Lo mejor para tí.

Por Agustín Azcona Hernández

 

 

Para bety, como siempre.

   

I

El frío de la madrugada despertó a Violeta. Estiró los brazos con la esperanza de encontrar del otro lado de la cama el cuerpo tibio de Fernando, pero sólo encontró el espacio vacío, duro y plano de las sábanas. Se sintió sola.

Se recostó sobre su hombro derecho, pero ya no pudo dormir. El sonido del teléfono acabó de despertarla. Era Javier, amigo de Fernando, su socio, que con voz nerviosa y entrecortada le avisaba que algo había salido mal, que tomara sus cosas y que saliera de su casa porque de un momento a otro llegarían a buscarla. Violeta preguntó dónde se encontraba Fernando. Javier dijo que no le podía decir más pero que le hiciera caso. La llamada se cortó intempestivamente.

Violeta recordó alarmada que muchas veces Fernando le había comentado que si algún día lo detenían, ella tendría que huir lo más lejos posible y que él más tarde la alcanzaría. Ese era el momento. Un frío estremecimiento le recorrió la espalda.

Violeta salió apresuradamente de su casa de la colonia Independencia, en Torreón, un sábado en la mañana. Antes de salir había hecho un par de llamadas. Mientras se dirigía al aeropuerto, creía ver en cada vehículo a sus perseguidores. El trayecto se le hizo eterno. Iba temerosa. En el avión seguía pensando que todos los pasajeros la vigilaban.

En el aeropuerto de la Ciudad de México la recibió la tía Moni, prima hermana de su mamá, y a quien había conocido hacía muchos años, en los días de su niñez.

La tía Moni la recibió afectuosamente sin hacer ninguna pregunta sobre el motivo de su repentina visita a la capital del país. Le abrió las puertas de su casa y también de su corazón, además destinó para ella el cuarto de una de sus hijas, quien ya no vivía con ella.  Más adelante y no sin pocos problemas le consiguió trabajo en la oficina de gobierno en donde laboraba.

II

La tía Moni es mi vecina. Vivimos en un viejo condominio de la colonia Santa María la Ribera, en la zona centro de la Ciudad de México, en donde la correspondencia es un gran problema, frecuentemente se extravía y encuentras cartas de los vecinos en tu buzón.

Yo asisto con bastante frecuencia al departamento de la tía Moni. No es extraño que en compañía de algunos amigos como Paco, Arturo, Rosa, Estela y Enrique, pasemos largas veladas oyendo música, bailando y bebiendo tequila o cerveza. En esas reuniones comentamos el desencanto de nuestra generación. Somos la generación de la crisis. Desde que nacimos no hemos escuchado hablar más que de crisis: crisis petrolera, deterioro económico, crisis educativa, crisis de pareja, crisis social, violencia, narcotráfico. Siempre terminamos las reuniones con una sensación de impotencia y con las botellas de ron vacías.

La conocí un domingo por la mañana. Yo había salido a comprar el periódico. Ella  fumaba en el pasillo que conduce al elevador. Parecía nerviosa, ensimismada en sus pensamientos. La saludé y apenas me respondió. La volví a ver el siguiente viernes por la noche, ya más tranquila. Intercambiamos impresiones sobre su nuevo trabajo, el tráfico, el esmog de la Ciudad de México.

No sé en qué momento me descubrí atraído por su presencia. Creo que la tía Moni ha influido ya que constantemente promueve que la invite a tomar un café o que salgamos juntos al cine. Incluso dice en voz alta, como si nadie la escuchara, que un  clavo saca a otro clavo. Violeta solo me mira y sonríe.

III

La tía Moni ha organizado una reunión esta noche, a la cual acudirán, como siempre, Paco, Arturo (que ya no bebé), Rosa, Estela y Enrique. Estoy nervioso. Esta noche he bebido más que de costumbre, trato de parecer gracioso ante los demás, bailo y hago bromas que a todos sorprenden; eso sucede porque quiero asombrarla. Ella también está pasada de copas, lo suficiente para tomarme de la mano, salir del departamento y besarme en la boca.

Estoy desabrochando los botones de la blusa de Violeta. Siento como su cuerpo se estremece. Sus labios me saben a cerveza. Los dos estamos algo borrachos. Ella mantiene los ojos cerrados, como si estuviera en otra parte. No sé si está conmigo o con otra persona, tengo la certeza de que está lejos de aquí.

Es de día y Violeta no quiere darme la cara, seguramente está apenada por lo que pasó ayer. Le digo que no se preocupe. ¿Qué tal si  hacemos caso a  la tía Moni y salimos a tomar un café o al cine? Ella acepta tímidamente. Para mí eso es un avance. Está lindísima.

Frente a dos tequilas, Violeta comenta que le gusta la Ciudad de México. Es un monstruo encantador, dice. Poco después y más en confianza comienza a hablar de Fernando, su ex pareja, a quien considera una parte muy importante en su vida. No me dice a que se dedicaba. Yo no le pregunto. A pesar de todo, habla mucho de él, tal parece que todavía no se acostumbra a la idea de que está muerto. Violeta Ignora el daño que me causa saber que aún lo extraña. La escucho y no digo nada. Cuando termina hay un enorme silencio. Violeta…Violeta…Violeta…

Estoy en la oficina y no puedo concentrarme. En todo momento su rostro se me aparece.  Llevo dos días sin avanzar en este proyecto. Creo que la imagen de programador estrella en la que me han encasillado  pronto va a cambiar, si antes no me despiden.

