GUTTENDÖRF Y EL HORROR DE BRANDT.

Por Johannes Keimplatz

 

 La sala de audiencias de la universidad de Bonn se abarrotaba cada vez que Ángel Guttendörf ofrecía una de sus conferencias.

A sus casi cincuenta años, con visibles canas, los eternos quevedos y una bien cuidada perilla, mantenía, con voz dulce y elegante, el bien ganado prestigio y la merecida estima que profesores, - algunos, antiguos alumnos suyos -, le profesaban.

El recinto de conferencias era una abovedada estancia mezcla de paraninfo con sala de actos de plantas superiores, superpuestas.

Abajo, en el centro, sin necesidad de dictados, acariciando los quevedos y repartiendo su oratoria a todos los presentes por igual, el profesor deleitaba discurseando. Pese a su jovial espíritu, Guttendörf ya era un hombre mayor.

El tema de la conferencia trataba sobre el auge de la ciencia alemana en el mundo en aquel inolvidable siglo XIX:

 

-          (..) Y no he venido aquí hoy para hacer un minucioso ensayo elocuente sobre lo avanzado de nuestra ciencia en el concierto internacional, pero sírvanse de los trabajos de hombres como: Rudolph Virchow; el polifacético Gustav Carus; el embriólogo Gegenbaur; o el naturalista filósofo de Postdam, uno al que de sobra conocen y cuya importancia para la ciencia, si bien no tan resonante como la de Darwin, está fuera de toda duda, el mismísimo Ernst Haeckel. Nombres, por citar algunos, que han logrado que nuestro país, sin querer caer en un cómodo chauvinismo, se haya aupado al primer puesto en cuanto a conocimiento científico.

-          Herr Guttendörf, se ha olvidado usted de uno. – Se oyó desde una de las gradas superiores del anfiteatro. El profesor miró hacia arriba y, aunque ya presupuso a quién se refería el joven que lo interrumpió, cortésmente dejó que acabase su comentario.

-          Complázcanos, Marcell.

-          Se ha olvidado a usted mismo. – Exclamó la voz, ante la aprobación de los presentes.

-          Deben entender la afirmación del joven Marcell, obviamente pretende seguir con nosotros el año que viene. – Y todos carcajearon la fina ironía. – Como les iba diciendo, la ciencia avanza a pasos agigantados. Hace poco más de cinco décadas palabras como bacteria, electromagnetismo, galvanización, etc., eran desconocidas hasta para el más erudito científico. (…) No voy a olvidarme, claro que no, del descubrimiento antropológico en el valle del río Neander por nuestro querido, personalmente respetado y admirado, doctor Johann Fuhlrott.

 

La sala aplaudió con entusiasmo, y del fondo de uno de los graderíos, vestido, a diferencia de Guttendörf y casi como los demás veteranos docentes, con una larga toga, un hombre alto, de pelo más blanco y algo mayor de su edad, agradeció el reconocimiento del que fuera su alumno en ciencias naturales.

El profesor Fuhlrott, que como bien dijo Guttendörf, había realizado uno de los descubrimientos más importantes para la ciencia, el de ‘’El hombre de Neanderthal’’, tomó la palabra desde lo alto, desde la penumbra reinante en la grada más alta del lugar. Palabras de sincera gratitud a su amigo.

Tras ello y con otro fuerte aplauso, el profesor prosiguió con la conferencia, pasando a hablar de los nuevos hallazgos en materia celular.

 

-          Como muchos sabrán, las células no son más que unidades de vida, cada cual independientes las unas de las otras, pero que juntas hacen el organismo primario, es decir, el cuerpo del ser vivo, que no es más que una composición de células y de otras materias. Acogiéndonos a la afirmación del doctor Virchow de que una célula proviene de otra célula en una estructura diversa, podemos afirmar también que una célula muerta es insustituible por otra. Por consiguiente, todo tejido muerto es irremplazable.

-          ¿Puede demostrar eso, necio? – Prorrumpió alguien desde arriba.

-          ¿Quién ha dicho eso? – Preguntó Von Hofmann, el rector, visiblemente ofuscado. Los presentes quedaron sorprendidos.

-          Yo. – Respondió la misma voz.

 

Se trataba de un chico joven, de mediana estatura, de pelo negro peinado hacia atrás, tez pálida, en notorio contraste con el rojo oscuro de su toga. Su mirada era penetrante. Sus pómulos se movían por dentro, en gesto de atrevimiento, de arrogancia, a pesar de que estaba cometiendo una grave falta. Guttendörf lo estudió sin los quevedos, realmente, la forma de mirar del muchacho daba miedo. El profesor no lograba reconocerlo.

 

-          Sé quién es usted, señor Brandt. Le informo de que será amonestado por esto. – Dijo el rector, un hombre también bastante anciano, pero de aire decidido.

-          ¿Acaso rebatir un concepto científico merece ser amonestado, rector Hofmann? – Inquirió el joven, dejando caer su vista a Guttendörf desde lo alto y ante la estupefacción de los congregados. Aun con la osadía, al profesor le agradó dicha afirmación.

-          Señor Brandt, sabemos quién es su tío, pero no crea que no va a tener por ello que dar explicaciones. Deponga su impertinente actitud de inmediato y permita al profesor Guttendörf acabar su discurso. – Ordenó Hofmann.

-          Permítame, rector. – A pesar de los muchos años juntos y de su gran amistad, el profesor aún seguía llamando rector a su amigo Hofmann. – El chico tiene razón, ningún concepto científico ni su discusión merece ser amonestado, consintamos que exponga su teoría.

 

Sin embargo, el joven de mirada penetrante y porte siniestro se mordió el labio inferior, realizó un gesto de contrariedad y se marchó de la sala, aireando la capa de su toga, como un extraño brujo salido del averno. Tomó su chistera y se alejó escaleras abajo. Nadie le detuvo. El profesor quiso hacerlo, pero ya tendría tiempo de hablar con tan misterioso muchacho.

 

-          Bien, caballeros, tras esta breve interrupción, la cual, como digo, no tienen porqué criticar ya que, insistiendo y estando de acuerdo con la afirmación del señor Brandt, ninguna teoría, concepto, fórmula, o sentencia relacionada con la ciencia deja de ser rebatida. Porque… ¿qué sería de nosotros sin las discusiones, los debates y las tertulias en las que solemos, a la manera clásica, hablar sin cortapisas? y no por ello nos amonestamos. La ciencia, amigos míos, la ciencia se pregunta y se responde a sí misma. Está en nosotros dar con esas respuestas, y al mismo tiempo, formular nuevas cuestiones. Así que, antes de seguir con la conferencia. – Guttendörf bajó la vista, meditando sobre lo ocurrido – comprendamos las palabras del valiente señor Brandt.

 

Así era Guttendörf. Por primera vez alguien había osado contradecirle e insultarle. A él, a tan eminente científico. Un simple joven de aspecto amargo y glacial mirada al que, con nobleza, disculpaba públicamente, basando dicha disculpa al objetivo de la ciencia, de la madre ciencia, en la que creía con toda su alma.

El discurso dejó de poseer ese halo de triunfalismo del comienzo, aunque el profesor, sutil, lo encauzó de nuevo, hablando de la reforma universitaria llevada a cabo por el ilustre Wilhelm von Humboldt, célebre estadista y uno de los intelectuales alemanes más importantes del mundo de principios del XIX.

 

-          La reforma de Humboldt, a cuyo hermano tuve el placer de conocer. – Decía. – Se basaba en dos aspectos fundamentales: primero, la corrección del idealismo francés imperante en aquella época e incapaz de conocer el verdadero significado de las cosas. (…) La evolución llegó hasta al mismísimo liceo. De ese modo nació el Gymnasium Humanisticum, es decir, basar las actividades académicas en la investigación y la docencia, y en incorporar a la enseñanza los resultados de dicha investigación. Nuestro querido profesor Fuhlrott, al que vuelvo a nombrar, encontró los restos de un ser al que toda la comunidad científica, aún con ciertas reservas, no duda en declarar como antepasado nuestro, del hombre. Con ello, con dicha investigación, a partir de tan enorme avance, se sigue aprendiendo, expandiendo el conocimiento y allanando el camino a las generaciones científicas futuras. Y ése fue el gran logro del maestro Humboldt, el cual hizo que todavía Alemania siga a la cabeza del mundo en el campo de las ciencias. (…)

 

La conferencia finalizó, dejando un sabor agridulce en el ambiente. El alumnado partió enérgico, fascinado por las palabras de Guttendörf; deseando, unos con más o menos iniciativa, comenzar a poner en práctica sus conocimientos. Los profesores, Ángel incluido, regresaron a sus tareas, sabedores de que estaban subsistiendo en una época de gran influencia para el futuro. Aquellos hombres de ciencia, aquellos paladines del saber, aquellos guardianes de la enseñanza, con sus teorías, con sus investigaciones, sentaron las bases del posterior conocimiento de la sociedad humana. En la célebre universidad de Bonn se halló uno de los núcleos de la inteligencia humana; Guttendörf y los demás colegas de profesión eran la voz.

