuesto.

                            No, uno elegido. Me gusta ser juez. Creo que es para lo único para lo que valgo. Lola, no soy muy simpático, y suele ocurrir que quien me conoce me considera un friki aunque yo no me tenga por tal.

                            Es usted un juez friki, pero porque quiere, pues es muy guapo. Si se recortara ese mostacho, no usara esos quevedos, ni ese sombrero típico de películas en blanco y negro, estoy segura que sería muy interesante.

                            No trate de adularme, Lola.

                            No lo intento. Le soy sincera.

                            Nunca podría enamorar a una mujer.

                            Por eso se ciñe a su trabajo. Pone ese muro tras esos cristales, como los cristales de las comisarías tras los que está la policía observando qué cuenta el detenido. Los demás observados desde sus gafas somos detenidos, sospechosos de crímenes que no tienen castigo pero que usted desearía poder castigar.

Roberto Pacheco quiso mirar a los ojos de aquella mujer que sin pincel lo había retratado. Sin embargo, sólo pudo mirar hacia abajo, avergonzado como un adolescente que dice te quiero por primera vez y teme el no como una espada que le pueda desgarrar el pecho.

                            Usted no tiene ni idea.

                            Puede ser.

Y sonrío. Aquella sonrisa tan simple, tan inocente y afectiva desnudó su alma. Por primera vez en su vida supo que estaba enamorado de Lola. Nunca contó con un imprevisto de aquella magnitud.


 

 
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