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  La Habitación del pánico

 

 

   

“Sobre un día cualquiera en un centro de enseñanzas medias en España”

Por Luis Alberto Henriquez Lorenzo

 

Para no pocos analistas del devenir de las sociedades modernas, de entre lo más constatablemente cierto del mundo -digámoslo así, con expresión ligeramente coloquial-, destaca la evidencia social y cultural de los altísimos niveles de inmoralidad, no sólo sexual[1], que campean a sus anchas, insistamos que en las sociedades modernas y ni que aclarar que con no pocas y notorias variantes e intensidades según países y hemisferios, de Norte a Sur y de Este a Oeste del planeta Tierra.

     Tal vez por esa misma desgracia a que acabamos de aludir con lo de los altísimos niveles de inmoralidad característicos de las sociedades modernas, se ha convertido en un lugar común el afirmar que las últimas generaciones de adolescentes y jóvenes que van saliendo son algo así como el colmo de los colmos: adolescentes y jóvenes indisciplinados, malcriados, apáticos, desmotivados, hedonistas, individualistas… Chicos y chicas que, perfectamente anestesiados por los atractivos fuegos de artificio de la cultura actual tremendamente burguesa y aborregadora, según todas las evidencias despliegan muy pocos valores y actitudes espirituales y solidarios.   

A tenor de mi propia experiencia, confirmo parcialmente el diagnóstico ya elevado por muchos a la categoría de tópico o lugar común. Empero, esa misma experiencia personal me informa asimismo de que ni todos los jóvenes de las nuevas hornadas son exactamente así, ni es por ende recomendable que tiremos la toalla en el entusiasmo debido con que debemos protagonizar los distintos esfuerzos docentes y educativos, interdisciplinares, a los que estamos permanentemente convocados padres y madres, profesores, educadores y tutores diversos, y en general toda la gente interesada.

Con todo, quisiera traer a esta reflexión algo que sucedió a quien estas líneas escribe y que, previamente a incluirlo en este escrito, lo mandé por correo electrónico a un amigo. Lo incluyo porque me parece ilustrativo de hasta qué extremo puede llegar esa malcriadez de no pocos alumnos y alumnas adolescentes de nuestros centros escolares; malcriadez, todo sea dicho, alimentada sin duda por altas cotas de consentimiento paterno-materno, de intenso laicismo ambiental y de crisis de valores y consiguiente vacío de Dios y de sentido, de desmotivación generalizada por los estudios, de rebeldía y confusión propias de la edad adolescente... Así que veamos.

Sucedió en el curso pasado 2008-2009, en un aula que puede ser como las miles y miles pertenecientes a la enseñanza oficial y pública que hay repartidas por toda la geografía española. Resulta que justo en el momento en que la sirena indicaba el fin de mi hora de clase, una alumna mía de dieciséis años, con fama de promiscua y de chica fácil[2], tal vez ganada a pulso entre no pocos de sus compañeros de clase y aun entre los de otros cursos y clases del mismo centro educativo, viniendo hacia la mesa del profesor, o sea, la mesa que ocupaba yo en esos momentos,  con una botella vacía de refresco en una mano, de esas de medio litro, recuerdo que como queriendo ya protegerse entre algunas risitas por lo bajini, me espeta a bocajarro, valga la redundancia: “Profe, ¿tu polla (sic) es tan gorda como esta botella o menos?”

Tan a bocajarro como me formuló la alumna en cuestión la pregunta lanzo yo la siguiente: ¿por qué hemos llegado a un nivel tal de malcriadez y de despreocupación y de insensibilidad por el otro? O dicho en idénticos términos: es como si el otro, es decir, la otra persona (diríase la otredad del otro), importase un bledo. Así las cosas y sin espacio en esta reflexión para más detalladas cavilaciones al respecto, al menos quede claro lo que me parece una más que constatable evidencia (de esas que, no por ser de índole metafísica son menos sentibles o experimentables), a saber, a medida que hemos ido arrancando de nuestra preocupación existencial la pregunta y la preocupación por lo Totalmente Otro -digámoslo así desde la fenomenología personalista y bíblica de E. Levinas-, hemos ido arrancando, vale que casi sin darnos cuenta, o sin casi, la pregunta y la preocupación por el otro.

Sí: cuantos menos Dios verdadero, más diosecillos e idolatrías más o menos fraudulentas (Chesterton); por un sacerdote menos, es decir, a menores niveles de sacralidad, mil pitonisas más, es decir, más profanidad, más superstición, más adivinadores y adivinadoras de cartas, más magia de todos los colores, más brujos, más fraude esotérico (G. Bernanos); si por la gran puerta de nuestra vida y de nuestra conciencia despedimos la sagrada ley de Dios, por multitud de puertecillas dejamos que de cualquier manera nos invadan innúmeras leyes menores consentidoras (Dostoievski).   

