PIPAS DE HERAKLION

por Rodrigo Riera

 

Nuestro planeta Tierra tiene un continente llamado Europa, Europa tiene un país llamado Grecia, Grecia tiene una isla llamada Creta. Y la capital de Creta es Heraklion. Y Heraklion tiene un muelle donde se coloca un vendedor de pipas, pipas naturales en una bolsa de papel. En Heraklion la gente sale a pasear por el puerto, es una llanura de más de dos kilómetros y para hacer el recorrido más entretenido la gente compra pipas en este puesto.


Hasta hace poco tiempo las pipas sólo eran de un tipo, pipas “las de toda la vida”, pero ahora hay de varias clases, pipas normales, grandes o gigantes, pipas con aguasal, con sal o mucha sal, pipas de diferentes lugares, europeas o americanas. En los quioscos se amontonan muchos paquetes de pipas, al lado de la ventanilla, en los cristales frontales y laterales, y sobre todo en bolsas grandes que utilizan para almacenarlas. A veces, de la cantidad de pipas que hay para elegir se le quitan a uno las ganas de comer pipas y el quiosquero se queda con cara de circunstancias. En Heraklion es diferente, toda la gente compra las bolsas de papel con ochenta céntimos de pipas aunque sean más caras, pero su sabor es único. Son pipas tostadas con un poco de sal, de tamaño medio y de un color diferente al resto.


La gente pasea por el muelle de Heraklion con el paquete de pipas en la mano, hablan tranquilamente mientras miran los barcos de pesca que acaban de atracar o a la fortaleza veneciana del siglo XVI que sufre los embates de la salinidad y la corrosión del oleaje. Más adelante sólo está el dique asfaltado y algunos barcos arrastreros que intentan arañar el fondo del mar con redes gigantescas de acero. Todo esto ocurre como una sucesión de imágenes en tu retina durante las noches de Heraklion mientras los convecinos se saludan con un movimiento de cabeza y compartiendo las pipas de la bolsa que lleva el porteador del grupo. Las pipas ralentizan el ritmo del paseo, con unos pasos lentos y pausados, y el tiempo pasa de forma inexorable y sin agobios para poner fin al día. En esta parte del día, el griterío griego desaparece y la gente susurra porque parece que así intentan condensar el sabor de las pipas, y saben que cuando lleguen al final del dique se acabará el paquete.


La vuelta del paseo siempre se hace más dura, sin pipas ni anécdotas y el silencio culpable impera en todas las conversaciones. La mirada de los transeúntes se clava en el suelo, fijando su atención en los despojos de las pipas que ha dejado la gente durante el trayecto de ida, los miran con lástima y fruición porque sobresaltan del negro asfalto. Las manos se unen a la espalda y los cuerpos se encorvan por el peso de los suspiros y la ausencia de palabras. De vez en cuando, se encuentran con las bolsas de papel vacías y arrugadas en el suelo, y entonces se detienen sorprendidos porque consideran que son testigos de un hecho injustificado aunque no haya papeleras en el puerto de Heraklion. Muchos para quitarse este sentimiento de culpa tiran las bolsas de papel al mar para que se hundan lentamente y se mimeticen con el resto de basura del puerto. Otros les dan patadas hasta que se aburren y las bolsas quedan convertidas en un amasijo de celulosa y sal.


Al final del trayecto, vuelven a ver al vendedor de pipas que mira al horizonte y habla con los pescadores sin importarle las bolsas de pipas que haya vendido ese día porque la mayor parte de sus ganancias las consigue con los paquetes de tabaco que coloca en el mismo tablero que tiene las pipas a granel. Cada año el espacio que ocupan las pipas disminuye en el puesto del tendero y, en cambio, aumenta la superficie de los paquetes de tabaco, marcas americanas o europeas, tabaco rubio o negro. Todos los habitantes de Heraklion se dan cuenta de que cada vez hay menos pipas en el puesto, por eso al final del trayecto miran con preocupación el tablero del vendedor para ver cuántos paquetes ha vendido durante la tarde. Saben que un día el vendedor se jubilará y dejará de vender pipas y en ese momento no sabrán qué hacer durante las noches de Heraklion, se aburrirán y comprarán pipas de marcas comerciales en los quioscos del centro, con más sabor y más baratas.
Pero nada será como antes, nadie volverá a pasear por el puerto porque ya no tienen excusas para ir allí, no hay pipas “de las de siempre” ni bolsas de papel y si por casualidad, van a pasear un día por allí, el camino se hará interminable y agotador, sin esqueletos de pipas ni bolsas de papel tiradas en el suelo.
Y se darán cuenta que nada volverá a ser como antes, porque las pipas eran sus compañeras durante los paseos vespertinos.
 

 
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