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  ONU: una esperanza fustrada
   

   

 
ONU: UNA ESPERANZA FUSTRADA
 

Aquel 26 de junio de 1945 cincuenta mandatarios de otros tantos países firmaban en San Francisco la Carta fundacional de las Naciones Unidas. Imagino en aquellos momentos a tan altos dignatarios ver pasar ante sus ojos los horrores de la II Guerra Mundial que entre unos y otros habían provocado y habían llevado hasta sus últimas consecuencias. Imagino la imagen en sus retinas de tantas ciudades y pueblos destruidos, tantos cadáveres esparcidos por doquier, tanto dolor infringido gratuitamente a millones de seres humanos a quienes dejaron desheredados sobre un planeta desolado. Imagino que llegaron a darse cuenta de cuanto mal es capaz de producir el hombre al propio hombre, hasta el punto, creo, que llegaron a asustarse de si mismos y comprendieron que éramos muy capaces de acabar con toda clase de vida existente en el planeta e incluso con él mismo.

 

El 24 de octubre del mismo año inició su existencia la ONU pretendiendo ser un  antídoto a ese potencial de destrucción de los hombres y las naciones. Preservar la paz en el mundo es el fin fundamental de la organización que se recoge en el preámbulo de la Carta de San Francisco  así como los principios de respeto a los derechos humanos y las libertades de todos los hombres; la igualdad soberana de todas las naciones; la cooperación internacional en los ámbitos social, económico y humanitario; resolución pacifica de los conflictos entre los Estados y prohibición de utilización de amenazas, coacciones o el uso de la fuerza; etc. Sin embargo, los principios de igualdad de derechos que se proclamaban para todas las naciones, ya desde un inicio quedaron alterados al otorgarse a una serie de Estados ( E.E.U.U., Reino Unido; Rep. Popular China y la antigua Unión Sovietica como miembros impulsores y fundadores  a los que posteriormente se unió Francia) ser miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho a veto. Más tarde, conforme fueron incorporándose nuevos Estados a la Organización, fueron alineándose con las posiciones de unos u otros según su ideología, situación que alcanzó su grado máximo durante los años de la guerra fría. Consecuencia de esta desigualdad fue, y sigue siendo, la obstaculización a determinadas resoluciones en función de los intereses particulares por parte de Estados miembros con derecho a veto y sus alineados.

 

A principios del siglo XXI nos encontramos con una ONU que ya desde hace años viene padeciendo los efectos de la inoperancia a consecuencia de lo expuesto anteriormente. A modo de ejemplo el caso más flagrante al que hemos asistido ha sido los diez años de resoluciones instando al Gobierno de Irak a deponer sus actitudes, y como este, una y otra vez, hacía caso omiso o toreaba dichas resoluciones. Entonces la ONU, tal como está previsto en esos casos, imponía una serie de sanciones a dicho Estado, sin que ello tampoco consiguiera nada positivo. Por intereses meramente particulares E.E.U.U. promovió el uso de la fuerza contra Irak y aunque fue desestimado por el Consejo de Seguridad, se desmarcó de este diciendo, más o menos, que es legítimo que un Estado se defienda de las amenazas de cualquiera sin necesidad de contar con la aprobación de nadie. Con esta tesis y los falsos argumentos de las armas de destrucción masiva (que nunca encontraron los inspectores de la ONU ni los propios militares después de la guerra) arrastró al Reino Unido y a España a una guerra ilegal. Y ¿qué hizo la ONU? Nada. No tenía capacidad ni jurídica ni de ningún tipo para obligar a dichos Estados a que la guerra no se llevara a cabo. El cumplimiento de las resoluciones depende, como se ha visto en multitud de ocasiones, únicamente de la “buena voluntad” por parte de los Estados afectados, eso si, siempre que no interfiera en sus particulares intereses. Toda su fuerza para hacer cumplir las resoluciones se basa en los esfuerzos diplomáticos que el Secretario General y algunos representantes del Consejo de Seguridad puedan realizar en algún momento. Y nada más. Por tanto, las buenas palabras fueron desoídas, la “buena voluntad” quedó solo en la intención y la guerra fue una realidad.

 

Y más tarde, ¿acaso se impusieron sanciones por promover una guerra ilegal? ¿Alguien pensó en alguna ocasión en serio que podría sancionarse a E.E.U.U. y Reino Unido? Y de haberse hecho, ¿existen los mecanismos para obligar a los Estados  a cumplirlas? Queda claro, por tanto, que la igualdad de las naciones son solo bonitas palabras.

