La guerra del móvil

Por  Dr. Eduard Estivill - Montse Domčnech

 

           Petra y Charo eran las mejores amigas del mundo hasta que ambas tuvieron un móvil.

Hacía tiempo que Charo presumía de tener teléfono. Un tío suyo le había regalado uno al cumplir doce años, y desde entonces sus padres, todas las semanas, le cargaban cinco euros para que pudiera mandar mensajes a sus amigos.

Por eso Petra saltó de felicidad el día en que, tras sacar excelentes notas a final de curso, su hermana mayor le regaló un precioso teléfono de color violeta. La pantalla se llenaba de flores cada vez que una melodía de campanitas indicaba que había entrado un mensaje.

Y lo mejor de todo era que ahora podría comunicarse con Charo, que recibió la noticia con aparente alegría. Cuando compararon los teléfonos, quedó claro que el de Petra era más pequeño, mucho más moderno y coqueto, pero ¡eso no debía ser un problema entre dos amigas del alma! ¿O sí?

Ambas registraron en la agenda del móvil sus respectivos números de teléfono y quedaron en que Petra enviaría el primer mensaje esa misma noche, antes de irse a dormir.

Petra volvió a casa muy contenta y esperó que fuera la hora indicada para enviar su primer mensaje, que volaría hasta un satélite para luego regresar a la Tierra y entrar en el móvil de Charo. Sus palabras viajarían de ida y vuelta muchos miles de kilómetros en apenas un par de segundos. ¡Maravillas de la ciencia!

Pero lo que ella no podía imaginar era que aquel aparatito tan sofisticado y encantador estaba a punto de desatar una guerra con su mejor amiga.

Poco después de las nueve y media de la noche, tal como habían acordado, Petra mandó el primer mensaje:

«Buenas noches, amiguita. ¿Te gusta mi móvil nuevo? A partir de ahora estaremos conectadas. Un besóte.»

Cuando Petra pulsó el botón de «Enviar», se quedó hipnotizada delante del monitor. ¡Le costaba creer que aquello fuera tan sencillo! Ya iba a tumbarse en la cama para esperar la respuesta cuando en menos de un minuto el monitor se llenó de florecillas de colores. Una breve melodía de campanas indicaba que había entrado un mensaje nuevo.

Emocionada, Petra seleccionó «Mensajes» y luego «Buzón de entrada». Cuando el mensaje se abrió, pudo leer lo siguiente:

«Buenas noches, chulina. Deja ya de fardar de móvil, que no es el único del mundo. Chao.»

Petra se quedó helada. No estaba acostumbrada a que Charo la tratara de esa manera. ¡Y todo porque le había enseñado un teléfono que era más moderno que el suyo! Hasta entonces no se había dado cuenta de que su amiga era tan Muy disgustada, Petra se metió en la cama con la esperanza de que al día siguiente se le hubiese pasado la rabieta a Charo. Su amiga le pediría disculpas y entonces todo volvería a ser como antes.

Sin embargo, lo que se encontró en la escuela al día siguiente fue que Charo no le hablaba. Se sentó dos mesas más adelante de lo habitual y durante toda la clase no le dirigió una sola mirada.

«¡Cómo puede ponerse así por un teléfono!», se dijo Petra, que también tenía su orgullo. Durante la mañana no hizo ningún intento de acercarse a ella y hacer las paces.

Después de comer, volvieron a coincidir en clase de Naturales, pero Charo seguía con su actitud. ¡Parecía enfadadísima!

«Soy yo quien debería estar enfadada», se dijo Petra. «A fin de cuentas, ella me ha llamado chalina y me ha acusado de fardar de móvil. ¡Qué cara más dura!»

Al salir de la escuela, Petra estaba hecha una furia, pero en el camino a casa se dijo que no podía echar a perder una amistad tan importante por una cosa así. Por eso, tragándose su orgullo, después de merendar decidió mandarle un mensaje:

«¿Qué te pasa? No hay que ponerse así porque tenga un móvil nuevo.»

Esta vez la respuesta tampoco se hizo esperar:

«Me pasa que me río de tu cara, payaso. Y métete el teléfono por donde te quepa.»

Haciendo honor a su nombre, Petra se quedó petrificada al leer este mensaje. Le entraron ganas de llorar de rabia. ¿Qué se había creído? ¿Con qué derecho la insultaba de aquel modo? ¡Aquello era la guerra!

Le temblaban las manos mientras escribía:

«Eres una estúpida envidiosa. No quiero saber nunca más de ti en la vida, ¡¿Te has enterado?!»

Cuando pulsó «Enviar» estaba tan enfadada que dio un puntapié a la puerta de su habitación. Pero las campanillas que anunciaban la entrada de un nuevo mensaje reclamaron nuevamente su atención:

«No puedo sentir envidia de alguien tan insignificante como tú. ¡Me das asco! Será un placer no volver a saber de ti en la vida.»Al leer esto, Petra no pudo contener un grito de indignación. Luego se tiró en la cama y estuvo llorando toda la tarde mientras se prometía no malgastar un céntimo más en aquella bruja que había dejado de ser su amiga.

Pasaron los días y Petra y Charo seguían sin cruzar palabra ni mirarse a la cara. Era tal el odio que ahora había entre ambas, que actuaban como si no se hubieran conocido nunca.

Cada vez que veía a Charo, Petra se encendía al recordar todos los insultos que le había hecho llegar por teléfono.

Sin embargo, se esforzaba en parecer serena e indiferente, por aquello de «No hay mayor desprecio que no mostrar aprecio».

Por eso mismo, cuando la «guerra del móvil» ya duraba una semana, Petra se llevó una sorpresa monumental: al final de una clase, Charo se acercó dócilmente y se sentó a su lado.

—¿Qué quieres tú, ahora? —preguntó Petra sin siquiera mirarla.

—Creo que estamos comportándonos como dos tontas. Además, ¡si alguien debería estar enfadada soy yo!

—Pero... —repuso Petra— ¿será posible? ¡Cómo puedes echarme a mí la culpa después de haberme insultado!

—¿Insultado? ¿Cuándo te he insultado? Tú alucinas... Yo sí que me he sentido insultada. ¡Aún estoy esperando el mensaje que me prometiste que me enviarías!

Petra se quedó sin habla. Ahora sí que no entendía nada. Contraatacó, roja de excitación:

—¡Te mandé el mensaje y me contestaste que era una chulina y una tardona! ¡Y eso es lo más suave que me has dicho!

—¿Cómo dices?

Charo realmente parecía asombrada de lo que estaba oyendo. Luego su expresión empezó a mudar de la confusión a la alegría. La guerra del móvil

—¿Puedes decirme a qué teléfono has mandado tus mensajes?

Sin entender por qué se lo preguntaba, Petra le repitió de mala gana el número de teléfono que Charo le había dado.

—¡Error! —exclamó Charo, triunfante—. Apuntaste mal la última cifra. Mi número no termina en 4 sino en 3. ¡Te has estado peleando con una desconocida!

Al entender lo que había sucedido, a las dos les dio un ataque de risa. Luego se abrazaron e hicieron las paces. A partir de ese día, prometieron que las cosas importantes se las dirían cara a cara.

 

Dr. Eduard Estivill - Montse Domčnech

Cuentos para crecer: Historias mágicas para educar con valores

Barcelona: Editorial Planeta, 2006

 

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