¿Y QUÉ HACEMOS?

 

Por Agustín Serrano.

 

Quince años atravesando el espacio era algo inconcebible; cierto. La pregunta que formuló Louis, cuando el pájaro surcó la heliopausa y la tripulación, cansada y casi desequilibrada, sabía que los primeros restos del sol estaban cerca, resultó más cruel de lo que parecía. 

-         ¿Y qué hacemos?

Stanislaw no era más hombre, ni mejor persona que ninguno de los otros nueve integrantes de la primera gran misión humana al espacio exterior, y, como ellos, empezaba a saber lo que era el miedo.

Tres pájaros como el suyo habían salido de la órbita terrestre quince años antes. La Gran Nube de Magallanes era su destino. Los más reputados astrónomos hallaron un sistema planetario con vida, y no se trataba de una hipótesis, sino de una certeza absoluta. Tal descubrimiento fue afianzado y detallado en años posteriores, años en los que los terrícolas avanzaron sin límite en sus conocimientos astronáuticos.

 

Doscientos años después del gran descubrimiento, el hombre ya estaba preparado para recorrer los ciento sesenta mil años luz que le separaban de la irregular y barrada Nube de Magallanes. Y hasta a aquellos confines del espacio se desplazó, como siglos antes lo habían hecho de un continente a otro; con tres naves; tres lumínicos habitáculos con humanos a bordo; con la tensión lógica de un viaje tan largo; víveres para un siglo en menos espacio de lo que ocupa una uva; perturbaciones psicológicas; además de la tristeza por la pérdida de las otras dos.

 

Y sí, era cierto. Había vida orgánica en aquel gelatinoso planeta en el que posaron su sonda. Primero en forma de moléculas, visibles sólo para el ya anticuado microscopio. Y después en forma redondeada, del tamaño de una pelota de tenis, con un vello invisible pero protector y un color indefinible para el ojo humano. Como el mayor de los tesoros que se pudiera llevar a la Tierra, la existencia encontrada permanecía casi inerte en una de las cápsulas del interior del pájaro. Sin embargo, lo que no había a su regreso era Tierra a la vista.

 

Ni una sola señal de su añorado planeta habían recibido en el último año de viaje. Nada que les dijera que los esperaban con los brazos abiertos, temor que se hizo patente cuando llegaron al punto del sistema en el que el globo debía estar. El mundo ya no estaba. Había desaparecido sin saber cuándo, ni cómo, ni por qué.

 

-         ¿Y qué hacemos? – Volvió a preguntar Louis, ante las perplejas miradas de los demás en la asamblea extraordinaria.

 

Todos lo miraron a él, a su capitán y más experimentado tripulante. ¿Y qué podía hacer él? Era su misma duda. Estaban perdidos, sin rastro de los humanos que habían dejado en la partida; ni en Marte, ni en la Luna; ni siquiera había huellas de las estaciones o de los satélites. En el Sistema Solar faltaba un planeta. Faltaba una voz, la del hombre, el ser que los había mandado tan lejos.

 

El pájaro permaneció en corta deriva por el espacio más conocido. Aún tenían reservas de combustible para varias décadas, pero ni eso dejaría de trastornarlos. Necesitaban a su planeta, a su gente, a sus humanos. Cuando Stanislaw decidió que todos hibernaran durante varios meses, creyendo que lo que estaban experimentando no era más que una pesadilla, pues otra explicación más racional no había, no esperaba encontrarse con lo que sucedió al despertar.

 

El esférico extraterrestre, el histórico hallazgo que venía con ellos, se transformó en un  ser semejante a un humano imperfecto, la tripulación y él mismo se preparó para saltar al vacío cósmico en pocos segundos. La criatura agrandó su tamaño de tal manera, que la nave comenzó a resquebrajarse. La cápsula salvavidas se separó del pájaro, como un huevo puesto fuera del nido. Y como pequeños embriones en un grandioso bosque de estrellas quedaron, siempre perdidos, siempre desconectados, sólo al amparo del universo y de lo que éste, con su desinteresada armonía, decidiera hacer con ellos. En sus oídos, hasta que dejaran de respirar, una inquietante comunicación del extraterrestre.  

Algo así como: 

-         ¿Para qué buscáis lo que ya tenéis? 

 

 

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Fuengirola, 10 de enero de 2008.

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