NOVENO BORRADOR.

Por Agustín Serrano Serrano.

 

Para José María Córdoba, maestro pintor y amigo.
 

Christian Hell era un conocido marchante de obras artísticas cuando el arte, sobre todo la pintura, aún seguía atesorando todo el misticismo y todo el cosmos de interpretaciones del que está rodeado.
En un tiempo futuro, en el que el hombre había hecho de la Luna su segunda morada, se había ganado a pulso su notoriedad en el panorama artístico, además de una pequeña fortuna. Su influencia era indiscutible, así como su sabiduría y su prestigio.
Lo llamaban, el Giorgio Vasari del Siglo XXII, aunque a diferencia de aquél, Christian nunca se atrevió a pintar.

Atento desde su oficina de Nuevo Manhattan a cualquier oportunidad de compra o venta, en una tarde aburrida, recibió un mensaje del conservador de la National Gallery de Londres, el cual le aseguró que el museo ponía a la venta, por falta de espacio, varias de sus obras, entre ellas, un Rembrandt.

A su llegada, el director no paraba de ensalzarlas, de hablar y hablar.
Lo acompañó a las cámaras interiores, donde pidió ayuda a dos celadores. Entre los tres descubrieron las cuatro obras de arte.
La primera no albergaba duda, se trataba de un Rembrandt; un grabado realizado en la primera etapa del artista holandés. El segundo fue el que logró que Hell dejara constancia ante el director de su conocimiento, pues era una pintura etiquetada con el apellido Constable, pero como afirmó ante el asentimiento del director, del hijo, Lionel. La tercera obra casi la rechaza. Era una escultura de Henry Moore y él buscaba pinturas. Aún así, la aceptó. En la cuarta obra se detuvo y por más que la observó, no tuvo otra salida que preguntarle al director, el cual se sintió, por primera vez durante la reunión, como un maestro y no como un alumno.
Ésta es una obra muy misteriosa. Sostuvo. Nos fue entregada recientemente por un conocido escritor que nunca nos dio su nombre, y supusimos que, tal vez por un fracaso y la consiguiente ruina económica, fue la causa de que nos la vendiera por muy pocas libras. Como puede ver, es una obra magnífica, pero el vendedor no nos dijo quién fue su autor. Es un misterio, pero un bello misterio, ¿verdad?

Y era cierto, pensó Christian. Se trataba de un trabajo pictórico genial, aunque también cayó en la cuenta del buen negocio que iba a hacer con él la National Gallery.

Tras aquella compra y la posterior reventa, su único objetivo era averiguar la identidad del autor del cuadro que no había vendido y que ya presidía su despacho en el edificio más alto de New York. Pero para ello, primero debía averiguar quién lo mal vendió al museo.

Su colaborador no tardó en hacerlo: se trataba de Agustí Serrat, antaño conocido escritor, pero sobradamente famoso por su adicción al alcohol, el cual le hizo tirar su futuro literario por la abertura de las botellas que se bebía.
Agustí mal vivía como un vagabundo, bohemio y loco en las abovedadas y frías calles de Madrid, pero el motivo de que tuviese en su poder tan excelente obra seguía siendo un enigma.

No fue difícil encontrar al fracasado literato que, sumido en una enorme borrachera y a cambio de un puñado de euros, afirmó que el cuadro llevaba la firma oculta en su composición. Usted no lo ha visto, le dijo a Hell con su apestoso aliento. Fíjese en las lágrimas hechas rostro de la llorona mujer. Pone Clara C.R. Clara Ribadesella. Búsquela en la plaza Mayor, allí expone sus cuadritos, ahora, ¡déjeme beber en paz!

A Christian le hizo gracia la expresión iracunda del borracho español, y de inmediato, ordenó a su chofer que lo llevara a la conocida plaza.

Y allí, en la plaza mayor, como le indicó el malhumorado escritor, estaba la autora del cuadro que poseyó la National Gallery de Londres. Era una joven de aspecto sencillo, ataviada con vestimenta medio hippie y que charlaba sentada junto a varias de sus obras con un vendedor de triángulos de luz fosforescente, ideales para las noches de suma oscuridad. Aquello era la octava maravilla, pues todos sus cuadros sobresalían por su calidad, y estaban allí, al alcance de todo el mundo.

Tus pinturas merecen mostrarse en otros sitios. Le dijo con timidez.
Mis cuadros están donde deben estar. No es el primero que me lo dice. Aseguró ella cuando el vendedor se alejaba.
No imaginas dónde he visto yo un cuadro tuyo, uno de una mujer que llora rostros humanos, una creación espectacular.
Se llama ‘’Lágrimas en el rostro del mundo’’. No me interesa donde esté, aunque imagino lo que hizo con él su último dueño. Mire, yo pinto porque me gusta, no para ganar dinero. Lo que pinto se puede adquirir si yo lo regalo o lo dono. Puse el platillo de las monedas por no dejar la plaza llena de objetos. Sólo deseo el reconocimiento de los que me rodean. Muchas gracias.
Y la pintora, después de recogerlo todo, se marchó. Así como el importante personaje que la había visitado, el cual conservó el cuadro hasta el fin de sus días, conociendo, en la capital del reino y en la mirada de aquella chica, la otra cara del arte y del artista.



Fuengirola, 27 de julio de 2007.
 

 
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