 

En lo personal, de un modo tan atraído como incomprensible, el profesor seguía pensando en la accidentada interrupción del joven Brandt. Intuyó que aquél, cuyo semblante congelaba la sangre y precipitaba los latidos del corazón, representaba a esa clase de científicos atrevidos y obstinados que no se conforman con las normas ya establecidas, algo así como lo que él anheló ser y nunca fue. Uno de esos investigadores hechizados ante la llamada ciencia prohibida, aquella que hombres como, Paracelso, (entre otros), intentaron descubrir, habiéndose vencidos por la iglesia católica.

Podría decirse en un sentido más contemporáneo, que Guttendörf se sentía seducido por la pseudociencia, la misma que abarca campos como la astrología, parapsicología, la nigromancia, cabalística; hasta en su juventud redactaba y dibujaba enormes bestiarios.

En algún momento de su vida tuvo la tentación de alcanzar más poder sobre sí mismo y sobre todo lo que le rodeaba, de cambiar, de alguna manera, el destino del hombre, sin importarle el medio científico que tuviese que utilizar, en una mezcla de vanidad y legítima curiosidad científica. Sólo el amor a su esposa, el amor a la ciencia moral, pudo impedirlo. La mirada de Brandt era la de un proyecto científico deseoso de descubrirlo todo de cualquier modo. Sin embargo, aquello resultaba peligroso, pues todo tiene un límite…   

 

Días más tarde, cuando fue informado de quién se trataba en realidad el joven Brandt, recibió un mensaje:

 

‘’Insigne Dr. Guttendörf:

 

He sido puntualmente informado de un confuso incidente con mi querido sobrino. Ruego reciba las más sinceras disculpas en nombre del ilustre condado de Brandt, al cual pertenezco y represento.

 

Reciba adjunta y con cortesía, la invitación la noche del domingo a mi castillo de Troisdorf para cenar’’.

 

Sin más.

 

Wolfgang P. Brandt.

 

XIV Conde de Brandt.

 

Casi a punto estuvo de declinar la proposición, principalmente porque no gustaba de aceptar invitaciones para cenar de personajes, aun cuando las influencias de éstos fuesen notorias, que no conocía de nada. Pero el apellido Brandt lo había imbuido, a sus años, a un interés desmedido. Deseaba descubrir quiénes eran realmente los Brandt.

La noche del siguiente domingo, un coche de caballos con el estandarte del condado, vino a recogerlo. Del vehículo tiraban dos corceles negros. El profesor trató de convencer al cochero de ir con su coche particular, pero aquél, un hombre de rostro virulento y desabrido perfil, afirmó que el conde lo había preparado de dicho modo, y se disgustaría sobremanera hacerlo de otro. Contrariado, vestido con un elegante traje, bombín y bastón, subió a la berlina.

 

Era una noche fría y lúgubre. El viento soplaba susurrante, sombrío. El cochero azotaba a los caballos con violencia, algo que él detestaba y no sólo por la velocidad alcanzada, que se mantenía excesiva.

A medida que llegaban a Trosdorf, pueblecito cercano que Guttendörf conocía por su famoso bosque, éste se hacía cada vez más tenebroso, y la zozobra, unida a la sensación de no esperar nada agradable, lo atenazó. Quizá el conde tuviera la misma mirada glacial que su sobrino. Quizá le reprendiera el no haberlo defendido con más ahínco para evitar la merecida amonestación.

Por una senda cada vez más abrupta, se acercaba a su destino. Las primeras antorchas que iluminaban los arcenes del camino, iluminaban las almenas, poderosas y escondidas en la noche. Pertenecían a un castillo enorme, imponente, mayor de lo que era dada la deliberada posición de sus altísimas torres cuyas almenas, picudas y oscuras, dotaban a la construcción de dicho halo de poderío.

 

El cochero emitió un atronador grito. Se detuvo y alguien abrió la enorme puerta. Cruzó el puente levadizo sobre el foso de anillo de la fortificación. Una vez dentro, abrió la portezuela al profesor, el cual bajó, colocándose el sombrero y esperando la llegada de un mayordomo que se acercaba presto.

Se encontraba en un ordenado y limpio patio de armas. Al fondo, iluminada por cirios, había una conservadísima armería. El escudo de armas de los Brandt, que representaba a un dragón en titánica lucha contra un oso gigante, poblaba casi todas las entradas, y el mayor de ellos, uno particularmente hermoso, coronaba la entrada principal.

El castillo del conde resultaba ser una mezcla de gótico sobre una antigua obra románica. Su muralla databa del siglo III, y su estampa, oculta entre los bosques, se alejaba del estilo neoclásico imperante.

 

-          Soy Ludwig, mayordomo principal del conde. Le espera impaciente. – Indicó el sirviente muy amable.

 

Al entrar, a Guttendörf le abordó la sensación de encontrarse en plena edad media. Las armaduras, las cadenas y las armas colgadas de la pared eran la nota predominante. Los arcos del techo imitaban a las torres del exterior en su idea de atesorar mayor tamaño. Había extrañas figuras de demonios, gárgolas, trolls y otras bestias similares a sus bestiarios de juventud. En una de las pequeñas capillas colgaba un retablo en piedra cuya belleza hizo que el profesor se detuviera, haciendo que el mayordomo continuara solo. Era un tríptico gótico. Mientras lo admiraba, oyó unos pasos de distinta cadencia que se acercaban.

 

-          La batalla del río Lech, siglo diez. – Dijo alguien ya a su lado. – Doctor Guttendörf, es un honor tenerle en mi castillo, soy el conde de Brandt, pero usted llámeme Wolfgang. – El profesor, al que no le molestó que el conde se convirtiera en una de las pocas personas en llamarlo doctor, lo saludó igualmente. El conde era un hombre muy grueso. No tenía la mirada insensible de su sobrino, al contrario, su aspecto era el de un glotón, bonachón que, gracias a su heredado título nobiliario, había engordado en exceso. Tenía sonrosadas las mejillas, síntoma de afición desmedida a la botella, y andaba con dificultad, como alguien que hubiese navegado durante días sin haberlo hecho jamás y al desembarcar, bamboleara de un lado a otro. Vestía elegante un traje gris oscuro, apropiado para una recepción más concurrida.

-          Creo que ésta la ganó Otón I. – Manifestó Guttendörf, rascándose la barbilla.

-          Otón El grande, desde luego. El retablo es obra de un conocido artista lombardo y tiene ya casi cuatrocientos años. Fue un regalo del emperador Matías de Habsburgo al VII conde de Brandt. – El orondo aristócrata hablaba de forma irregular, su salud no era proporcional a su bien alimentado cuerpo. – Acompáñeme, le mostraré las demás dependencias del castillo antes de cenar.

 

El profesor lo siguió, caminando despacio; aquel hombre no estaba para moverse mucho.

Le enseñó el comedor, donde los criados terminaban de vestir la mesa, el patio de armas visto desde arriba, la galería, donde el conde aseguró que una de las espadas, guardada en una cerrada vitrina, perteneció al emperador Federico I, Barbarroja, en el momento de su muerte a orillas del río Saleph durante la tercera cruzada.

 

-          Aquellos hombres sí que eran verdaderos alemanes y no los de ahora, cada día más influenciados por la cultura extranjera, ¿no está de acuerdo, doctor? – El profesor sonrió, pues ya con dicha afirmación sabía qué clase de persona era el conde.

-          La influencia externa no ha de afectar a todo aquél que se sienta alemán, cuyo amor al país ha de permanecer intacto. – Respondió, diplomático. El conde compartió la sonrisa, cuya afabilidad ya no sería del todo sincera.