 

Este mes de septiembre de 2005, se han dado cita en la Asamblea General en su 60 Aniversario 170 Jefes de Estado. Sobre la mesa los  Objetivos de Desarrollo del Milenio que tan fastuosamente fueron proclamados en Monterry en el 2000. Objetivos que persiguen erradicar la pobreza extrema y el hambre, la enseñanza primaria universal, promover la igualdad de los géneros y la independencia de la mujer, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna, combatir el SIDA y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad del medio ambiente, fomentar una asociación mundial para el desarrollo. Más palabras bonitas, porque la realidad de estos cinco años demuestra que los compromisos que en su día se fijaron han quedado en agua de borrajas. Es el fracaso personal de un Kofi Annan y su Administración que han perdido toda la autoridad moral que conlleva el cargo y a quien algunos Estados le entregan palabras y compromisos pero que lo marean como al pito de un sereno. Un Kofi Annan que sigue utilizando las buenas palabras para convencer a los Estados, muy comedidas, por cierto, para no soliviantarlos; que no es capaz ya de echarles en cara lo que todo el mundo sabe y que carece de la decisión y energía necesaria para sacar adelante los Objetivos del Milenio y, sobre todo, la gran asignatura pendiente de la reforma profunda que necesita el funcionamiento de la Organización.

 

La Asamblea General del 60 Aniversario era una gran oportunidad para intentar corregir errores, y dar un verdadero impulso a la lucha contra la pobreza con avances concretos. Sin embargo se eludieron tomar compromisos concretos en este sentido. O dicho de otra manera, desde la ONU se les dice a esas cuatro quintas partes de la humanidad, más de mil millones de personas que  no tienen ni un dólar al día para vivir, que deben seguir esperando, aunque la realidad es que seguirán muriéndose. Tampoco se han abordado las reformas necesarias para sacar a la Organización de su ineficaz inoperancia;  pero es que los Estados (los de siempre) no están por la labor de soltar el mango de la sartén.  Al final, un documento de 39 folios de puro trámite.

 

Se han echando por tierra las esperanzas que en ella tenían muchos hombres, mujeres, ancianos, enfermos y niños. Ha sido un teatro en el que cada cual ha representado su papel de buen samaritano y al final la función solo ha gustado a los propios actores. Discursos grandilocuentes, complacidas sonrisas y abrazos, fotos fraternas. Mientras las cosas no cambien, mientras las reformas necesarias no se hagan efectivas, la ONU seguirá siendo un escenario sobre el que representar pantomimas y los fastuosos Objetivos de Desarrollo del Milenio seguirán siendo simplemente una declaración de buenas intenciones.

 

Es el fracaso de una Organización, de todos y cada uno de los 191 países miembros que no saben ser solidarios, que no saben ser generosos con aquellos que más sufren en la ya muy maltrecha Madre Tierra. Es un fracaso también de todos los hombres, de los que vivimos en el mundo civilizado y de los que viven en el subdesarrollo. Una situación como esta clama al cielo, y las gentes y los pueblos deberían sublevarse ante tamaña injusticia. Habría que salir a la calle a gritar, a exigir, por favor hagan algo por ayudar a esas gentes. Pero no ha sido así, y me llama la atención como unos y otros consentimos. ¿Porqué los países más pobres no han alzado su voz en la Asamblea y se han conformado con una resolución de trámite? ¿Por qué los medios de comunicación no han lanzado al viento a bombo y platillo  aquellas voces disonantes que pedían resultados? ¿Porqué tan contadas ONG’s han reclamado solidaridad y han tomado alguna iniciativa al respecto? ¿Dónde estaban las grandes manifestaciones que acompañan cada una de las polémicas reuniones del G8? ¿Acaso no había en New York 170 Jefes de Estado que iban a tratar soluciones para esos Objetivos del Milenio?

 

Todo el mundo  sabe que la ONU precisa de una reforma en profundidad, en la que las resoluciones no se sometan a los intereses de los Estados sino a los intereses de los necesitados. Es necesario conseguir un alto grado de independencia en la toma de decisiones, que los Estados tomen compromisos concretos, que acepten las resoluciones con arreglo al derecho internacional, que se juzguen y sancionen aquellas actuaciones contrarias a la ley. Pero las cosas no se hacen por generación espontánea, ni tampoco simplemente con buenas palabras. Las hacen los hombres, con ideas, con energía, con decisión. Quizás el primer paso sea nombrar un nuevo  Secretario General.  Mientras que esas reformas no se lleven a cabo, millones de hombres seguirán pasando hambre, padeciendo enfermedades, serán perseguidos y ultrajados, morirán por inanición o en conflictos bélicos; los Objetivos de Desarrollo del Milenio quedarán, ya lo hemos dicho, en meras palabras bonitas. Una Organización que nació para preservar la vida deja escapar la de millones de personas, por unos y por otros. Como dice el dicho popular: entre todos la mataron y ella sola se murió.

 

 

Josep Alías  (dimehola)

Septiembre de 2005


 



Josep Alías (dimehola)
Agosto, 2005.
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