SEXTO BORRADOR

 

Por Agustín Serrano.

 

El futuro viajaba en una cápsula no mayor que un apartamento, cuyos opacos cristales guardaban a sus tripulantes de las misteriosas miradas del espacio.
El futuro se aproximaba a la Tierra con pereza, con delicadeza astronáutica y sumo cuidado. En su interior, un hombre mayor y una adolescente de canijo cuerpecillo, contemplaban el recato espacial que les rodeaba.

Con ellos, el pasado.

La nave, de color claro, rojiza al entrar en la atmósfera, parecía uno de aquellos supositorios que antaño los hombres usaban para farmacéuticos remedios. La abertura de entrada, en este caso la Tierra, la esperaba como siempre lo hizo ante la llegada de sus antiguos moradores, a los que nunca echó.
Era el año 2399, la vigésimo tercera centuria, la misma en la que los humanos habían conseguido existir en otros mundos, en otras tierras, si bien no tan azules, ni tan verdes, ni mucho menos suyas, pero sí adaptadas para sus particulares formas de vida.
Era el siglo de la libertad, de la huida de una muerte segura; por culpa del hierro, de la sangre, de las lágrimas, de los vivas y de las oraciones; de los tubos de escape, de las chimeneas y de los fuegos, de la lluvia contaminada, del fin de la sostenibilidad, un desahucio mundial.

La nave, el futuro, aterrizó fortuita en una explanada tan estéril como atractiva a ojos de una de sus solitarias rocas. Se abrió por la mitad, dejando caer una pasarela hecha con cadenas plásticas de vivos colores. El anciano, de enjuto cuerpo, nariz de espátula, ojos melancólicos y largo cabello gris, dejó caer el manto de su blanca túnica; algo así como una especie de druida salido de la más desbocada imaginación de un fantasioso literato. No se desabrochó cinturón de seguridad alguno, y salió de la cápsula con seguridad estoica, sin temor a una más que posible contaminación, puesto que no era la primera vez que pisaba aquella superficie.
A su espalda, aturdida por las horas de vuelo y la sacudida del aterrizaje, la joven si hubo de desatarse los pertinentes y requeridos arneses de seguridad. Cubrió su cabeza, decorada con un hermoso rostro, aunque de resaltada y prominente nariz, con una escafandra orgánica, la última moda en escafandras espaciales. Al hacerlo, a diferencia de su viejo acompañante, muy temerosa, pensó en la de veces que había soñado con ese momento, allá en su pequeño óvalo de redes construido por ella misma en los altos jardines de artificio de New Oort-5, en la órbita de Titán, principal luna de Saturno. La de veces que había repetido una y otra vez en su mente los datos de la Tierra, la morada del hombre, la diosa de las nuevas generaciones de pacifistas, contrarios a los nuevos sistemas autoritarios cada vez más numerosos más allá de la heliopausa, más allá de las cien UA.
Ni siquiera el ver cumplido su sueño, en un viaje prohibido en algunos satélites y en más de uno de sus cercanos estamentos, podía aplastar a la conmoción, al nerviosismo que la mantenía, para sorpresa del anciano, aún en la última cámara de la cápsula.

Una vez colocada y supervisada por el registro robótico la escafandra, comenzó a caminar, poniendo sus pequeños pies calzados con el obligatorio traje espacial.

- No tengáis miedo, alteza, yo estoy aquí. – Dijo el viejo, cuyos largos cabellos eran levantados por el fuerte viento, y en cuya parte trasera se abría la eterna llanura, en una imagen espantosa para sus infantiles ojos, exentos de tristezas y desdichas.

Ella salió cauta.

- Ahora, sígame, y vea lo que vea, no se separe de mí. – Ordenó el viejo.

Empezaron a caminar, él delante, ella detrás. El viento en los costados. La llanura los manejaba sin querer, escondiendo en la lejanía un pequeño grupo montañoso, una sierra sin nieve, ni árboles. Un conjunto de picos vacíos, erosionados por las ventiscas, erigidos por la naturaleza hasta el fin de los tiempos.
Al aproximarse a las pequeñas y lampiñas montañas, torcieron la caminata.

