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  Justo Gallego
   

  

 

JUSTO GALLEGO: EL PODER DE LA FE

Si el prior de Kingsbridge, Philip, en la novela de Ken Follett “Los pilares de la tierra” hubiera conocido en su tiempo un hombre como Justo Gallego, desde luego no hubiera padecido tanto para construir su catedral. Este hombre sencillo, humilde, de profundas convicciones religiosas, construye con sus propias manos una catedral desde 1961.

 

Hace algunos días que apareció de nuevo en televisión la historia de Justo Gallego, en esta ocasión como argumento anunciando una bebida refrescante. No voy a referirme a  ella más que lo necesario, pues no resulta difícil hoy, cuarenta años después que iniciara su locura, encontrar referencias a la misma. Es ese tipo de “noticias” que  aparecen como curiosidades porque transgreden toda normalidad, llamando poderosamente nuestra atención, provocando un oh! de admiración, una sonrisa de complacencia y, en muchos casos, una reflexión.

 

Justo Gallego tenía un proyecto, y se puso manos a la obra. Tenía todo lo necesario para llevarlo a cabo: fe en lo que iba a hacer y manos para trabajar. ¿Necesitaba algo más? Justo acometió la construcción de su catedral con la misma simpleza con la que uno se pone a construir un castillo de naipes: sin planos, sin licencias, sin arquitectos, sin obreros, sin dinero, sin materiales, sin maquinaria. ¿Acaso eso le quitó el sueño? ¿Acaso la falta de medios le hizo dudar que conseguiría su propósito? Para nada. Un buen día, festividad de Nuestra Señora del Pilar, se levantó y colocó una primera piedra. Quizás aquel día no colocaría una segunda y una tercera, pero aquel día inició su obra con intención de acabarla.

 

Justo no tenía una planificación estratégica, ni programas de trabajo, ni presupuesto, ni previsiones económicas, ni gráficos gant, ni siquiera una simple planilla donde anotar ... no se sabe qué. Justo se levantaba por la mañana, se iba a su obra y de ocho a seis estaba trabajando, con sus manos y con lo que conseguía, en su catedral.

 

Hace cuarenta años, cuando empezó, le tomaron por loco: aquello no era sino una ocupación del tiempo de un pobre hombre desocupado. Aquellos mismos hoy se admiran de su obra, la que se ha convertido en icono de su pueblo, Mejorada del Campo, y que ahora todos se apuntan a conservar. En este sentido en mayo del 98 el consistorio en pleno pidió la ayuda al presidente del Gobierno, al presidente de la CAM, al Colegio de Arquitectos y a la Conferencia Episcopal. Hoy la situación sigue siendo la misma que aquel día en que Justo inició su proyecto: sin licencia, sin dinero, sin medios, y sin que nadie quiera hacerse responsable de la obra. Bueno, algo si ha cambiado: la catedral está más construida.

 

Justo tiene un sueño: ver acabada su catedral y asistir en ella a una solemne misa cantada. Pero sabe que, a sus 79 años, eso va a ser muy difícil pues, según sus cuentas, aún necesitaría 15 o 20 años más para finalizar la construcción. Este, y no otro, es su único pesar: que su catedral quedara inconclusa. Pero, quien sabe: Dios escribe derecho con renglones torcidos; quizás Dios, le otorgue como premio a su fe, ver realizado su sueño.

 

Me maravilla de Justo su fe, esa que sale de sus manos. Claro que hay que hacer planos para construir una catedral, claro que hay que buscar la financiación,  planificar la obra y todo lo demás. Pero cuantas veces nos metemos en subterfugios que no son más que vanas justificaciones de lo que no hacemos: se nos llena la boca de palabras, de argumentos, de teorías; nos convertimos en agentes de opinión, en políticos, en intelectuales. Y ¿qué conseguimos? Justo no hizo nada de eso, porque no sabía: es un hombre humilde y sencillo pero de robusta fe, y su corto entender lo suplió con su gran quehacer. La fe mueve montañas y la voluntad construye catedrales.

 

Sé que hay por ahí, esparcidos por el mundo, hombres anónimos que construyen sus particulares catedrales. Me viene a la memoria ahora uno de ellos, este no tan anónimo,  por algo que le oí decir hace años y que me impresionó. En una entrevista televisada  Vicente Ferrer decía (no es textual pero si la idea) “... Dios no me ha puesto en la Tierra para que elucubre sobre como solucionar el hambre en el mundo, sino para solucionarla. Así que, salí a la calle, y al primer mendigo que vi lo llevé a comer.” 

 

Josep Alías (dimehola)

 Junio 2005.

 

 

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