En otro tiempo no tan remoto, un comentario tan soez como el perpetrado contra mí en calidad o condición de profesor por una alumna… En fin, qué se nos esconde, habría sido en ese tiempo no tan remoto motivo de una seria llamada de atención a la alumna implicada y culpable, llamada de atención a su padre y a su madre, que se habrían puesto de parte del profesor de turno, o habría sido considerado suficiente motivo para iniciar el trámite de una fulminante expulsión del centro… Comoquiera que sea, alguna clase de medida disciplinaria severa.[3] Y no es que todo eso, es decir, todas esas medidas, no esté al alcance del educador hoy día, sí lo está; sin embargo, a menudo lo que sucede es que cunde hasta tal grado el desánimo del docente, porque se considera que son infructuosas las medidas disciplinarias, que… Bueno, lo archisabido: desmotivación ya casi congénita del docente, depresiones…

Abundando en esta cuestión, por lo que toca a la indisciplina generalizada del alumnado de enseñanzas medias en España, no creo que a tal deriva se haya llegado como  consecuencia, irreflexiva e imprevista, de seguir los pasos, más o menos acríticamente, de no sé qué pedagogía libertaria y antiautoritaria, sólo que lo cierto del asunto no es sino que la docencia, especialmente en el nivel de la enseñanza secundaria, se ha convertido en un ejercicio no poco peligroso en el que el profesor tiene casi siempre las de perder.

Consecuentemente, o actúas de manera enérgica, cosa que intentó en un primer momento quien estas líneas escribe (apuntarla en el libro de incidencias, comentarle el caso a la jefa de estudios…)… O haces la vista gorda o agachas la cabeza, como dicen que hace el avestruz, o como que miras para otro lado, o como que no terminaste de escuchar bien lo que creíste en un primer momento que era un meridiano insulto espetado contra ti. Y todo ello tras limitarte a llamar la atención a la alumna en un aparte de la clase, y le tratas de afear su conducta, pero…

Pero desde luego–permítanseme los tres párrafos siguientes, una suerte de brevísima digresión histórica-, si libertarios librepensadores y masones como Francisco Ferrer i Guardia[4], pongamos, de quien se cumple en este año 2009 el centenario de su muerte, de su más que probable injusta muerte por fusilamiento en el foso del castillo barcelonés de Santa Eulalia (cfr. sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, acaecidos en julio de 1909, en plena época de los movimientos sociales y las luchas de emancipación obrera), lo que pretendían con sus ensayos pedagógicos era llegar a la racionalista y naturalista alborada de una escuela como la actual, sin duda tan agitada por los vientos de la indisciplinada generalizada del alumnado, por los vientos del desánimo contagioso del profesorado, por los vientos de la apatía y desinterés mayúsculos, hacia todo lo que concierne al saber y a los estudios, de los alumnos…

Empero, me figuro que incluso personalidades como el ilustre pedagogo catalán –permítaseme también jugar con una hipótesis del todo indemostrable- no podrían ni querrían quedarse con las manos cruzadas ante el disparate de la situación actual de la enseñanza pública en este país. Algo harían, algo se verían obligados a hacer, digo yo, me figuro, tratando de buscar el más sabio y sano equilibrio entre las ideas pedagógicas libertarias profesadas y la realidad actual de unas aulas en las que los alumnos y alumnas, siempre en general y salvadas las honrosas excepciones, parecen disponer de un muy silencioso y muy oculto radar con el que detectan enseguida si el profesor o profesora de turno es autoritario o no lo es, o si es más o menos libertario o no lo es[5].

En modo alguno se trata de vindicar unas supuestas glorias pedagógicas pasadas en las que la letra tampoco solía entrar con la sangre[6]. Aterrizando en nuestros días, constatemos que en efecto autores como José Antonio Marina han comenzado a insistir en la idea de que una escuela en la que se ensaye cualquier tipo de pedagogía desafecta al ejercicio de la autoridad del profesor educador sobre los alumnos educandos, lo más probable es que conduzca al caos que hoy día parece reinar en los centros educativos, especialmente ya sabemos que por lo que concierne a la enseñanza secundaria en la escuela pública.

Por lo demás, llegados a este punto he de decir que yo, como parte interesada en todo este asunto, carezco de respuestas mágicas; además, se me acaba el espacio asignado a esta colaboración. Conozco que en Acontecimiento los artículos centrados en el tema de la docencia-enseñanza nunca han escaseado. Así la controversia, me quedo con el testimonio personal: que los alumnos puedan decir, parafraseando ahora un poema del poeta canario ya fallecido Pedro Lezcano: “Aquel profesor Luis era bueno; aquel profesor Fulano de tal era bueno”[7]

Con este dardo que yo lanzo hacia la diana de este tema, dardo no sé si centrífugamente errado o bien centrípetamente certero hacia el centro de la diana, que otros acaso más capaces que yo sigan aportando sus reflexiones, en esta revista y en otras, en otros foros y areópagos modernos que ofrece Internet.

 

 

LUIS ALBERTO HENRÍQUEZ LORENZO.

Profesor de Lengua española en Enseñanzas Medias. Poeta y escritor.


