MI TIMÓN.

Por  Julio Cob Tortajada

 

De aquel pasado no quedaba nada. Las ilusiones como los ríos, van perdiéndose entre lodos y como el cauce, que mientras sea río no perece, las ilusiones, o bien siguen intactas con sus bríos o desaparecen de golpe como sus aguas tragadas por el mar.

A mí me sucedió algo semejante con quien había navegado durante años y de un solo golpe. Sin presunciones ni avisos. A la tercera catarata no pude resistir más. Fueron demasiados golpes seguidos. No se puede decir que abandoné mi barco, porque nunca lo tuve, pero dejé de ser velamen utilizado a su antojo. Me fui, y al menos desde aquel instante pude guiar mi timón hacia otro rumbo. Llegué a otro sitio, nuevo para mí; y aunque extraño en un principio, fui dueña de mi rueca. Con mis manos tejí un mundo en el que yo me convertí en cauce, en velamen y en timón.

Me había convertido en la directora de mi obra; pero tenía en cuenta que los escenarios siempre son prestados y en cualquier instante, alguien, puede bajar el telón.

Aprendí a estar sola pero llena de ilusiones. Elegí mi terreno, mi espacio, mis conexiones. Me había dado cuenta que los barcos son frágiles; hasta las quillas de acero se hunden cuando alguien aprieta un sencillo pulsador.  En mi nuevo lugar era dueña de todos mis botones y quienquiera que osara hacerme daño tenía primero que apoderarse de mi mando. Pero eso, no lo iba a consentir. Demasiadas cataratas había vencido en mi camino.

Sin embargo necesitaba respirar, notar de algo que entrara en mi interior, alguien en quien volcarme, porque quien me hizo no me diseñó para estar de brazos quieta. No estaba pues preparada para el bostezo y aún tenía toda mi vida por delante. En el nuevo río de mis días disponía de mando y en su zapping me sentía segura.

Hoy hace siete días, que extraños vientos estuvieron a punto de perderme, pero gracias a ellos me di cuenta que ya había aprendido a pisar tierra firme.

-        Llevamos siete meses chateando y es hora de que nos conozcamos, ¿no te parece? – Teclee decidida y segura de mi misma. Medio año era ya mucho tiempo y un encuentro no tenía porque convertirme otra vez en velamen.

En mi timón, yo marcaba los tiempos y di aquel paso adelante. Habíamos sentido una gran empatía, nuestros gustos eran afines y cuando me enseñó sus fotos no sentí los impulsos del rechazo. Cuando tomé la decisión, no escuché los murmullos de la cascada, ni temí la rapidez de la corriente. Sabía de la existencia de un afluente por donde huir en caso de que perdiera el mando. Sólo me quedaba acudir a la hora exacta y en el lugar que yo fijé.

Tres cafés eran ya demasiado tiempo esperando y mi móvil permanecía en silencio. Aquel río empezaba a ser innavegable; a veces, las mentiras, también son bellas y nos dejamos llevar por ellas. Mi puesto de mando zozobraba y elegí mi afluente. Una vez más en mi vida, de esta nueva ilusión, ya no quedaba nada.

 

Agosto 2006-08-19

 

 

 

 

 
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