- ¿Por qué no hemos aterrizado aquí, Hósrigan? – Preguntó la chica. – Nos habríamos ahorrado este paseo.
- Disculpad, alteza, pero consideré que desearíais ver, pisar la Tierra. – Respondió él con voz amable, muy dulce. Ella no dijo nada.

Llegaron a un pequeño valle, también desértico, como todo lo que les alcanzaba la vista, aunque dicha desertización se encontraba ahora adornada por unas extrañas ruinas a ojos de la chica. No eran más que derruidas construcciones, del mismo estilo que aquellas que la habían embelesado en los proyectados sueños en Oort-5, aunque no tan parecidas. Las cosas suelen cambiar cuando son contempladas con el ojo humano, en vivo.

- ¿Qué son? – Curioseó ella.
- El lugar donde vivían los humanos hace más de un siglo. Fijaos en su altura, para aquella época era algo impresionante.

Centenares de tubos cilíndricos, enredados unos con otros, anudados. Pavimentos aéreos; bóvedas acristaladas, ahora resquebrajadas; cubículos cobijadores del hombre bajo el eterno cielo nublado. Y por una de aquellas asfaltadas sendas prosiguieron su camino el anciano y la chica, en una imagen peculiar, fuera de contexto en tan destruido paisaje. Él con su báculo, su imperturbabilidad y su paso firme. Ella en caminar más irregular, debido al peso del traje, protector de las toxinas y bacilos que ahora pululaban por la terráquea atmósfera.
Finalmente, llegaron hasta una estructura de hormigón y acero. Una mole tumbada sobre el polvoriento páramo, cuyas picudas torres conservaban aún un pequeño halo de fortaleza a pesar del deterioro. El anciano puso su consumida mano sobre una placa de metal colocada en una tubería colgante de la construcción. La chica se apoyó en una piedra cercana, cuando él comenzó a pulsar sus dedos como si estuviese tocando las teclas de un piano con una sola mano, de manera que parecía teclear una combinación. Dicha operación le llevó unos minutos. Al acabar, una compuerta de la volcada edificación se abrió de derecha a izquierda, aunque en la posición natural del edificio sería de abajo a arriba.

El viejo la tomó con las manos tras subir él. Dentro, una nueva placa le sirvió para cerrar la abertura. Caminaron por un pasillo iluminado y decorado con zócalos de cristal, aunque el suelo que pisaban había sido una de las paredes.

- Ya podéis quitaros el traje y el casco, alteza. Dejadlo a un lado, os lo volveréis a poner a la vuelta.

Ella hizo lo sugerido, retomando la marcha por el inacabable pasillo.
Llevaban ya casi unos cien metros caminados, cuando el viejo se detuvo. Dio media vuelta y se dirigió de nuevo a la joven:

- Ya hemos llegado, alteza; es en ese patio, el único lugar de este abandonado complejo por el que la luz del sol puede entrar. El agujero del techo, lo que antaño fue la panorámica del gobernador de este lugar, es la causa de su destrucción; un artefacto le impactó.

La chica entró a lo que parecía un pequeño invernadero poblado con flores y plantas frescas de diversas clases. Efectivamente, el techo había sido pulverizado en un ataque del pasado, y por su abertura de red hidropónica, creada tras años de lluvia y filamentos radiactivos, se filtraba la luz solar, dejando caer una finísima capa de polvo semejante a una bruma, dotando a la sala de cierto aire mágico, asombroso para sus bellos ojos.
El ambiente de la estancia era bastante húmedo. Había cuatros estatuas de corte romántico, una de ellas decapitada. En el centro, junto a la fuente vacía de cualquier líquido, cubierta, como casi todo, de enredaderas quiescentes, había un enorme baúl.

- ¿Están ahí? – Inquirió la chica expectante.
- Así es. – Respondió él. - ¿Queréis que os lo abra?
- Sí, por favor.

Y como antes ella le hizo caso, zafándose de su traje, él ahora no dudo en dejar el báculo a un lado, agacharse un poco y comenzar a abrir el enorme baúl con una llave que extrajo del interior de su túnica. No sin esfuerzo, levantó la tapa, resoplando cuando ésta cayó a la espalda del cofre. Volvió a inclinarse, se esforzó de nuevo, y del interior sacó un cuadro de grandes dimensiones que, como pudo, colocó de pie a su lado.