 

Bajaron a la parte subterránea, donde Brandt hubo de ser ayudado por los criados y el propio profesor. Las catacumbas le sobrecogieron.

 

-          Aquella tumba es una auténtica reliquia. – Señaló el conde bufando, casi sin respiración. - ¿Quiere saber quién descansa en ella, doctor? – Preguntó con cierta presunción.

-          ¿A quién?

-          ¿No le dice nada cierto caudillo huno cuyas huestes casi dominan Europa de punta a punta?

-          ¿Quiere decirme que es la tumba de Atila? – El conde sonrió, petulante y jactancioso, muy seguro de lo que acababa de afirmar.

-          Creí que era un misterio. – Puntualizó Guttendörf.

-          Todo misterio tiene un porqué, doctor, no debe olvidar eso, usted que es un hombre de ciencia, pragmático, debería saberlo.

 

Regresaron al comedor. La cena ya estaba servida por una criada de gruesa figura.  

 

-          Espero que le guste la caza, doctor. Bon apetit.

 

Wolfgang Brandt se bebió dos botellas de vino por dos sorbos del profesor, era un alcohólico empedernido. Al acabar, el conde volvió a hablar desde el otro extremo de la mesa.

 

-          Quisiera hacerle una pregunta.

-          Dígame.

-          Creo poder distinguir las personalidades de los hombres, hallar ineptitud en un sabio e inteligencia en un estúpido, sin embargo, con usted me resulta imposible. Es impenetrable. – Sostuvo, eructando sin delicadeza alguna. Por mucho que guardara las apariencias, por mucho título de nobleza, no dejaba de ser un hombre vulgar. – Me pregunto a quién le debe lealtad un hombre como usted, uno de los de su clase en la universidad de Bonn, la cual creen que es la segunda Weimar, nada más lejano de la realidad. – Sentenció, carcajeando y encendiendo un enorme puro. – ¿A Alemania? ¿A Europa? ¿Al mundo? ¿A dios? ¿A quién?

 

El profesor tosió levemente, pensando en lo poco correcto que era el  conde de Brandt.

 

-          Yo le debo fidelidad a la ciencia, creadora del hombre y creada por el hombre para descubrirse a sí mismo y a lo que le rodea.

-          Me ha resultado algo retórico, doctor, y no se ofenda. Los hombres como usted suelen ser así, e insisto, no se ofenda, pero son los de su clase los que llevarán a este país al caos, invitando a los extranjeros a que se sienten en nuestras sillas, poniéndoles lo mejor de nuestras casas. Créame doctor, llegará el día en que alguien de esta tierra se rebele y arrase con todas las hordas forasteras, judías y liberales que pululan libremente por Alemania.

-          Pues debo decirle que no puedo estar de acuerdo con dicha afirmación. Y no sólo no estar de acuerdo, sino que sus palabras, siniestras y exaltadas, no pueden penetrar en mi mente. No entiendo nada de lo que me ha dicho. Es más, imagino que si, como asegura, en el futuro alguien se levantará y expulsará a todo ciudadano extranjero, será ese mismo líder el que lleve a Alemania a la ruina. El hombre es el mismo ser en cuanto a maldad o bondad, no se diferencia en nada.

-          ¿Qué me dice de mí, doctor? Llevo años derrotado por las piernas, ya no soportan mi peso, se doblan constantemente y necesito reposo continuo. En breve me iré de aquí, en busca de un clima más suave para mis huesos. ¿También yo soy igual que los demás? – Escudriñó Brandt, iracundo.

-          Así es. Usted puede recolectar frutas, cada una será de su tamaño, unas más o menos perfectas, pero frutas son todas. En su caso yo me consideraría igual que cualquier ser humano.

-          Jamás un hombre del norte, fuerte y valeroso, será igual que uno de esos insectos de piel cetrina. Debería leer los mitos escandinavos, la gloria de aquel pasado, de aquellos hombres formidables, puros, de raza perfecta. Alemania es hereditaria de aquella simiente, descendiente de aquellos gigantes del norte.

 

El conde de Brandt estaba obnubilado por la que, para él sería una estirpe de hombres blancos y fuertes los que habrían de ‘’reconquistar’’ Alemania en el futuro. La charla se transformó en una vehemente perorata por parte del noble. Para Ángel, aquellos hombres del pasado sólo fueron un pueblo más del mundo, tan poderoso y tan débil como podrían ser los aborígenes de Australia o los pertenecientes al antiguo imperio azteca.

El profesor Guttendörf empezaba a sentirse muy molesto. El conde le estaba sentando tan mal como un dolor de muelas en mitad de una obligada reunión. Comenzó a pensar en otras cosas, sin dejar de recibir las groseras palabras de Brandt, al que veía como en una imagen impersonal, cuya alocución, exacerbada y fanática, era producto de su inseguridad. Instantes después, cuando el conde se dio cuenta de la soledad de su discurso, camuflado por las protocolarias formas, su sobrino, el joven que insultó al profesor, apareció casi de la nada, como surgido de la oscuridad.

Su efigie, inconmovible y dura, no había variado. Miró a Guttendörf de soslayo, sin mostrar sorpresa por su presencia.

 

-          Aquí está. – Bramó su tío. – Tarde, pero ha llegado. Bueno, creo que ustedes ya se conocen.

-          Así es, tío. – Corroboró el muchacho con innata displicencia. El profesor asintió, enormemente atraído por el porte del joven, que se veía seguro junto a su querido tío. Elegantemente vestido, sin rebasar los diecisiete años, el sobrino de Wolfgang parecía mayor de lo que era.

-          ¿Qué me dice, doctor? ¿No es todo un caballero?

-          Desde luego. – Confirmó él, muy educado.

-          Sinceramente, quiero a mis sobrinos por igual, pero con él tengo una predilección especial, y no porque sea mayor que su hermano, aunque eso es difícil saberlo.

 

Guttendörf se preguntaba lo que escondía aquel rostro penetrante e indolente. La clase de experimentos que codiciaría realizar y que, dada la restricción de algunos maestros, no podría. Quizá necesitase un conductor, alguien que le explicara dónde terminaba el bien de la ciencia y el mal de la misma. Se sentía deseoso de poder conversar con él. Y eso era algo que no tardaría mucho en hacer.

 

El conde despidió al profesor con la promesa de que fuese él y no otro, el que enseñara al muchacho los más profundos conocimientos.

 

-          Créame, doctor, es sumamente inteligente, llegará a ser un científico extraordinario. No sé si viviré para verlo, pero estoy seguro de ello. Casi tan seguro como que este país, tras la gloriosa unificación, se alzará contra toda influencia externa. Y todo aquél que no sea alemán puro, deberá ser expulsado.

-          En ese caso, yo mismo deberé marchar, pues en el caso de que lo fuese, no desearé permanecer en un pueblo en el que no se acepta a otros seres humanos por igual. – Manifestó, con apagada solemnidad, el profesor.

-          Celebro haberle conocido, doctor. Puede que nuestras ideas no sean iguales, pero realmente es usted un hombre fascinante.

 

Guttendörf calló su impresión sobre el conde, marchándose del medioevo castillo.  

 

No fue hasta días después cuando volvió a encontrarse con el peculiar sobrino del conde de Brandt. En aquella mañana, con los ecos aún frescos de la aciaga ideología de su tío, el profesor preparaba una nueva clase de anatomía.

Con experiencia, disponía el cadáver a diseccionar, limpiándolo, afeitándolo. Nada de lo que el conde pudiera pensar del mundo era más grande que la ciencia. Estaba rodeado de escalpelos, de sierras, de instrumentos científicos de toda índole en la sala de anatomía, y al fijar su vista en ellos, se sentía protegido, aun cuando en el futuro, como  profetizó el conde, el mundo se dejase llevar por la locura y la barbarie.

Sin embargo, en dicho pensamiento, atajó la posibilidad de que fuera la misma ciencia la herramienta para causar dicha barbarie, puesto que la ciencia misma era una espada a la que había que saber usar, ya que con ella, hasta el más duro de los materiales se podría cortar.

 

Sus queridos alumnos fueron entrando lentamente con el lógico retraso. Hollbrang, el hijo de Thomas, experimentado en aparato respiratorio; Shermann, cada vez más docto en huesos; o el pequeño Von Riepke, futura autoridad en médula espinal. Les acompañaba Brandt y su capa escarlata, la cuál colgó en el perchero luego de saludar con excelente cortesía al profesor.

