Una segunda oportunidad

Por  Agustín Azcona Hernández

 

   

 

I  -¿O sea que de plano no le entras?- le dice Pablo, su mejor amigo.

–No, la verdad es que yo a eso no le hago– le responde Mateo –A pesar de que me la estoy viendo bien difícil, mis hijos me necesitan. Además robar un banco no es tan fácil ¿Y si nos pescan?

–Pues yo ya llevó tres años sin empleo– dice Pablo, que confiesa: Ya toqué todas las puertas y nada, estoy desesperadísimo. Las deudas me rebasan. No tengo más remedio.

Tres días después, Mateo sale a comprar el aviso oportuno y descubre en los encabezados del puesto de periódicos: Solitario ladrón roba tres millones de un banco. De súbito descubre que es el banco que asaltó su amigo.

 

II  -¿Y estás seguro que  te van a dar el trabajo?- le pregunta Raquel, su esposa.

–Mira, yo creo que sí. Tengo todos los documentos que pidieron. El trabajo lo conozco y además me recomendó tu amiga. Yo creo que sí me contratan, aunque la verdad pagan bien poco.

–Pues ojalá  porque ya andamos en las últimas– le dice Raquel mientras le sirve el desayuno–. El dinero de la tanda ya casi se me acaba y tenemos pendientes el pago de la luz y la lavadora. Yo creo que otra quincena no aguantamos.

Mateo clava la mirada en el tarro de café que se encuentra casi vacío.

 

III –No, lo siento, ustedes dos no pasan a la siguiente etapa- les dice a Mateo y a su acompañante el responsable de evaluaciones de la empresa. -Ya les habíamos contado que así eran las cosas. En ambos casos salieron “algo bajos” en el psicométrico. Bueno, muchachos, les agradecemos su asistencia. Mateo y el otro aspirante se ven a la cara y descubren mutuamente que el fantasma del desempleo no deja de seguirlos.

 

IV Mateo entra al baño de un café de chinos que se ubica en la calle de Dolores. Le sudan las manos y la frente. Se quita el saco, desanuda la corbata y, frente al espejo, recuerda a su amigo que sí se atrevió y ya tiene tres millones de pesos en las manos.  “Si el pudo por qué no he de poder yo”, se dice  mientras se seca la frente sudorosa.  “Eso me permitiría sacar adelante a mis hijos y tranquilizar un poco a mi esposa, que últimamente está de un humor muy difícil, cada día más exigente, incluso en la cama y es que con estas broncas la cama ya no es igual. Además ya no quiero pedirle más dinero a su familia, que sí me lo presta pero al rato están duro y dale con las indirectas”.

 

V Se acomoda la pistola en la cintura y entra al banco. Sube las escaleras y gira hacia la derecha. Queda frente a un empleado sonriente que le da un turno, “chin, es el 13, el de la mala suerte” piensa Mateo tratando de actuar de manera natural.  Los dientes le tiemblan. La caja uno o la caja tres. Camina hacia la uno. Duda. Avanza. Se detiene, espera unos segundos. Camina por el pequeño pasillo que hay en la sala de espera, “Si me tardo voy a parecer sospechoso”. Da unos pasos, se acerca cada vez más a la caja uno. Solo lo separan unos metros. Se decide. Avanza hacia la caja, cuando de pronto oye una voz que grita:

-¡Mateo!

Entonces voltea y la descubre:  hermosa, cintura perfecta como si para ella no pasara el tiempo. Vestido rojo entallado, cortísimo, el cabello largo ensortijado, pulcro. Igual que hace diez años cuando eran universitarios y ella lo perseguía pero él se negaba porque pues estaba casado y ya tenía a uno de sus hijos. A pesar de ello,  siempre quedó pendiente una invitación a cenar,  una cita que diera paso a otra cosa, un amanecer en un hotel, por ejemplo.

Sorprendido por el inesperado encuentro, Mateo tarda en reaccionar y después de una par de segundos que parecen una eternidad avanza hacia su amiga y la abraza. En ese contacto ella percibe el arma que Mateo oculta bajo la camisa.

-Te ví desde que llegaste, pero no me acerqué porque te noté apresurado- le dice ella que desde que entró descubrió las secretas intenciones de su amigo-Así que me acerqué para evitar que cometieras una tontería.

A Mateo se le cortan la palabras, solo acierta a abrazarla nuevamente.

-¿Por qué lo ibas a hacer?-le pregunta ella.

El se arma de valor y le dice que no tiene trabajo y que ya tocó fondo, que no tiene ni para la comida de mañana.

Ella le dice que pasó por lo mismo, pero que se encontró a un amigo que le dio una segunda oportunidad y que ahora le va muy bien, eso sí, poniendo siempre dedicación en el trabajo.

Cuando terminan de contarse sus vidas descubren que aún continúan tomados de las manos en el pasillo del banco.

Nadie recuerda quién propuso tomar una café pero ya se encuentran frente a dos tazas humeantes, que sirven de escenario para que ella le proporcione los datos de la empresa en donde trabaja, en donde hay una oportunidad para él, que la escucha anhelante. Tampoco nadie recuerda quien propuso ir a un hotel, en donde se cristalizaron todos los deseos largamente anhelados.

 

VI  Mateo regresa esa noche a su casa, con los ánimos renovados, y con la firme decisión de tomar acciones que den un giro a su vida.

–¿Y si no te contrataron, ahora qué vamos  a hacer?– le pregunta su esposa agresiva.

–Pues seguiremos buscándole mujer, tal vez vengan mejores tiempos. La cosa es darnos una segunda oportunidad– contesta él, con una decisión infranqueable mientras recuerda lo acontecido aquella tarde y sonríe para sí mismo.

 

Agustín Azcona Hernández

México - Octubre 2010

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