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Hace ya unos meses que leí el popular Código Da Vinci de Dan Brown. No pretendo en esta líneas hacer una nueva crítica de la novela pues ya son muchas y se ha dicho prácticamente todo, críticas que suscribo. Pero si la traigo aquí como ejemplo de la reflexión que me permito plantear y que sin duda puede ser controvertida.

Evidentemente El Código Da Vinci no es una maravilla de la literatura. El propio Juan Manuel de Prada la calificó en su día de tebeo cuando participó en el chat del canal allá por el mes de febrero. Entonces, ¿cuáles han sido las causas del éxito? Desde mi punto de vista Dan Brown desvela en su libro una serie de organizaciones y misterios que, para el gran público, son poco menos que sectas secretas, que actúan con oscuros procedimientos, concentran grandes niveles de poder y consiguen, mediante no se sabe bien que hilos, mover los destinos del mundo. Así muestra el autor a la Iglesia Católica, el Opus Dei, o el Priorato de Sión, y misterios como la existencia de unos Evangelios Apócrifos o la personalidad controvertida de Leonardo Da Vinci. Todos estos enigmas y sobre lo que ellos se nos revela en el libro son, a mi entender, lo que ha supuesto el éxito comercial de la novela.

Sin embargo, para los que afortunadamente hemos tenido acceso a la cultura, ninguno de esas sectas o misterios nos resulta desconocido. Bibliotecas llenas de libros y documentos hay por todos sitios, en las que podemos consultar y obtener información veraz y contrastada. Si que nos ha sorprendido sin embargo, las revelaciones que Dan Brown hace en cada caso, y que se corresponden más con su mente calenturienta ávida de conseguir una exclamación de admiración del lector, que no de proporcionar elementos fidedignos que proporcionen, además de un rato de ocio agradable con su lectura, una información creadora de riqueza formativa y cultural. Entiendo que la ficción de una novela no tiene porque estar reñida con la veracidad de los elementos que se presentan como ciertos: ejemplos los hay a miles, y no hay más que coger cualquier novela histórica. Todo ello conlleva un arduo trabajo de documentación por parte del autor, trabajo que Dan Bronw no se ha molestado en realizar.

La crítica que antecede, y que es solo un caso de los muchos que hoy día nos podemos encontrar en las librerías y en los medios de comunicación, viene a cuento al considerar las consecuencias que tiene. Hablando con otras personas que han leído el libro me he dado cuenta que toman como ciertas cosas que en absoluto lo son, y se sorprenden sobre cómo es posible que las cosas sean de esa determinada manera. Porque además, si están en un libro, dicen, es porque serán ciertas. Más que exponer argumentos en este sentido, quiero traer aquí una anécdota que presencié y que ilustra a qué quiero referirme.

El popular hotel Caesar Palace en Las Vegas tiene un restaurante llamado El Rincón del Cesar. Según nos explica un guía con pinta de arqueólogo, aquel lugar está ambientado en las catacumbas romanas, lugares que utilizaban los antiguos cristianos para enterrar a sus difuntos y esconderse de las persecuciones. El restaurante está a quince metros en el subsuelo; se accede a él mediante una plataforma que desciende desde una supuesta estancia del Cesar; además de comedores independientes para reducidos grupos de comensales, hay una gran sala en la que, después de la cena, se desarrollan espectáculos utilizando impresionantes llamaradas de fuego. Entre los asistentes está el propio Cesar quien tiene su palco privado. Como se puede observar todo muy peliculero y fantástico, cuyo objetivo no es otro que proporcionar un espectáculo al visitante. El rigor histórico es lo de menos. Pues bien, unos años más tarde, visitando las catacumbas en Roma, entre el grupo de visitantes había algunos norteamericanos. En un momento escuché el siguiente comentario:

- Esto no son las verdaderas catacumbas. Yo he visto las que hay en el Caesar Palace de Las Vegas y no son como estas.

Este es el peligro que entiendo se deriva de cierta literatura. Mucho se habla en defensa de la libertad de expresión y del derecho a la información. Se apela a los tribunales para reparar agravios. Pero ¿cómo se restituye el daño que se infringe a las personas y a la sociedad en estos casos en los que se desvirtúa de manera fehaciente la veracidad de lo que se expone? Lamentablemente no hay sentencia de tribunal alguno que consiga restituirlo.

Escritores e informadores irresponsables pienso que los habrá siempre. No creo que la solución a este mal que nos aqueja sea la implantación de una censura: el fin no justifica los medios, por muy loable que sea el fin. Pero si pienso que, editores y medios deberían ser más responsables con los contenidos que ponen a disposición del público. No comparto que la amplia difusión de una obra, de unos contenidos, deba conseguirse a costa de desvirtuar la veracidad de las cosas con el daño que se infringe en el coeficiente cultural de las personas y de la sociedad. Hasta que llegue ese momento (que no se si llegará) solo se me ocurre una solución: seguiré leyendo y accediendo a la cultura, para que ningún Dan Brown de tres al cuarto sea capaz de engañarme.
 



Josep Alías (dimehola)
Julio de 2005.

 

 

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