Estaban en una sala fría, blanca y sobria. A la mesa, como comensales en un banquete, les aguardaba el tieso cadáver de un hombre mayor fallecido dos días antes. Y Guttendörf dio por comenzada la clase, deseando comprobar las aptitudes del sobrino del conde.

 

-          Caballeros, les informo que este hombre falleció a las veintidós horas dieciséis minutos del día 23, es decir, hace seis días. Su identidad es irrelevante, lo único que nos interesa saber es que era mayor de sesenta años, que trabajó como herrero, pueden percatarse de la dureza de sus brazos y las permanentes callosidades de sus manos y que llevaba una vida normal dentro de su modo de vivir. Comencemos pues con el estudio: Herr Brandt, le concedo el honor de la primera incisión. Realice un corte en el que sea posible ver el estómago.

 

Brandt tomó el escalpelo, cortando con pericia sobre el vientre del cadáver.

 

-          Excelente incisión, Herr Brandt, le felicito. – Dijo Guttendörf. El joven lo miró petulante. – Bien, ahí lo tienen, señores. Esa bolsa que ven ahí, en la cavidad abdominal, es el estómago. Lo pueden distinguir por la dilatabilidad de su cuerpo, aunque, obviamente, ahora no puede hacerlo. Herr Brandt, por favor, ábralo.

 

Y el joven cortó sobre el órgano. Al profesor lo estaba maravillando, podía afirmar que aquel muchacho no era la primera vez que diseccionaba un cuerpo humano.

 

-          Si se fijan bien. – Hablaba Guttendörf. – El estómago contiene una especie de moco, que es la protección para el segregado jugo gástrico.

 

La clase se prolongó durante horas y Brandt participó en todas las incisiones al inmóvil cuerpo del difunto, incluida la de los ojos. Al llegar al cerebro, cuando el profesor comprobó la habilidad del muchacho abriendo el cráneo para extraer el centro nervioso, sabiendo diferenciar el cerebelo, el tronco cerebral, el puente de Varolio o el oblongo bulbo raquídeo, interrumpió la lección. Los demás alumnos podían sentirse desplazados ante tal prodigio juvenil. No hacía falta que el profesor le dijera por dónde debía cortar y de qué manera tenía que tomar las partes para el estudio, él ya lo sabía.

Al concluir, le rogó que se quedara para hablar en privado.

 

-          Bien, Herr Brandt, ha estado magnífico, ¿cuándo y dónde empezó a diseccionar cuerpos humanos? – El muchacho lo miró con extrañeza.

-          ¿Acaso no está bien venir con la lección ya aprendida?

-          En absoluto, pero me ha impresionado la facilidad con la que ha usado el escalpelo. Es la primera vez que uno de mis alumnos lo hace tan diestramente.

-          Cuando era pequeño solía acompañar a mi tío a sus cacerías. Tras la jornada, me permitía experimentar con las piezas muertas, casi siempre las que no se cocinaban. Aunque nunca lo hice con humanos, usted sabe que no hay mucha diferencia.

-          Le felicito. Me encantaría conocer sus, digamos, ambiciones, sus metas. Un alumno como usted debe tenerlas, y seguro que no pequeñas.

 

El chico bajó la mirada momentáneamente, perdiendo algo de fuerza en su imperturbable rostro.

 

-          Sueño con usar la medicina para cambiar ciertas cosas. – Proclamó, retornando a su seguridad habitual. Guttendörf colocaba las notas de la clase en su maletín tras abandonar los dos la sala de autopsias.

-          ¿Qué cosas? – Curioseó.

-          El destino, el fin de los seres humanos, por ejemplo. Estoy convencido de que la ciencia contiene campos aún por descubrir. Considero que si la vida surge una vez, puede hacerlo de nuevo.

-          No entiendo su apreciación. – El profesor ya estaba en lo cierto, Brandt era la representación del científico osado, proscrito para la ciencia moral, que él, en algún momento, quiso ser.

-          Por ejemplo, doctor, creo que soy capaz de hacer regenerar una célula. Imagine lo que supondría eso. Dar vida a un tejido ya muerto, a un órgano, podría evitar la misma muerte.

 

Brandt hablaba ahora con entusiasmo, como queriendo encontrar el apoyo que había anhelado en el profesor Guttendörf.

 

-          Tenga cuidado con lo que dice. La ciencia, en la que he basado toda mi vida y todo lo que he aprendido, no puede dar vida donde no la hay. Es usted un estudiante brillante, lamentaría mucho que desperdiciara tan enorme talento en ese tipo de entelequias, que si bien no condeno, sí que producen gran pesar en aquél que trate de hallarlas. – Aseveró el profesor, dando paso hacia la calle al muchacho y cerrando la cátedra de medicina de la que salían.

-          Ayúdeme, profesor. He oído hablar de usted, es el único que puede hacerlo: podemos cambiar el curso de la naturaleza.

-          No le ayudaré porque no tiene nada concreto. No quiero dudar de su inteligencia, pero sí lo hago de lo que me está diciendo. Me habla de dar vida a, por ejemplo, una vaca muerta, y no me dice cómo, ni siquiera una breve teoría.

-          Si no confía en mí, no le demostraré nada. – Sentenció Brandt, más siniestro y glacial que nunca.

-          Si usted no se olvida de lo que la ciencia puede hacer, tal vez dentro de trescientos años y no ahora, el mundo sabrá que se perdió a un gran científico. – Replicó el profesor, abriendo su paraguas por la lluvia y casi despidiéndose de él.

-          Algún día lo demostraré. La ciencia está ahí para ser explorada, no para frenarla con prejuicios morales.

 

Al decir eso, el joven Brandt se marchó, colocándose el sombrero de copa y haciendo volar su oscura capa por entre las ya mojadas calles de Bonn. El profesor lo vio alejarse, con paso firme y decidido. Pensando en que quizá el chico tuviera la posibilidad, hubiese descubierto, por azar o por fruto de su perseverancia y su genio, la manera de regenerar, de alguna manera, un cuerpo orgánico inerte. Se vio a sí mismo refrenado por su propia sensatez, y tal vez sentiría pesar por él en el futuro si no demostrase lo afirmado, desaprovechando una más que eminente carrera.

 

Los siguientes días fueron de meditación, de constantes pensamientos al, seguramente superior a él, sobrino del conde de Brandt. Sintió la necesidad de hablar, de debatir sobre el asunto con sus colegas de la universidad. La sociedad de la época era religiosa en su mayoría. Hablar de cuestiones como dar vida en algo muerto serían consideradas antinaturales y peligrosas, pero necesitaba hacerlo.

Una fría mañana, una en la que las clases habían sido pospuestas debido al mal tiempo, Guttendörf acudió a reunirse con su buen amigo, el doctor Fuhlrott, el descubridor de los restos prehistóricos en el valle del río Neander. El mismo que le correspondió la admiración en la conferencia.

Era un hombre muy alto, espigado, enjuto y de nariz aguileña. Gustaba de pasar las mañanas de invierno en el célebre jardín botánico de la universidad de Bonn, donde podaba, cortaba y cuidaba con dedicación bajo el acristalado techo de su invernadero toda clase de plantas. Allí, Guttendörf le dejó caer la cuestión. El doctor Fuhlrott dijo:

 

-          Amigo Ángel, la regeneración, como sabrás, no es algo tan increíble en el mundo vegetal y animal. Los animales de sangre fría, sobre todo, reproducen sus colas y otros apéndices una vez perdidos. Los seres humanos, incluso, renovamos constantemente los componentes de la sangre, partes de la piel. Podemos regenerar el tejido del hígado y reparar heridas menores en los huesos, músculos, las puntas de los dedos, la córnea de nuestros ojos…ya lo sabes, sin embargo, un individuo o algún miembro de su cuerpo, una vez muerto, es imposible que pueda revivir. Si pierdes el dedo índice, jamás podrás volver a señalar con él. Pudiera ser que, con el ejemplo de los peces o de los anfibios capaces de regenerar sus partes seccionadas, podría avanzarse en dicho campo, pero hoy por hoy es totalmente imposible. Dudo mucho de que seas tú el que trata de averiguarlo.

-          En absoluto, pero mi duda va más allá de esa cuestión tan elemental. ¿Crees que un científico ha de anteponer la lógica, la moral, la realidad social en la que subsiste, a su ideal, a su codicia? – Indagó Guttendörf, ayudando a su mentor a plantar un futuro peral.

