La Cigüeña

por Camelia

 

Me contaron que era agosto de hace mas de cuarenta años; cuando mis padres, mis hermanos y yo nos trasladamos a vivir a la ciudad del valle del Ebro.

 

 Durante mi niñez y despues de terminar el curso en el colegio, se presentaban por delante largos meses de canícula que se combatían como se podía.

Mis dos hermanos mayores, eran casi adultos; tenían sus trabajos, sus pandillas y planes para los días libres.

Las dos pequeñas con tres y cuatro años estábamos todo el día sin parar de jugar, dar la murga o con alguna que otra travesura. Era difícil ocupar todas las horas del día que teníamos por delante.

 

Mi padre nunca tuvo vacaciones, así que mi madre se quedaba con ellos mientras que las dos pequeñas pasábamos este tiempo en casa de mis tíos en el pueblo.

 

Al mismo tiempo en mi casa siempre se alojaba algún primo o tío que también bajaban buscando trabajo, a cumplir con el servicio militar o simplemente a pasar unos días o de revisiones a los médicos. Eran los trueques de las familias que se ayudaban entre si.

 

Estos son mis primeros recuerdos de la infancia y van ligados a este pequeño lugar en el que yo nací y en el que cada verano, nos esperaban mis primos con la misma impaciencia con la que nosotras subíamos. El tiempo fue pasando y fui mas consciente de la vida que me habia tocado vivir. Me enseñaron y aprendí a disfrutar al máximo, apreciando la suerte de tener una familia tan unida.

 

¡Que buena gente... y que momentos tan estupendos tengo de mi pueblo!

 

En este verano en el que hubo novedades yo ya habia cumplido 8 años.

 

Por la mañana habíamos madrugado mucho para salir con la fresca al campo. Volvimos antes de que el sol estuviese en lo alto y no hacia mucho que habíamos comido. Era hora del descanso, de la siesta; lo único que se podía hacer con el estomago lleno y en un día tan caluroso.

 

Pero, al volver a casa, algo había pasado y allí estábamos todos, de un lado para otro, sin dormir la siesta, como era costumbre a esas horas.

Don Alfonso, el médico del pueblo, estaba también allí. Nos parecía muy raro pues no sabíamos de nadie que estuviese enfermo.

 

Algunos tíos del pueblo y otros, que yo no conocía, se habían dado cita, en las tres casas (así llamábamos al lugar en el que vivían mis tíos.)

 

Se besaban y se abrazaban. Sus semblantes eran una mezcla de preocupación y alegría.

-¡Ha llegado el momento!

  Decían que había llegado el momento. ¿El momento de qué?

 

Esperaban algo pero yo todavía no sabia que era.

 

Mi padre siempre me decía que estaba muy feo escuchar las conversaciones de los mayores si estos no daban su permiso.

 

Yo me portaba lo mejor que mi corta edad me permitía ya que mi mayor ilusión cada año era pasar las vacaciones, en este pueblo pequeño, que reunía lo mejor que una niña puede desear, así que procuraba no desobedecer para poder volver.

 

Al cabo de un rato apareció mi primo, que era dos años mayor que yo, y que siempre sabia de todas estas cosas más que nadie y dijo con voz solemne:

-          “Va a nacer el chiquillo de la tía.”

 

Cuando llegaba el momento en que nacían los pollos, los patos, los cerditos, los corderos o los conejos, la tía Paca y el tío Vicente se encargaban de todo.

Con poco más era suficiente para que todo saliera bien.

 Muchas veces cuando nacían por la noche, no se acostaban y estaban con los animales en el corral.

A veces, aparecía un señor de otro pueblo; que entendía de animales y que se llamaba veterinario (un nombre que a mí me resultaba un poco raro, hasta que me entere que ese no era su nombre de pila sino el de su profesión), y que traía un maletín con lo que fuese, porque yo, nunca lo vi.

 

Estaba acostumbrada a que en el pueblo las figuras mas conocidas fueran la del señor alcalde, el señor cura, el señor juez, el secretario y don Alfonso que era el médico.

 

En la capital el tema de los animales no se tocaba mucho y al igual que otras profesiones, la de veterinario, no era muy corriente como tema de conversación entre niños de mi edad.

 

Al veterinario solo lo llamaban cuando un animal estaba muy enfermo o el problema no se podía solucionar como de costumbre.

Yo no lo conocí hasta mi tercer verano.

 

Allí estábamos todos menos la tía Paca a la que yo no veía desde por la mañana temprano cuando nos dio el desayuno.

Claro la tía que no estaba y la que iba a tener un niño era la misma.

Si, decían cuando hablaban… que la tía Paca se ha puesto de parto.

En casa todo el mundo iba de un lado a otro con cierta prisa, incluso el tío José que no dejaba ni un solo día de ir al campo o al ganado estaba también allí.

 

 El tío José era el marido de la tía Paca así que era el padre de la criatura que iba a nacer. Mi primo me dijo que lo habían ido a buscar al monte por la mañana.