Paco es el mayor de todos mis amigos. A veces nos habla como si fuera nuestro padre, se cree con la autoridad moral  de darnos consejos y recomendaciones. En este momento me está diciendo que Violeta no me conviene, que no me confunda, ella en sí no es el problema, el problema es su pasado. Entre las mujeres que se relacionan con el narco hay de todo, sería una estupidez que formalizaras con alguien que cuenta con un negro pasado.  “Está bien que te acuestes que ella, pero sin ningún compromiso y sin complicaciones. Deja a un lado todas esas tonterías, pareces un adolescente”. Yo lo acepto calladamente, pero en el  fondo cada día me estoy enamorando más. Paco, sigue regañándome. “Si esto continúa, te aseguro que terminarás mal”. Estoy tan absorto en la idea de quererla, que no reparo en sus palabras. Aparento que lo escucho, pero no le haré caso,  la idea de querer a Violeta  me está ocupando todo el pensamiento.

Violeta y yo hemos estado saliendo constantemente, incluso me he atrevido a pasar por ella a su trabajo para caminar por largas calles sin destino alguno, solo por el placer de caminar. Ella sonríe y me dice que está contenta. La tomo por la cintura y la beso. Esta chica norteña me está robando el corazón.  Sin temor a equivocarme, estoy pasando los días más felices de mi vida.

La tarde de ayer, Violeta me sorprendió con dos maletas con sus pertenencias y la noticia de que se mudaba a mi departamento. Apareció con una sonrisa hermosa en la puerta de mi hogar. No pude resistir abrazarla y llenarla de besos. ¿La tía Moni está de acuerdo?, le pregunto. Completamente, responde. Dice que ya es tiempo de empezar a olvidar. A partir de esa tarde comenzamos a vivir juntos.

He acondicionado mi eterno departamento de soltero. La idea de compartir mi vida con la mujer que amo me da una sensación  de inmensa  felicidad, ojalá esto nunca termine.

Son ya dos meses de vivir juntos. Violeta me está dando la noticia de que está embarazada. No lo puedo creer todavía.  Arturo y Rosa  se han alegrado mucho, incluso dicen que ellos serán los padrinos. La tía Moni está  feliz, presume a todo el mundo que será una abuela joven. Sin embargo, debo de confesar que de vez en cuando sorprendo a Violeta con la mirada perdida,  recordando su pasado.

IV

Sucedió una tarde en que revisaba mi correspondencia. En el buzón de la tía Moni se encontraba una carta dirigida a Violeta. Algo intuí que no me gustó. La guardé rápidamente entre mis ropas. Mas tarde, a salvo de miradas indiscretas no resistí la tentación de abrirla, algo me decía que las cosas no estaban bien. El golpe en plena nuca. La carta está escrita por Fernando. Dice que pronto se reunirán de nuevo, que el peligro ha pasado, que por favor le conteste o le hable a su teléfono. Tardo en reponerme de la sorpresa. Fernando está vivo y pronto vendrá a buscarla.  

Pasé toda la tarde pensando qué es lo que más conviene a Violeta. Conmigo lo tiene todo. Violeta me dice que me nota raro. No te preocupes amor, son cosas de la oficina.  La realidad nunca había sido tan confusa.

Me costó mucho trabajo decidirlo,  pero me reuniré con Fernando. Violeta no debe saber de la carta. No le he dicho nada. Tengo que enfrentar las cosas como son. Le diré  a Fernando que Violeta y yo somos felices, que ella está contenta, que ha sufrido mucho, que no sería conveniente para su estado de salud recibir una sorpresa así, que si aún la quiere piense en su bienestar y en el del niño. Estoy seguro que él se molestara y que la discusión subirá de tono, estoy seguro que yo también defenderé mi posición, y que finalmente, si es que en verdad la quiere, aceptará macharse.

Esta mañana hablé por teléfono con Fernando, tuve que inventar que soy primo de Violeta para que tomara la llamada. Una vez que vencí su desconfianza finalmente aceptó reunirse conmigo. Nos veremos mañana en el Vips de Montevideo. Tengo un plan.

Han privado definitivamente a Fernando de su libertad. Lo he visto todo desde la esquina frente al restaurante. Fue un operativo limpio sin mucho ruido, ni un solo disparo. Pasará en prisión por lo menos 40 años; lo responsabilizan de por lo menos medina docena de ejecuciones.  No sé si puedo decir que estoy contento. Fue todo muy sencillo, una llamada telefónica anónima con las autoridades antinarcóticos. La voz que me contestó vulgar, siniestra.  Una serie de datos: su nombre, el lugar de la reunión, la hora. Me he librado de Fernando, el fantasma está pulverizado,  su imagen se despedazó en el piso. He ganado por nocaut.

V

Pensé que era una buena idea poner una canción romántica y bailar juntos hasta la madrugada. Violeta y yo hemos tenido una semana complicada. Hemos discutido  por cosas de nada,  un cenicero sucio, un libro que no está en su lugar, etc. De repente, en medio de la sala, en un ambiente que de pronto se enrareció,  Violeta me dice que ha tenido un sueño extraño: ha soñado que Fernando vive y llega a la Ciudad de México para buscarla, para proponerle huir muy lejos, a otro país. ¿Qué habrías hecho de ser cierto?, me pregunta.  Su rostro es un papel blanco. Yo apenas tengo tiempo de  fingir que recojo los trastes de la mesa y decirle con voz serena, fríamente: “Calma, amor, buscaría siempre lo mejor para tí”.

 

  

 

Agustín Azcona Hernández

(Ciudad de México, 1967) es sociólogo y redactor. Egresado de la carrera de Sociología por parte de la UNAM.  Ha colaborado en algunas revistas literarias como Molino de Letras, Punto en Línea y Letralia.México - Junio 2011

 


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