-          Ángel, tú siempre fuiste un alumno muy sensato, incluso ya de maestro has mantenido una cordura a prueba de cualquier deseo. El científico frío, poco metódico e insensible, no toma en consideración las consecuencias que puedan ocasionar su trabajo. Tú nunca has dejado de tenerlas en cuenta. Respecto a tus dudas, que más o menos sé de dónde provienen, desde mi punto de vista te digo que, en esta época que nos ha tocado vivir, hay que abstenerse de alcanzar el futuro a través de la ciencia. No dudo de que la ciencia misma albergue campos que en esos años aún por llegar, realizarán cosas maravillosas, pero el proceso es lento. Fíjate en todos los vegetales de este invernadero: son lo que son por el tiempo que los mantiene, no se les debe acelerar su naturaleza; sería como hacer mayor a un niño pequeño.

 

Y con las palabras de Fuhlrott quedó Guttendörf. Convencido, sin duda, pero a la vez contrariado, pues tal vez de tener la posibilidad, el mismo Fuhlrott, con su levita, con su presencia de solemne caballero, de sensato profesor y racional científico, no diría lo mismo si se le ofreciera la posibilidad de revivir a un Neandertal de los que él mismo descubrió, saltándose con ello miles de años en la historia del hombre.

En los días siguientes, la curiosidad que sentía hacia el joven Brandt no pudo ser satisfecha. El muchacho, por desconocidas razones, dejó de asistir a todas las clases en las que se había matriculado desde que mantuvo la particular conversación con el profesor.

Las mismas prosiguieron con su ritmo habitual. Guttendörf siempre preguntaba por el joven antes de comenzarlas, pero nadie sabía qué podía sucederle. En cambio, en una de las de anatomía, una que hubo de alargarse en exceso debido a la torpe presteza con el bisturí de uno de los alumnos abriendo el tórax de una mujer, calamidad que Ángel obligaba una y otra vez a ser repetida hasta acabar fuese a la hora que fuese, un alumno de botánica irrumpió en la sombría y húmeda aula forense.

 

-          Profesor Guttendörf. – Dijo al entrar, visiblemente alterado.

-          Herr Leissmeyer, el joven herbario, ¿qué le trae por aquí? Espero que no le disguste nuestra lección.

-          Se trata de Brandt. Soy su amigo desde que llegó. He recibido un mensaje de su cochero. Dice estar en su casa muy enfermo. Creí que le interesaría saberlo.

 

El profesor agradeció el mensaje del muchacho. A la mañana siguiente, tras averiguar dónde vivía Brandt (el castillo sólo era residencia de su tío), se dirigió a interesarse por él. Esperaba verlo enfermo de resfriado, quizá, con alguna lesión producida por una caída o algo parecido, pero jamás esperó encontrarlo del aquel modo.

La casa del chico estaba junto al arroyo mayor del Rin, a la salida de Bonn. A pesar de contener variada  y majestuosa influencia del castillo de la familia, presentaba un estado ruinoso, derrumbe que rivalizaba en posesión de la construcción con el moho, el polvo y la austeridad presentes. Asustaba pensar que alguien, por muy pobre que fuera, pudiera vivir allí, en aquellas condiciones, rodeado de nidos, excrementos de animales, cristales rotos y hierbas por las paredes.

Llamó, pero nadie le abrió, así que decidió entrar, ya que la puerta estaba entreabierta. Un fuerte olor descompuesto y el desagradable zumbido de moscas lo recibieron.

 

-          ¿Herr Brandt? – Voceó. Nada podía oírse, excepto las moscas.

 

Subió por la única escalera junto al recibidor. En la planta baja no había nada, ni muebles, ni nada, sólo dicho olor y los pululantes dípteros. El resquebrajado sonido de los escalones barruntaba un desplome cercano. Ya arriba, se topó frente a una puerta también entreabierta. Golpeó ligeramente tres veces, siendo respondido por dos golpes desde dentro. Entró, y allí estaba, en una habitación despojada de toda vida, con una sola ventana cuyas clavadas tablas tan sólo permitían al sol entrar por las rendijas. Sobre una apolillada cama con un enmohecido y quebrantado cabecero. Semidesnudo, portando un bastón con el que había aporreado la pared en respuesta a sus golpes. Estaba en horrible y mortuorio estado, casi en los huesos. No tenía pelo. Sus ojos bailaban inseguros sobre sus óseas cuencas; la mandíbula parecía una palanca inutilizada ante el deseo de hablar del joven, lo que parecía imposible. Era increíble que un cadáver como aquél pudiera estar vivo. Y ni siquiera en tan lamentable condición había perdido la fricción en su mirada.

 

-          ¿Qué le ha ocurrido? – Preguntó el profesor muy preocupado.

 

Brandt hizo un gesto de extrañeza, mostrando un rostro esquelético y triste.

 

-          Hay que llevarle al sanatorio inmediatamente. – Dijo Guttendörf.

 

Brandt lo tomó del brazo con su huesuda mano cubierta por un fino pellejo, único resto de piel que le quedaba. Con tremenda dificultad, puesto que apenas podía moverse, señaló a la única mesilla de la abandonada habitación, apuntando también hacia uno de sus cajones. El profesor lo abrió, extrayendo un grueso cuaderno de notas. Brandt se lo dio, aunque al hacerlo, de la débil mano se le cayó. Se volvió hacia la desconchada pared, sin apenas fuerzas para abrir la cadavérica boca, de cuyos amarillentos dientes se desprendía una macilenta y hedionda babilla, con un gesto que indicaba no desear más su presencia. El profesor leyó la cubierta del mamotreto: ‘’Éste es el diario de Hans Brandt’’, rezaba. Finalmente, el joven murió.

 

Con el diario llegó a su casa, en donde sin premura, comenzó a leerlo. El principio no pasaba de ser una narración inofensiva, llena de cuentos medievales y las sensaciones que el malogrado Brandt obtenía al leerlos. Sin embargo, a medida que avanzaba en las anotaciones, en los años del chico, el relato se hacía cada vez más conmovedor y terrorífico. Brandt explicaba, con profusas ilustraciones, como con sólo once años exhumó el cadáver de su tía, la mujer del conde, el cual descuartizó para su estudio. Y lo mismo, según contaba, hizo con muchísimas personas más. Lo escalofriante lo adueñó cuando leyó que una vez, incluso, asesinó a dos vagabundos para estudiar, palabras textuales, la muerte en persona. Las páginas finales contenían cientos de ilustraciones de cuerpos enteros y desmembrados, miembros dibujados aparte. Al final, había escrito lo que, según él, se trataba de su futuro gran descubrimiento: la interrupción de la muerte, y una pequeña anotación:

 

‘’Profesor Guttendörf, con la certeza de que será usted el primero que venga a visitarme, toda vez cerciorado de mi apariencia, aquí le explico lo que he hecho. Me he inoculado con una enfermedad mortal. Un virus que mi tío trajo en un frágil recipiente de la lejana isla de Madagascar. Como puede ver, es una enfermedad letal, de horrible imagen. Primero destruye la piel, pasa por desgarrar los músculos, descomponiendo los órganos, devorando hasta el mismo tuétano de los huesos. Aún así, consciente de lo que he hecho, obligado a realizarlo conmigo mismo, dada la irracional duda de nuestra obtusa sociedad, a la que usted no pertenece por más que diga, voy con ello a demostrar que una persona en mi estado, con el mal más incurable mal del mundo, puede evitar a la muerte y hacer que, con mi experimento, el cual guardo a buen recaudo, pueda todo organismo regenerarse’’…

 

Eternamente agradecido:

 

Hans Brandt.

 

Se había usado a sí mismo como conejillo de indias sólo para demostrar su teoría, pensó el profesor acertadamente. El joven Brandt había mezclado el afán, el idealismo, el deseo de vencer a la muerte sin importarle las consecuencias mismas que podía acarrearle con la mismísima locura, pues eso era aquello, una locura bañada en codicia, en sed de poder. Guttendörf, tras dejar en el escritorio de su despacho el diario, encender su pipa y restregar sus ojos, de vista ya cansada por tanta lectura, lamentó mucho lo sucedido, dudando incluso de la misma ciencia que, como invento humano que es, perturba y condiciona a un destino fatal.