- Aquí lo tenéis, alteza: Felipe V, primer rey Borbón. El primero de su familia en reinar.

Ella miraba, sin sorprenderse, pero sin indiferencia. Veía a un ser humano cubierto de vistoso ropaje, blancos cabellos, montado en un caballo, bajo un cielo de arco iris, la presencia de un ángel y una batalla al fondo.

- Un caballo… -Balbuceó.
- Es un retrato ecuestre. Se le muestra como vencedor en la guerra de sucesión al trono, enfrentados con los Habsburgo, quienes eran los que gobernaron antes. Felipe fue nieto de Luís XIV de Francia.
- ¿El rey sol?
- Así es.
- ¿Y por qué luchaban por gobernar? Yo no pondría mi vida en juego por un reino.
- Alteza, los tiempos han cambiado, pero la humanidad sigue siendo hoy la misma, y…ah, observad éste, es Carlos IV y su familia, se sabe que es obra de un pintor muy célebre llamado Goya.
- Parecen muñecos. – Opinó ella, rascándose la nariz.
- Carlos, vuestro antepasado, fue un monarca débil. Su reinado coincidió con la revolución de los franceses, ya sabéis, cuando el hombre se autoproclamó libre, redactando un certificado de dicho derecho a la libertad.
- Libertad que ahora no tiene.
- Lamentablemente no, alteza. El mundo, a base de buscar libertad, de acomodar su interés y de querer avanzar hacia el más allá, ha perdido lo que realmente andaba buscando, y eso es la libertad. – Manifestó el anciano cabizbajo.
- Dime una cosa, Hósrigan, ¿todos estos hombres eran realmente así? ¿No te parece que están un poco sueltos, desprotegidos?
- Sí, lo están, pero tratad de recordar lo aprendido en las lecciones. En aquellos siglos nadie vivía en burbujas al amparo de todo. La gente podía andar de izquierda a derecha, podía respirar sin necesidad de tubos, como vos y yo ahora.
- Bueno, tú siempre lo haces.
- Mirad esta foto. – La interrumpió. – Es Isabel II.
- Parece triste.
- Tuvo que exiliarse ante la convulsa situación del país, era lógico que lo estuviera. Aquellas personas amaban su tierra. Fuera de ellas se sentían desprotegidos. Un exiliado era el ejemplo de alguien triste, nostálgico, normalmente un anciano como yo, que cuando la situación del país que había abandonado cambiaba, regresaba casi entre sollozos. Imaginad que vuestro padre, vuestro abuelo o cualquiera de los reyes de los últimos años pudieran regresar al mundo que una vez abandonaron.
- Entiendo.
- Isabel II reinó cuando cambiaron la ley que prohibía a las mujeres reinar. – Ella enarcó las cejas. – Fue madre de Alfonso XII. Y aquí está la genealogía de la que os hablé, alteza. En esta tablilla está la lista de todos los monarcas pertenecientes a vuestra familia. Casi todos, a pesar de la enorme importancia de su cargo en tiempos, fueron gente agradable que se ganaban sin esfuerzo el fervor y las simpatías de la sociedad. Tenían detractores, como todo en la humanidad, pero la gente se echaba a la calle deseando ser vistos junto al rey, junto al príncipe, bien en sus bodas, en el nacimiento de nuevos miembros.

Ella tomó la tabla, la cual contenía una lista de reyes y reinas, todos ellos antepasados suyos. Los nombres estaban tallados en un elaborado trabajo más cercano a tiempos remotos. En el margen izquierdo, el año de nacimiento, en el derecho, el nombre del monarca, además de una breve descripción:

2037 Felipe VII. Hijo de Leonor I. Vivió el último periodo de esplendor para la corona.
2074 Carlos V. Durante su reinado surge el primer gran conflicto monárquico, el cual hizo que hubiera de recluirse en la estación orbital internacional. La monarquía deja de ser parlamentaria.
2101 Blanca I. Bisnieta de Leonor. Primer Borbón en nacer fuera del planeta Tierra. Regresó al mundo ya muy anciana, amnistiada por su delicada salud.
2130 Juan Carlos II. Restituyó la casa real de nuevo en la Tierra. En su mandato, cuyos dominios no sobrepasaban de varios territorios y sociedades monárquicas, se halló la presencia extraterrestre dentro del Sistema Solar. Vivió en paz, dentro de las obligaciones a las que se veía forzado a cumplir. Estableció la alianza vitalicia con el pontificado de Juan Pablo III.
2160 Jesús I. Llamado el viajero. Primer rey español en visitar Marte.
2200 Felipe VIII. Tildado de infecundo. Unió los territorios de Nueva Castilla a los últimos reinos de Europa para salvar la corona.
2232 Hósrigan I. Se decía que no era hijo de su padre, el rey Felipe, aunque nunca pudo demostrarse y su gran parecido creó dudas. Consolidó el reino al I imperio universal.
2260 Juana II. Hija del rey Hósrigan. Trasladó la corte a la estación orbital Huygens-1 ante la insostenible situación en el planeta Tierra.
2263 Teresa I. Heredó la corona de su hermana Juana, fallecida muy joven. Reina de carácter simbólico tras el primer gran éxodo de la humanidad.
2302 Alfonso XIV. Intentó en fútiles negociaciones ser reconocido rey en la Luna. Pasó desapercibido.
2329 Victoria Sofía I. Fijó, con escasos adeptos, la corona en distintas estaciones orbitales de Saturno. Célebre por su frase: ‘’Sea en Titán o en los mundos de más allá, la corona en ningún lugar caerá’’.
2350 Juan I. Más un gobernador de su residencia de plástico que un rey. Poco interesado en su pasado.

La tabla finalizaba ahí.

- Como podéis ver, alteza, queda un pequeño hueco que he de rellenar antes de abandonar mi vida física. En ese espacio estaréis vos, Isabel III, hija de Juan I, nieta de Victoria Sofía. La última heredera de la corona, la última Borbón. Con vos, la casa desaparece, puesto que sois consciente de vuestra esterilidad.

Ella lo miraba triste, sin saber qué decir. Tenía sólo quince años y allí, en un recóndito lugar de su soñado planeta, se encontraba ante su maestro, ante el hombre que la había instruido en todo y que, de aquel modo, mezcla de solemnidad y soledad, le mostraba el pasado y el futuro al mismo tiempo.

- Democracio, el coloso de Rea, es un buen chico. Está enamorado de mí, lo veo en su mirada cada vez que viene a visitarme en su nave. – Manifestó.
- No lo dudo, alteza, pero Democracio es estéril innato, como vos. Deben amarse en alma y espíritu, cada uno desde su burbuja, pero nunca en cuerpo. Deben entender eso.

El anciano terminó de tallar el último nombre, el de Isabel III. Guardó los retratos, las imágenes y las proyecciones visuales, y encima, colocó dicha tabla. Cerró el baúl.

- Es hora de volver, alteza.
- Si jamás seré reina, ni nunca tendré herederos, ¿qué puedo hacer, Hósrigan?
- Vivir, alteza, vivir. Amad al coloso de Rea, adoptad a un titánide sin fijaros en sus escamas o en el azul de su piel. Y nada más.
- ¿Y para qué me has traído aquí? – Volvió a preguntar.
- Para que, aunque nunca estuve de acuerdo con la monarquía, vos, que sois lo único que queda de ella no debéis olvidarla. Sois como una hija para mí, la hija que nunca tuve.

La cápsula abandono la Tierra, que se alejaba ante su vista por primera y última vez. Isabel III volvió al plástico mundo en el que residía, a su protectora burbuja.
Allí estaba de nuevo, a millones de Km. del planeta azul bajo la tenue luz rojiza de Titán, en una estación orbital Isabel III de Borbón, la última reina de la dinastía Borbón, cuyo apellido dio al mundo veinticuatro reyes, y cuya estirpe desaparecería, como casi todo en su mundo de origen.
La joven Isabel se enamoró de Democracio, adoptaron a una pequeña e inofensiva criatura extraterrestre y vivieron felices en lo que, para muchos otros seres de los nuevos mundos, no fue más que una particular y enigmática historia.
Jamás fue reina, pero la felicidad que la rodeaba la hizo ser afortunada, cosa que jamás hubiese querido cambiar ni por el más grande de los reinos.






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Fuengirola, 1 de julio de 2007.




















 

 
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