FELIX CATUS

 por AZANDE

 

(A partir de un cuento de Rafael Vallbona, recogido en su libro “Sabates italianes”)

 

A su marido le fascinaban las estaciones de tren. De hecho, se conocieron en la de Bolonia, bellísima, el día en que Amanda se había teñido de rubia y estaba a punto de volver a Barcelona después de unas vacaciones.

 

Ella, en cambio, se sentía fascinada por los gatos. La cautivaban con su mirada, con su gestualidad de felinos, con la forma tan silenciosa de caminar que tienen. Nunca, sin embargo, quiso tener ninguno. Prefería observarlos en las casas de sus amigos o en la calle. Lo extraño era que los gatos sí parecían querer tenerla a ella.

 

Recordaba la última conferencia que dio. Era sobre historia local en una aldea perdida del Pirineo. Cuando llegó con el coche no vio a nadie y se temió lo peor. El primer ser vivo que se le apareció fue una gata. La observó mientras se paseaba, indolente, delante de ella y restregaba la cola una y otra vez contra las ruedas de su coche. Si no fuera porque no creía en cosas de ésas, habría pensado que aquella gata venía a su charla. Y si fuera la única asistente?...qué tontería –pensó-.

 

Una chica joven se acercaba rápidamente. Cuando estuvo más cerca le dijo que era la alcaldesa. Entre tanto, la gata seguía caminando en círculo a su alrededor. La alcaldesa la invitó a entrar en la sala donde tenía celebrarse el acto. Lo más curioso fue que la gata, sin que la chica se inmutara, entró por delante de ellas dos.

Poco a poco fueron llegando los primeros asistentes. Al final fueron quince. No estaba nada mal teniendo en cuenta lo pequeño que era el pueblo. Bien mirado, fueron dieciséis si tenemos en cuenta a la gata, que estuvo allí durante toda la conferencia sin que ningún vecino hiciera el más mínimo gesto de extrañeza. Mientras Amanda hablaba de la influencia de la guerra civil de 1936 en la historia local, la gata seguía mirándola, con unos ojos enormes, verdes e indiferentes.  De vez en cuando se lamía con placer y luego, enroscada en una silla, volvía a mirarla.

 

La segunda vez que un gato se cruzó en su vida, también fue  en unas circunstancias nada usuales. Ella y su marido habían ido a un concierto de una soprano muy famosa. Todo evolucionaba normalmente, con un silencio capitular en la sala mientras la soprano cantaba. Pero de pronto, cuando inició las primeras notas de “O mio bambino caro”, un gato naranja, enorme, entró silenciosamente en el escenario. La cantante no podía verlo. Un murmullo cada vez más perceptible se iba extendiendo por el patio de butacas. La artista, desconcertada y nerviosa por lo que creía que era un rumor de desaprobación, empezó a desafinar de forma estrepitosa. El gato, impávido y lento, miró primero al público y luego a la cantante, lanzó al aire un “miau” afinado y se fue por donde había venido, con la cola en alto. Afortunadamente, el silencio se recuperó pronto y la cantante también.

Al día siguiente le comentó a su marido que por fin había entendido porqué la fascinaban tanto los gatos: hacían lo que les daba la gana.

 

AZANDE   Verano de 2007

 

 

 

 
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