En la siguiente jornada universitaria, Ángel convocó a los miembros más veteranos para exponer el caso, y con varios de ellos acudió a la casa junto al arroyo. Iban Ángel,  Fuhlrott, Bensshoffer y el joven aprendiz Matthaus. Para cuando entraron en la casa, exactamente veinticuatro horas después de la visita de Guttendörf, Brandt ya era un muerto tan silencioso como todos los enterrados en el cementerio de San Ruperto.

 

-          Habrá que encargarse de las exequias de este pobre muchacho. – Indicó Fuhlrott mirando a una de las ratas habitantes debajo de la cama de Brandt, que yacía inmóvil, con el rostro desencajado y sin nada de piel. – Creo que su tío se marchó hace días al extranjero.

-          Es una terrible pérdida. Yo lo tenía en antropología y era un estudiante brillantísimo. – Declaró Bensshoffer.

 

El profesor no quiso añadir nada. Ya conocía la historia y no quería compartirla con nadie debido, más que nada, a su especial reserva.

El joven fue sepultado en dicho cementerio, bajo la primera nevada del año y la consternada mirada de profesores y alumnos. Unos no sabían nada, otros creyeron lo único que Guttendörf confesó, que Brandt había contraído una misteriosa enfermedad en uno de los viajes de su tío, la cual fue consumiendo su cuerpo día a día.

Las clases fueron suspendidas dos días. Al reanudarlas, se organizó una conferencia libre en homenaje al joven sobrino del conde, en donde cualquier alumno podía exponer su pensamiento libremente, sin temor a la reprimenda de los superiores. Pero justo cuando uno de los muchachos, uno de química, conocido por su parquedad en palabras y su invisible sonrisa, se disponía a hablar en público por primera vez, los murmullos procedentes de las puertas del exterior, abiertas dado el carácter público de la conferencia, comenzaron a interrumpirle. De pronto, los bisbiseos se hicieron voces de asombro, de estupor. El desconcierto aplastaba a las mentes pensantes en el paraninfo. El profesor miró a los demás catedráticos y éstos lo miraron a él con gesto extrañado. El asombro dio paso al miedo en la mirada de los estudiantes. El mismo pavor que dio cuenta de los veteranos ojos de Guttendörf y de sus colegas de profesión, que casi caen de sus asientos cuando vieron la figura escarlata, con la chistera y el bastón, de Brandt y su mirada de hielo, esta vez orgullosa, henchida de poder. Estaba vivo, para asombro de los presentes. Todos ellos lo habían visto a través del vidrio del féretro y como éste era sepultado bajo varios metros de tierra y una pesada losa.

 

-          Buenas tardes, caballeros. – Exclamó, clavando sus ojos en los de cada uno. – Especialmente a usted, profesor Guttendörf. Aquí me tiene, sin magia negra, sin milagro divino. Sólo con mi genio científico he podido vencer a la muerte. Usted dijo: <<todo tejido muerto es irremplazable>>, pues yo he estado muerto y he sido remplazado.

-          Es extraordinario. – Murmuraban algunos.

-          Increíble, ¿cómo lo habrá hecho?, yo mismo lo vi muerto.

 

Brandt sonreía tétrico y sarcástico, sin despegar su vista de la del profesor, que se sentía dominado de verdad.

 

-          Mantengamos la calma, por favor. – Ordenó el rector con tranquilidad. – Herr Brandt, ¿podría explicarnos qué ocurre?

-          Como no, Herr Hofmann. Como todos saben, fui contagiado por un virus que mi tío, el ya conocido y ahora ausente, conde de Brandt, trajo de Madagascar. Los motivos que me llevaron a soportar tan terrible enfermedad fueron los de demostrar mi experimento, de sellar con tan evidente prueba que se puede volver a la vida tras una penosa muerte.

-          ¿Y cómo explica que haya podido salir de la tumba? – Preguntó alguien desde las gradas superiores. – Tenía varios kilos de tierra y una pesada losa encima.

-          Muy sencillo, mi cochero tenía precisas instrucciones, a medianoche abrió mi tumba, si yo no hubiese estado con vida, volvería a cerrarla para siempre. Pero como pueden comprobar, aquí estoy. ¡He vencido a la muerte, he demostrado que la naturaleza no es tan poderosa! – Vociferó alzando los brazos a la multitud que, guiada por la debilidad y el temor a la muerte, contemplando como un joven, sin saber cómo aún, la había vencido, comenzó a aplaudir fervorosa, vitoreándolo y felicitándolo.

-          ¿Y qué hay de la autopsia? – Preguntó el rector.

 

Brandt se abrió la camisa con ímpetu, haciendo saltar los botones y mostrando una perpendicular cicatriz que recorría su tórax hasta enlazar con otra cercana al abdomen.

El profesor, receloso, lo miraba dentro de su duda. Entendería que un temprano genio como aquel hubiese alcanzado el sueño de todo mortal desde tiempos remotos, la inmortalidad propiamente dicha. Sin embargo, tras lo leído en el diario, tras conocer los horrores que tan joven había cometido, le costaba confiar en aquel muchacho de heladora presencia que lo observaba triunfante desde la pomposidad de su capa y con la rendición de los demás estudiantes. Con trampa o sin ella, él mismo había visto a Brandt pudriéndose y de cuerpo presente después. Él mismo había certificado su defunción tras practicarle la pertinente autopsia. Él mismo lo había visto dentro de un féretro con el rostro más cadavérico que un muerto reciente pudiera tener. La pregunta era cómo lo había hecho, ya que el porqué era de sobra conocido.

El joven Brandt fue ascendido de curso académico, llegándose a pensar en investirlo como maestro de ciencias por la universidad de Bonn. Nadie preguntaba por los pormenores de su experimento que hicieron que volviese a la vida tras morir, lo importante era que lo había demostrado. El profesor Guttendörf pasó a un segundo plano, aunque no por ello perdió el interés y dejó de cuestionar, a veces públicamente, el hito alcanzado por el sobrino del conde.

 

La relación entre los dos se hizo más cordial de lo que cabía esperar. El profesor aceptó lo sucedido y el alumno, que en ningún momento dejó de mostrar un innato talento para todos los campos del saber, trató de aparentar un amable carácter dentro de la supuesta humildad alcanzada tras el éxito. El muchacho, a la pregunta de cuándo enseñaría la fórmula o el procedimiento detallado de su increíble experimento, solía responder con evasivas, asegurando que aún no lo había perfeccionado y que sólo lo había probado con él mismo por temor a hacer daño a alguien. Fue entonces cuando el asunto pasó a postergarse poco a poco. A ser sólo mencionado intencionadamente, dejando de ser la comidilla de los parlantes pasillos de la academia.

Y todo se habría olvidado si no hubiese sucedido lo que sucedió. Si Guttendörf, que por así decirlo, casi siempre se veía inmerso en todos los enigmas y sucesos extraños de su alrededor, no hubiese estado presente la mañana más fría del invierno. Fue entonces cuando el recelo, casi olvidado, se transformó en sospecha.

 

Era, como ya digo, una fría mañana. El profesor impartía clase de fisiología, cuando Brandt, un poco tarde debido a su apretada agenda, hizo acto de presencia. Guttendörf explicaba, sin interrupción por la entrada en el laboratorio del joven, la función de los jugos gástricos durante la digestión. Nevaba bastante, y es por ello que hubiese gran cantidad de alumnos constipados, Brandt uno de ellos, y que estornudaban sin poder evitarlo. En uno de aquellos estornudos, en el momento en que el profesor pasaba por su lado, con las manos entrelazadas hacia atrás, despachando la materia, Brandt se sonó la enrojecida nariz, sacando un pañuelo blanco con una letra escarlata bordada en uno de los picos. Guttendörf la vio, y rápidamente, cambió de vista, sin abandonar el habitual tono de su dictado. Se trataba de una letra E.

La letra E no decía mucho a simple vista. Podía hacer referencia a cualquier cosa, sin embargo, cuando acabó la clase, recordó algo que el conde de Brandt, antes de su desacreditado discurso, dijo acerca de sus sobrinos. << Sinceramente, quiero a mis sobrinos por igual, pero con él tengo una predilección especial, y no porque sea mayor que su hermano, aunque eso es difícil saberlo>>.

Quizá había algo en aquella afirmación. Cómo no iba a saber un tío cuál de sus sobrinos es mayor.