Y allí estaba. El tío José no hacia nada, lo cual me sorprendía enormemente.

Yo pensaba:

- “Si fuera al revés, la tía ya estaría preparando todo”.

 

Él estaba tan tranquilo hablando con todos.  Sacando la bota de vino y echando unos tragos.

Cuando bebía de la bota ejecutaba todo un ritual; alzaba la bota acercándola y alejándola de la boca; esta  se transformaba en un agujero lateral, sobre el que iba cayendo, un hilillo continuo, de un color rojo oscuro y de un olor inconfundible, al vino de la bodega de casa y del que no perdía ni una sola gota. Terminaba al cabo de un buen rato restregándose la boca con el dorso de la mano y resoplando. Me parecía alucinante ver como con una sola mano podía sostener un pellejo hinchado que pesaba como un pedrusco. La mantenía en alto presionando sobre ella y acababa sin lamparones en la camisa.

 

Eso si, no paraba de hablar con unos y otros.

A los críos que también estábamos allí, esperando no se muy bien el que, nos mando callar con un sonoro juramento y una frase que era una sentencia.

-“No quiero oíros respirar ni por el culo”. (Frase muy típica con la que definía el silencio más absoluto).

Nos extrañaba, pero como la siesta no era santa de nuestra devoción, nadie dijo nada. Ese día no nos habían obligado a subir a dormir. Mejor dicho nadie nos hacia ni caso. El resto de los días el método que utilizaba el tío, siempre era eficaz.

 

-”A dormir y a callar o sino subo y os doy dos hostias”.

  Cualquiera no callaba. Solo con pensar que una de aquellas enormes manos, las más grandes que yo he visto en toda mi vida, te rozase hacia que te taparas la boca con una mano para que no se escapase una sola palabra y con la otra agarraras el picaporte y pies para que os quiero.

 

Jamás nos dio un azote. Ladraba pero no mordía.

Sabía que solo con amenazar teníamos suficiente. Con el tiempo descubrí que era un trozo de pan.

Cuando se tiene poco mas de un lustro de vida la presencia de un hombre tan alto y fornido y  su tono de voz grave, nos hacia verlo como un gigante enfurecido. 

La chiquillería, nos arremolinábamos siempre, en la puerta de los corrales, para ver lo que iba a nacer y no dejábamos de dar gritos y saltos de alegría.

 

Nada era comparable a la emoción de ver la vida en miniatura.

Cuando nacían, íbamos a verlos todos los días, mañana y tarde. Te dejaban tocarlos y cuando crecían un poco podías cogerlos en brazos, darles de comer, y sobre todo moverte entre ellos sin peligro.

Con los animales adultos no era igual. Eran muy grandes respecto a nuestra estatura y teníamos poca práctica con ellos, así que, nos manteníamos lejos hasta que se nos daba permiso. Y sobre todo, había que tener mucho cuidado, con los tocinos.

Siempre que íbamos al corral a echar de comer a los animales, la tía Paca nos dejaba dentro de las conejeras, para que los tocinos que salían a comer como auténticos cerdos que eran, no nos lastimasen.

Siempre nos contaba que una vez un tocino le había dado un bocado a una niña en una pierna y que eran unos animales muy feroces y los niños no sabíamos manejarlos.

 

Mientras tanto era tal el alboroto que estábamos montando en la calle que al final una señora muy mayor y que debía ser alguna tía abuela salió y nos llamo para que nos acercásemos.

 

-Un momento, un momento. Ya sabéis que estamos esperando a la cigüeña.

 -¿Cuándo vendrá la cigüeña?

-No lo sé. Esta cigüeña es especial pero como todas vendrá volando. Traerá envuelto en un hatillo blanco sujeto por el pico al chiquillo.

-¿Y por donde vienen?

-No se sabe seguro, pero no la esperéis aquí todos en la puerta, porque igual pasa de largo.

-¿Por qué?

-Porque las cigüeñas no entran por la puerta sino por la chimenea.

-¿Dónde esta la chimenea de la cigüeña?

-“En el tejado como todas las chimeneas”, dijo mi primo.

-Claro en el tejado, así que no sé que hacéis aquí todos respondió la tía.

 

-Vosotros esperar mas abajo para que os vea y sepa que la esperamos y no pase de largo.

-Es que queremos ver al primito que va a nacer…

-Ya lo sé, pero podéis verlo, cuando lo traiga la cigüeña volando por el cielo, como en el cuento ¿os acordáis?

-Es verdad, yo lo he visto en uno que tengo en mi casa dijo Amelia.

-Cuando la veáis uno de vosotros entráis y nos avisáis. ¿De acuerdo?

- De acuerdo, respondimos al unísono.

 

Para no perder detalle decidimos en esos momentos como nos colocaríamos,

  Laura, Amelia, Nines, Ángeles, Ángel y yo.

