Odio y deseo

 

Manuel Vázquez Alarcón

 

Odio escribir. Odio todo aquello que tenga que ver con las palabras, las letras, las comas, las expresiones, los puntos y coma, los suspensivos, los aparte y finales, como también odio aquellas cosas que contadas pierden su sentido. Odio, odio. Me odio a mí mismo. Sí, por no ser capaz de ser un buen escritor, capaz de cautivar la mirada más inmisericordiosa, ni a la más tierna y romántica.


Odio la vida. Odio a la gente que sonríe feliz por la calle haciendo el gilipollas. Odio a los skaters, los que pasean con sus perros inundando las calles de cagadas y meadas, y también a sus animales. Ojalá se murieran dueño y chucho. También siento una profunda animadversión por las dueñas de pájaros repelentes que pían y repían a todas horas molestando mis delicados sentidos auditivos, a los que tienen gatas en celo metidas en un triste habitáculo llamado piso. Odio a los vendedores de pisos que con sus mentiras y sus estrafalarias y denotadas vestimentas pretenden hacernos creer que son otros cuando se enfundan un traje. Odio a los jefes de esa gentuza quienes les obligan a hacer el papel de aliado del diablo en la tierra.


Le deseo todo el mal posible a quienes pregonan por los balcones el daño que le hace su vecino de arriba, de al lado, o que está debajo suya. Sí, y se lo encomiendo por ser indiscreto.
Odio a aquellos que te palmean la espalda con tanta familiaridad que con los ojos cerrados no dudaría en decir que es mi propio padre quien se toma esas confianzas. Aborrezco a mi padre, a mi madre, al afortunado de mi hermano, a los absurdos de mis amigos, a los necios de mis enemigos. Me horroriza pensar que me relaciono con ellos. También les deseo que mueran.


Odio al que me está abriendo la puerta que con su bata blanca, su estúpida sonrisa y su mirada oculta tras sus gafas de diseño italiano viene ahora mismo a darme la pastilla y ponerme la inyección que me deje sedado.
Otro día continuaré.

Hola de nuevo.
Amo la luz. Las personas, a mis padres y al bueno de mi hermano. Todo el mundo es generoso, bondadoso y merece que les quiera.
Amo los animalitos que en su pobre raciocinio no pueden disponer de inventos tan buenos como el retrete. Pero ahí están sus dueños que los ayudan a defecar y orinar, que recogen sus excrementos. Bendita simbiosis entre animales y humanos. La adoro.
Me fascinan esos canturreos de los pájaros que me trasladan a un valle hermoso plagado de lindas flores de múltiples colores.
Amo la forma de matar, de que estos médicos de pacotilla se crean que me tragué la pastilla y de que la inyección me hará su efecto.
Anhelo el momento en que cogeré los muelles de mi cama, guardados entre el colchón y cortaré sus yugulares para escaparme de este infame lugar.
Deseo que la sangre corra por los pasillos, que la gente grite y llore de dolor.
Amo los funerales.
 

 
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