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  La adversidad siempre se alía con los mas necesitados
   

  

 

LA ADVERSIDAD SE ALÍA SIEMPRE CON LOS MAS NECESITADOS

 Estaba en la cola del supermercado. Había entrado a comprarme un Kit Kat que me endulzara un poco la “amargura” de aquel día; ya sabes, por aquello de compensar la frustración. Era el último día del mes; un mes difícil, con mucho trabajo, en el que sin embargo había conseguido cuatro nuevos contratos por lo que me encontraba satisfecho. Pero ese día, último día del mes, me sentí frustrado y cabreado. Tenía la posibilidad de cerrar dos nuevos contratos; los había trabajado bien durante el mes y yo, conforme avanzaban las conversaciones, me había ido haciendo mi particular cuento de la lechera. Si los conseguía iba a ser el mes más productivo de todos con diferencia, iba a ganar realmente “una pasta” y conseguiría brillar con luz propia más que el mismo sol. Me había propuesto sacarlos adelante y para ello puse toda la carne en el asador, sin escatimar esfuerzos, sin descuidar detalles. Todos los indicios apuntaban a que efectivamente conseguiría los contratos. Todo estaba bajo control; solo alguna circunstancia desafortunada podría hacer que los contratos se perdieran. Así que también pensé que necesitaba un poco de suerte para que esa situación no se produjera.  

El día amaneció poco apacible. Enseguida me vi inmerso en un atasco provocado por un accidente en la autovía. La retención estaba consiguiendo que llegara tarde a mi primera cita y yo empezaba a ponerme de los nervios. Llamé por teléfono para avisar de mi retraso, aunque no pude hablar con el gerente porque aún no había llegado, no obstante le pasarían la nota. Llegué tarde y me informaron que el gerente había tenido que acudir a una reunión fuera de la empresa. Intenté llamarle al móvil pero este estaba desconectado o fuera de cobertura. Aquello empezaba a adquirir los tintes de la “mala suerte” y comencé a resoplar y maldecir. Comprendí que aquel día la adversidad se había aliado conmigo y haría todo lo posible por evitar que firmara aquellos dos contratos que tanto deseaba y necesitaba.

Todo el día fue un cúmulo de sucesos, carambolas y piruetas, todas ellas adversas, pero mi determinación me llevó a superarlas una tras otra y conseguir, finalmente, sentarme con las personas indicadas para cerrar un acuerdo. Sin embargo, en ambos casos se había producido un cambio en sus planteamientos, razones que no comprendí, objeciones absurdas, cuya consecuencia fue que no se firmaran los contratos.

Me sentí frustrado y cabreado, sobre todo cabreado. Había pasado el día resolviendo una carrera de obstáculos para al llegar a la meta caerme a medio metro de ella. Todos los esfuerzos de todo el mes se fueron al garete. Aquello si era realmente mala suerte. Y es que la adversidad se alía con los más necesitados. Mierda!

Delante mío, en la cola del supermercado, me llamó la atención un negro, negro como el ébano, de nariz aplastada, de complexión fuerte, que azarosamente buscaba entre los muchos bolsillos de su pantalón. A sus pies una cesta con productos de lo más imprescindible: pan de molde, leche, pasta, una lata de tomate, una bandeja de pollo, ... Se separó de la cola, dejando paso a los que venían detrás. Vestía un chándal y una camiseta, no de marca, pero si limpio, aunque algunos restos de polvo y yeso daban a entender que venia de trabajar en la obra. Llevaba una bolsa de deporte que empezó a revolver por todos los rincones. Nuevamente sus manos rebuscaron en sus bolsillos sin conseguir encontrar aquello que buscaba que no sería otra cosa que su cartera o el sobre con la paga. Me fijé en su cara para percibir por su expresión qué sería lo que pudiera estar pensando. Me sorprendí al ver una cara inexpresiva, se diría de cera, que no mostraba el menos signo de contradicción. Se diría que asumía con serenidad, como si lo más normal del mundo fuera, el hecho de que no encontrara su dinero para pagar aquella compra; como quien esta acostumbrado que la adversidad lo persiga y ya, prácticamente, pasa a convivir diariamente con uno. Imaginé por un momento el viaje de aquel negro por el continente africano hasta Europa, la forma en que pudo haber cruzado la frontera, los primeros días intentando subsistir, los trabajos que habría conseguido y las condiciones en que viviría, etc. Posiblemente, la adversidad a la que en esos momentos se enfrentaba era mucha más nimia que cualesquiera de aquellas que ya había superado.

El negro se separó definitivamente de la cola y salió del supermercado abandonando la cesta con la compra que quizás contuviera su cena de aquella noche. Mientras tanto, la cola había avanzado y llegó mi turno. Deposité mi Kit Kat y la cajera  lo pasó por el scanner.

-        Uno con cincuenta y siete.

Le alargué un billete de veinte euros.

-        ¿No tiene más pequeño?

-        Lo siento señorita, no tengo suelto.

-        Pues vaya, acabo de darle cambio a esa señora y no tengo para cambiarle a usted.

-        Vaya. ¡Qué contrariedad!

 

Josep Alías (dimehola)

Noviembre 2005

 

 

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