 

Ángel dijo en ese momento:

-“Los mayores tienen que esperar dentro para que no se caiga el niño o la niña cuando los suelte por la chimenea... y taparlos pronto para que no cojan frío pues vienen desnudos”.

 

Eso nos dijo mi primo Ángel. El muy bribón nos estuvo tomando el pelo todo el día.

 

Todas tan conformes salimos y nos apostamos en todas las direcciones y durante un tiempo que no podría calcular porque se nos hizo interminable, nos mantuvimos en el silencio, que se puede pedir a media docena de niños, después de un sermón.

 Estábamos cansados e incluso hubiésemos agradecido que la espera hubiese sido después de la siesta.

Estuvimos con el cuello como un periscopio. Mirábamos a la derecha, después a la izquierda y viceversa. La cuestión era no dejar ni un centímetro de cielo por recorrer.

Después de un buen rato, cansados de esperar y sin observar ningún cambio nos habíamos sentado en la loma que existía delante de la casa.

 

De vez en cuando Ángel que se adjudico el papel de portavoz se levantaba. El se acercaba a la casa con alguna excusa y volvía.

-Tenemos que seguir esperando…

 

El cielo de este pueblo nunca estuvo tan vigilado. Milímetro a milímetro.

De vez en cuando pasaba una paloma, golondrina, gorrión, picaraza o algún que otro pájaro que no conocíamos y decíamos:

-“Allí, allí.”

 

Pero rápidamente alguien decía.

- Que no... ¿No ves que se van para otro lado?

-No, ¿no ves que es negro?’.

- No, ¿no, no ves que es muy pequeña?

Había un rato de piques en el que una u otra nos decíamos lo tontas que éramos o lo poco que entendíamos de pájaros.

Al momento pensábamos que sería la primera vez que íbamos a ver una cigüeña con un niño y se nos pasaba.

-A lo mejor no se parece tanto a las que anidan en el campanario de la iglesia...y no la reconocemos

-Pero esta viene con un paquete y será más gorda y fuerte. Tenemos que verla por fuerza.

 

La información que teníamos era la de los cuentos que leíamos. Sabíamos que las princesas y otros personajes que aparecían en ellos se parecían bastante poco a nosotras; pero el tema de los niños no se nos había planteado mucho.

 

Si mirabas de frente las tres casas la que se encontraba a la izquierda era la casa de los tíos que esperaban el niño. En el centro estaba la de mi primo Ángel y a la derecha estaba la de los abuelos.

 

Las tres viviendas se encontraban situadas a las afueras. Los alrededores eran campos y eras y la gran loma en la que estábamos apostados en ese momento era el punto mas alto en el que podíamos estar sin alejarnos demasiado.

Salio de nuevo pitando el primo Ángel para la casa.

Tardo un poco mas, cuando salio traía una cara de alegría inmensa y una sonrisa de oreja a oreja:

-          ¡Es una chiquilla!

 

Se nos quedo una cara de decepción a todas, que se mudo en rabia y se nos saltaban las lagrimas.

Nos contó que cuando iba para la casa diviso a la cigüeña que venia y que gracias a él no había pasado de largo. Que como el crío era muy grande, no lo podía pasar por la chimenea y cuando  iba a pasar de largo él le había dicho, que había un tragaluz en el tejado y que por allí cabria perfectamente, pues los tíos subían por este agujero, cuando había que arreglar el tejado.

 

Así que había entrado por el callejón dando un rodeo, con mucho cuidado para no darse en la higuera que había junto a la casa y que la prima ya estaba dentro.

 

¡Teníamos una primita nueva!

Que contentas estábamos y al mismo tiempo que desilusionadas. Tendríamos que esperar que se diese otra ocasión para ver a la cigüeña con el niño.

 

Las reacciones fueron de lo más diversas: desde la que se fue de morros al rincón, la que le soltó una patada al portador de la buena nueva por no avisar,  la que se fue llorando a quejarse a su madre porque su primo siempre era el que mandaba siempre…

Yo me quede observando la cara de mi primo y vi que me guiñaba un ojo. Así que me quede callada pensando que luego me diría algo más. Éramos los mayores y muy amigos de las perrerías que se acometían en las escapadas de las siestas.

 

Y efectivamente, así fue, cuando nos quedamos los dos solos. Me dio detalles de lo que había pasado dentro de la casa y la sorpresa fue morrocotuda.

¡Que me iba a pensar yo que la tía paría como los demás animales!

Todavía recuerdo que le dije:

- ¿Sí…? ¿Y que más... asqueroso?

 

No volví a tocar el tema hasta pasados muchos meses. Pero desde entonces mantuve los oídos como un radar en todo lo relacionado a este tema.

¡Que ignorancia supina nos acompañaba en aquella época!

 

Ni que decir tiene, que no volví a esperar a ninguna cigüeña con niño, pero cuando las veo ahora sonrío complaciente…

 

©Escrito por camelia

 

 
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