La sospecha creció, estimulada por el primario recelo a tan extraño chico y su, aún sin demostrar, logro. Dudaba si lo que pensaba o deseaba, cosas distintas ambas, era por el bien de la ciencia o el bien personal. ¿Verdad o vanidad?

La noche de la ventisca, como así fue llamada al día siguiente, al amparo de la oscuridad, acudió al cementerio. Con el permiso que le facilitaba ser tan reputado forense, el sepulturero, ofuscado por la hora, le dejó entrar. Alumbrándose con el candil, rodeado de las lógicas cruces y cipreses, embestido por la citada ventisca, cuya fuerza negó la salida de cualquier fuego fatuo, llegó a la lápida de Hans Brandt, 1851-1868, pero la piedra estaba rota, el ataúd vacío. Guttendörf se agachó, alumbrando a su interior. Todavía conservaba el hedor que ya percibió en la casa junto al río, y en la acolchada tapa había restos de piel seca, como la muda de un reptil. Volvió a reclamar la presencia del adormilado sepulturero, que contestó a su detectivesca pregunta.

 

-          Hace dos noches entró un hombre cubierto por una capa. Dijo venir en nombre del conde de Brandt, con lo que no opuse resistencia. Abrió una de las tumbas, sacó un cuerpo y se lo llevó en un carro.

-          ¿Ha dicho con una capa? – Preguntó Ángel.

-          Así es.

-          ¿De qué color?

-          No lo recuerdo. Apenas había luz. El chico no traía lámpara y yo dejé la mía en casa.

-          ¿El chico?

-          Sí. – Afirmó el sepulturero. – Por su voz estoy seguro de que era un muchacho, aunque era muy tarde, como ahora, podría estar equivocado.

 

Guttendörf recogió el dato con indirecta adicional. El cochero no era un hombre joven, ni tampoco portaba capa. La cuestión se complicaba. Lo que había sido mostrado como un avance para la ciencia, tal vez el más extraordinario, ocultaba una truculenta trama.

Y fue a partir de su visita al cementerio cuando Ángel comenzó, a sabiendas de que no era lo correcto, a vigilar los movimientos de Brandt. Éste había dejado la casita junto al río, hospedándose en una céntrica pensión. Pero sucedió que la segunda noche el muchacho no fue a dormir a dicha pensión, dirigiendo su carro, sin chofer, hacia el famoso castillo de Brandt. El profesor, tan aventurero como su propia leyenda personal le había hecho, ni corto ni perezoso tomó un burro atado a una de las manijas abandonadas a la intemperie en la noche más fría del año.

El bosque de Trosdorf, segundo nombre del castillo, presentaba una oscuridad innombrable, guiada sólo por el aullido de los lobos y el quejido del viento sobre los árboles. A paso ligero, con suerte, logró divisar la luz del carro de Brandt, que se detuvo, apagándola de inmediato. En la subida, ya sin dicha iluminación, Guttendörf tomó como referencia la copa de un viejo roble, y a hasta allí dirigió el seguro paso del burro, al que no dejaba de acariciar.

La misma apariencia sombría de la primera vez lo recibió, aunque ahora, con mucha menos luminosidad. La puerta, con el distintivo del condado, le impedía el paso, así que debía de encontrar alguna entrada alternativa. El muro era demasiado alto, lo que tuvo que descartar. Aterido, se sentó en una de las piedras cercanas, pensando en la manera de entrar.

Pasaron las horas, y casi de improviso, amaneció. Caviló la posibilidad de llamar, como profesor suyo que era, exponiendo cualquier motivo para su visita, pero estaba seguro de que saldría por la misma puerta sin nada más que un afectuoso saludo y una palmadita en la espalda como despedida; tenía que pensar en otra cosa.

La nieve comenzó a caer lenta, lo que impedía la furia del viento de noches anteriores. Acarició al animal que lo había traído. Pensó en usar la cuerda de su aparejo, pero ésta distaba mucho de ser un elemento fuerte, que soportara su peso en la escalada del muro. Y con todo eso debería pensar dónde amarrarla.

Si la cuerda no le serviría, el burro sí que lo haría. Tomó al animal en silencio, susurrándole, llevándolo hacia una zona cercana al adarve, junto a un árbol en la bajada del peñasco, visible desde cualquier punto del castillo. Con fatiga, resuelto a entrar como fuese sin desear hacer daño al inocente animal, ató la cuerda a su cuello, anudando el otro extremo al tronco del árbol, apretando con fuerza, es decir, ahorcándolo, pero sin hacerlo. Reparó, esperanzado, a que el joven Brandt guardase en su interior algún sentimiento de culpa, producto de sus insanas fechorías, el cual siempre podría ser purgado por una buena acción, y salvar de una muerte segura a un animal que ya no paraba de rebuznar, hiriendo el corazón de Guttendörf, era una de ellas.

Dichos roznidos se oían por todo el lugar. Temió porque no los escuchara. El borrico moriría si pasaba más tiempo, aunque él no lo permitiría. Aquello era un pequeño riesgo que debía correr. Un sacrificio del animal que, en caso de no ser socorrido, sería desatado por el profesor aunque con ello jamás pudiera entrar en el escarpado castillo de Brandt. El plan tardó en dar éxito, pero lo dio. La maciza puerta de madera de la entrada se abrió, dejando caer el pequeño puente levadizo sobre el foso.

 

Brandt, con su capa escarlata, aunque sin su rimbombante chistera, salió del castillo, caminando con pasos largos por entre la nieve hacia el pobre burro. El profesor, astuto, borró con una rama gran parte de sus huellas, ocultándose a continuación en un arbusto de las inmediaciones del foso, aprovechando el momento en el que el muchacho desataba al animal para pasar por la poterna de entrada.

A la derecha había un pozo, y más allá, pegado al muro de piedra, sobre la nevada barbacana, un carro descuajeringado. Tras él se escondió, jadeante por la carrera, tenso por lo que estaba haciendo, agachado en incómoda posición, observándolo todo por entre los astillados radios de la rueda del carro, como Osric en Under City.

Fuera oyó la subida del puente, ligero por el esmerado cuidado. No había nadie más, tan sólo él y el joven Brandt que, benevolente, entraba con el burro sano y salvo. Pero la tensión se hizo tan ostensible como la nieve que no dejaba de caer en enormes copos, cuando Brandt encaminó sus pasos tirando de la cuerda del borrico hacia el mismo carro donde Guttendörf se hallaba. Estaba perdido. No sabría qué decir cuando lo viese, cosa que no sucedió. Brandt, aún resfriado y molesto por la nieve que encanecía sus finos cabellos y atería su frío rostro, ató al animal bajo uno de los techados del muro, quizá el usado en tiempos como cocina del exterior. Se subió el cuello de la camisa, se cubrió más aún con la capa, frotándose las manos para calentarlas y entró a la torre fortificada del centro.

El profesor resopló aliviado, no ya por la sorprendente situación que habría ocurrido en caso de haber sido visto, sino porque, pese a la buena acción de salvar al burro, algo había en el joven Brandt que atemorizaba con sólo mirarle. Con sigilo, levantó la tranca sin apenas ruido, abrió la puerta y entró en la torre, el lugar del retablo medieval, las gárgolas y demás tesoros que el conde de Brandt le mostró con pompa.

Estaba oscuro. El silencio, quizá, era lo peor. La escalera del interior serpenteaba de arriba abajo, hecha de mármol y barandillas de hierro. Bajó sin saber porqué, casi sin saber qué esperaba encontrar. Atravesó la capilla, las mazmorras, y fue en una de ellas, una iluminada por un cirio al que le quedaba la mitad de su cuerpo, donde el profesor vio una de las escenas más espeluznantes de su vida.

Había una mujer encadenada con gruesas argollas a la pared, casi como el burro al árbol. Pero la mujer, por su triste y sucio aspecto, denotaba llevar allí mucho tiempo. Su piel era gris como la ceniza, y su pelo estaba enmarañado como el césped tras años sin cortar. No reparó en la presencia del profesor. Gemía agachada, avergonzada, sin nada de ropa. Parecía estar alejada de la realidad. A su lado, tendido boca arriba, estaba Brandt, pero no el Brandt que había desatado al borrico del árbol, sino el gravemente enfermo que Guttendörf y los demás habían visto en la casilla junto al río. El mismo al que enterraron consumido por una maléfica y terrible enfermedad.

