ESPEJO TRAICIONERO

por Rodrigo Riera

 

Todas las mañanas cuando me levanto intento esquivar la mirada del espejo, su insolente quietud me produce un profundo estremecimiento por todo mi cuerpo, me interroga con su sola presencia y me acobarda mirarle porque soy incapaz de reconocerme.

Es el mismo sufrimiento matutino, después de ducharme y lavarme los dientes, acaricio mi pelo para colocar los cabellos rebeldes; pero todo lo realizo a espaldas del espejo. Me levanto con la idea de poder enfrentarme a él, pero mi mirada se vuelve huidiza en el último segundo. Salgo de mi casa y camino rápido para que los retrovisores de los coches no puedan espiar mis pasos.

En el trabajo ignoro los servicios del edificio y voy a los lavabos del bar de la acera de enfrente que no tiene espejo. Me siento a gusto en ese sitio y con frecuencia demoro mi pausa para el desayuno, lleno el seno del lavabo de agua y meto la cabeza durante sesenta segundos, ni más ni menos. Siento renacer cuando saco la cabeza del agua, sin que mi intimidad se vea agredida por un espejo. Me seco con una toalla, respiro hondo mirando las ranuras de los azulejos y me preparo para volver a la oficina.

En la calle no me atrevo a mirar los escaparates para esconderme de mi propia silueta. Mi cuerpo me delata en todos los cruces, en los pasos de peatones; su sombra se refleja en cualquier objeto brillante. Mi figura me atormenta, mis piernas y mis brazos parecen soldados a un cuerpo desconocido y mi cara es un fragmento más que da forma a esta amalgama.

No puedo hablar con nadie durante más de dos minutos sin bajar avergonzado la cabeza, me tiembla la voz, no me salen las palabras y siempre tengo la sensación de tener la garganta inerte. Intento acortar al máximo las conversaciones, rehuir el contacto físico de cualquier tipo (una mano en el hombro, una palmada en la espalda…), estoy a la defensiva y a dos metros de distancia para establecer una barrera infranqueable. Necesito hacerlo y por eso sólo tengo a los espejos que me escuchan y me avergüenzan. Les hablo, les cuento mis pensamientos y ellos sólo me devuelven sus miradas frías e impasibles, su reflejo fantasmagórico e irreal.

Necesito quitarme la coraza de mi cuerpo, mi barba, mi bigote, mi vello en el pecho y mi sexo deforme. Me doy asco, soy revulsivo y mi autoestima se marchita a pasos agigantados cada vez que me miro al espejo. He intentado mutilarme, flagelarme, arañarme y castigarme sin comer ni beber, pero mi cuerpo es una lacra insalvable.

Sólo existe una verdad, la que muestra el espejo y por eso para mí todos los espejos son TRAICIONEROS.

 
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