Era un cadáver descompuesto. Sus ojos colgaban de las órbitas. De la boca salían batallones de gusanos. El tronco poseía las señales de la autopsia que él mismo le había practicado. Tenía una de las piernas amputada a la altura del muslo, cuyo muñón se encontraba purulento. La otra estaba mordisqueada y el profesor pensó que la mujer, para no morir de hambre, había comido del putrefacto cuerpo. Era una imagen horrenda, y la prueba más refutable de lo que había sido toda una farsa calculada hasta el más mínimo detalle.

 

Más adelante, ya con algo de luz del cirio, encontró varias herramientas colgadas de la pared. Cogió unas tenazas y abrió la cerradura. Se interesó por la mujer. Al verla, la reconoció; era una de las sirvientas del conde. La misma de aspecto orondo y bonachón que había servido gran parte de la cena. Ni siquiera se levantó, estaba gravemente enferma, casi al borde de la muerte. Tenía varias infecciones en cara, boca y pechos, así como las uñas, inexistentes hasta la cutícula de tanto mordérselas. En aquel momento, Guttendörf oyó pasos en la lejanía. Poco podía hacerle a la mujer, tenía que esconderse.

Raudo, se dirigió a otra de las helicoidales escaleras, la cual le llevó a la parte alta de la muralla, por cuya ronda superior se comunicaban las torres. Llegó hasta la vigía, reconocible por la mayor altura. La nevada era intensa. El profesor empezó a notar la presencia de un perseguidor, algo o alguien lo estaba viendo. Al llegar a una sala poblada de armaduras y trofeos de caza del conde, junto a gran lujo, se encontró con otra escalera similar, llegando nuevamente a la barbacana, que ya era un manto de blanquísima nieve.

Se encontraba al otro lado del pozo, en el lado contrario. De reojo, vio una sombra humana desplazarse en lo alto de una de las torres; era él, era Brandt que lo seguía. Se arrinconó detrás de una de las columnas de la torre principal, en la que volvió a entrar. Enguantó sus manos; el frío y el nerviosismo las estaba congelando. Mientras pensaba en las huellas dejadas por la nieve, tomó las mismas escaleras de nuevo hacia abajo, con la idea de ocultarse mejor en la penumbra, en aquel juego del gato y el ratón, pero esta vez se dirigió a la parte contraria de la capilla, adentrándose por un corredor abovedado que lo llevó a las catacumbas, al lugar donde estaban enterrados todos los antepasados de Brandt desde la Edad Media. Calculó que habría un centenar de tumbas dispuestas de forma sucesoria y a la misma altura unas de otras, adornadas con bellas esculturas de bronce de señores medievales espada en mano talladas en la sepulcral losa que las cubría.

El presente polvo, visible por cirios siempre encendidos, casi logra que estornude. En su lucha por no hacerlo, escuchó una sola pisada muy cercana. Se escondió en un pequeño hueco dejado por una gruesa columna y una de las tumbas. Permaneció quieto durante un rato, sin oír siquiera su respiración, cuando al instante, un infrahumano grito acompañado de un fuerte golpe con algo cortante en el hombro lo alertó, haciendo que echara a correr de nuevo.

 

-          No podía quedarse en su cómoda cátedra, ¿verdad profesor? – Gritó Brandt, esgrimiendo una mortífera guadaña de grandes dimensiones con la que le hirió en el hombro y con la que se asemejaba a la mismísima Muerte.  

 

El profesor no dijo nada, limitándose a correr por los pasillos.

 

-          Es usted único, se lo confieso. – Seguía hablando el muchacho de malas intenciones, muy exaltado y persiguiéndolo. – Nadie me negará que fue un plan perfecto, aunque la muerte de mi hermano, que ya era inevitable, fue lo peor. Creo que debe saberlo, profesor. Yo soy Ernest Brandt, hermano gemelo de Hans Brandt. Yo le insulté en la conferencia, pero fue él el que asistía a las clases, pues yo jamás las necesité. Me contó que había hablado con usted acerca de nuestras ideas, y usted condenó sus intenciones. Lo ven todo tan claro desde sus tribunas que ni siquiera advirtieron su enfermedad. Después me autolesioné el pecho para que pareciera más real, pero a usted nunca le engañé, ¿verdad?

-          Jamás. – Murmuró Guttendörf, huyendo y muy dolorido.

-          Pobre Hans, cada vez que lo recuerdo. Él era el frágil recipiente que trajo la enfermedad, pues era un chico muy débil, no como yo. Aún así, me fue de gran ayuda, hasta después de muerto sirve como sustento.

 

Brandt hablaba y hablaba sin parar. Se trataba de un demente, un psicópata que por ansia de poder y reconocimiento, había dejado morir hasta su propio hermano.

El profesor pensó que tratar de abrir la puerta del castillo supondría ser un destino sencillo para la afilada hoja de la guadaña con la que aquel lunático lo perseguía, así que regresó a la celda donde estaba la mujer y el cuerpo descompuesto de su hermano. Allí, junto a aquel horror indescriptible, debía de pensar en algo, una herramienta de las que colgaban de la pared, aunque la juventud de Brandt jugaba en su contra, pues él ya no era tan fuerte. El profesor se hallaba inmerso en una terrorífica situación, acorralado en un lúgubre castillo y perseguido por un perturbado que no dudaría en rebanarlo con el instrumento para la siega.

Entró en la celda, la mujer lo vio manipular el putrefacto cuerpo de Hans. Tras ello, anduvo hasta la misma ronda superior de la muralla que comunicaba con la torre vigía, puso en práctica su plan y se escondió al otro lado del muro, agarrado los salientes de piedra por el exterior. Ernest Brandt y su letal guadaña siguieron el rastro dejado por la sangre del hombro, hasta alcanzar dicha parte de la muralla.

 

-          Créame, Herr Guttendörf, siento mucho que una mente tan privilegiada como la suya acabe de esta forma, pero no pienso renunciar a lo que ya he logrado.

 

El profesor lo veía desde su escondite, preparado para actuar, seguro de que el joven asesino caería en la trampa. Brandt ya lo había visto bajo la fuerte nevada. Era una mano enguantada y asida a la repisa de la muralla, de la que debería colgar un cuerpo inadvertido.

 

-          Se lo prometo, lloraré en su funeral.

 

Y al pronunciar esa frase, cegado por la visión del guante, emitió un furioso grito de carga, levantando el mango y la afilada hoja, cortando la mano cubierta por el negro guante y de la que no colgaba nada, pues era una mano amputada. La guadaña se clavó en la piedra, Brandt se asomó para comprobar lo sucedido, cuando Guttendörf, que llegaba por detrás y que sabía que perdería en un cuerpo a cuerpo, lo empujó al vacío del foso seco, donde cayó muerto.

Lo miró desde arriba, con una pierna dislocada y otra bajo el reventado cuerpo. Aún portaba en su mano la guadaña, y por extraño que parezca, todavía su mirada amedrentaría al más duro de los hombres.

El profesor Guttendörf había seccionado con uno de los cuchillos de la pared una de las manos del fenecido Hans, le había puesto uno de sus guantes y con ella como cebo, provocó la muerte de Ernest.  

Había matado. Por primera vez en su vida, y aunque estaba seguro de no haber tenido alternativa y de haber ajusticiado a un ser vil y despreciable, había provocado la muerte de una persona, y no estaba orgulloso de ello, ya que una vida es una vida y ninguna otra tiene el derecho a interrumpirla.

 

Liberó a la pobre mujer, aún ausente de lo acontecido y sufrido. Con ella y con el cadáver de Hans, el que había sido enterrado de verdad, dio todas las explicaciones que pudo. La sirvienta recobró la conciencia, relatando decenas de pavorosos actos, de crueles martirios que el joven Brandt le había causado. Un chico por el que el profesor se había sentido seducido, con el que compartió ciertos ideales y en el que se vio reflejado

Su hallazgo, su experimento de la inmortalidad fue una farsa concebida por un joven desequilibrado que quiso dominar la naturaleza con la ciencia, pero que acabó sucumbiendo ante la verdad, ante la realidad de la ciencia misma y la propia vulnerabilidad del hombre, que siempre irá por detrás de todo lo que le rodea. Pero ésa es otra historia del profesor Guttendörf.

FIN

©Prof. Keimplatz.

 
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