 

[1] Inmoralidad en el ejercicio público ( en la “res pública” ) de la política: pensemos, si no, en los “emolumentos” de no pocos de nuestros políticos y políticas, emolumentos que son verdaderos “monumentos” a la desvergüenza, frente a o contra, mejor, una sociedad del bienestar en la que, de forma asimismo alarmantemente constatable, cada día que pasa son más las personas que pasan a engrosar las listas del paro, las listas de menesterosos… Inmoralidad en las cifras descabelladamente astronómicas que se manejan en el mundillo del fútbol profesional, amén de en otros deportes de élite. Inmoralidad en casi todo el sindicalismo que se practica en la actualidad (por desgracia, sindicatos cada vez más domesticados y debilitados por el neoliberalismo), al menos en Occidente, en especial en la vieja Europa, sindicalismo herido de muerte, al menos por lo que a la solidaridad con los desheredados de la sociedad se refiere, por culpa y efecto del cáncer del burocratismo. Inmoralidad de tantos ismos, no poco propios de la postmodernidad, si bien no exclusivamente propios de ella: individualismo, materialismo, consumismo, pragmatismo, neopaganismo, hedonismo, relativismo, nihilismo… En fin, sobreabundan… Pero no perdamos del todo la calma; respiremos hondo buscando la serenidad o que pase un ángel, y repitamos con el obispo dimisionario y poeta Pedro Casaldàliga: “Somos soldados derrotados de una batalla que no obstante tenemos ganada”. O mejor, me atrevería yo mismo a hacer un remiendo al pensamiento del ilustre religioso claretiano: “que tenemos ganada porque Alguien que nos amó primero ya ganó para nosotros, para nuestra salvación”.  

[2] Obligado lo siguiente que diré, de manera claro que especialmente delicada para padres, madres, tutores y educadores: ¿qué sentido de lo que es el amor humano puede tener una chica adolescente como la que aquí nos ocupa? Si duda, muy similar o idéntico incluso al sentido de miles y miles de chicas adolescentes que ahora en España, sin ser mayores de edad ni poder votar ni sacarse el carné para conducir automóviles, sí pueden acceder al uso de la llamada píldora del día después, en caso de necesidad… Todo apunta a que su idea del amor lo más probable es que esté revestida y hasta inundada de altas dosis de subjetivismo caprichoso y de hedonismo, hedonismo que acaso a ella le parecerá una de las claves supremas del amor. O no, quién sabe, igual estoy siendo en esto como muy pesimista, moralista en exceso, acaso algo gnóstico; en fin, quién sabe si no muy agustiniano (de Agustín de Hipona) en la extremista y pesimista consideración de las posibilidades que de expandirse en la dicha y la verdad del amor humano tienen los adolescentes de nuestros días.

[3] En el sistema educativo actual español propio de la enseñanza pública, un alumno o alumna reincidentes en la comisión de faltas, puede ser expulsado, cautelarmente –es decir, como un castigo de reparación, generalmente no bajo la forma de una expulsión definitiva del centro-. Pero si el alumno es expulsado finalmente del centro y resulta que cursa la ESO (enseñanza secundaria obligatoria), lo normal es que se lo “encasqueten” a otro centro. Si ya es “insoportable” la situación con ese educando, actuará servicios sociales, o se recomendará al alumno que haga alguna especie de programa de garantía social, o en el peor de los casos ya se dará por totalmente imposible, o bien acabará ingresando en algún centro de menores… En cualquier caso, el sufrido profesor o educador o docente, o como se quiera llamarlo, habrá tenido que lidiar con él o ella. 

[4] En mi artículo “A favor de una Iglesia más creíble”, aparecido en Acontecimiento nº 91 (Madrid, 2009), me permití hacer, concretamente en una de las notas a pie de página, algunos comentarios sobre la permanencia o no permanencia y conveniencia o no conveniencia de que finalmente continuaran en la COPE dos intelectuales y comunicadores como Federico Jiménez Losantos y César Vidal. Al parecer ya se ha confirmado la no continuidad de ambos en la emisora de radio mayoritariamente propiedad (al menos en cuanto a la mayoría de las acciones y desde luego por lo que se refiere al ideario de la emisora) de los obispos españoles. Concretamente con relación a este último, no seré yo quien niegue sus talentos y cualidades como intelectual, escritor, historiador, comunicador, investigador de temas teológicos, novelista… Sin embargo, a mi juicio cuán unilateral y tendenciosamente liberal conservador se manifiesta el señor César Vidal en sus estudios escritos sobre figuras señeras del movimiento obrero en España como Pablo Iglesias, alma máter del PSOE y de la UGT, y Francisco Ferrer i Guardia. A este último lo considera solamente en los términos de “conspirador contra el orden establecido, filomasón, hombre de vida afectiva disoluta, pernicioso librepensador, instigador y financiador de atentados de terrorismo anarquista contra la Corona y el Estado”… Cierto que el catalán Francisco Ferrer i Guardia fue un libertario cuando menos un tanto extraño, atípico, en la medida, por ejemplo, en que fue un hombre que llegó a reunir una considerable fortuna, que puso casi toda, como es bien sabido documentalmente, al servicio de las ideas libertarias, casi siempre pedagógicas (su famosa Escuela Moderna, de pedagogía racionalista, integral, antiautoritaria, no sexista, humanista, solidaria y naturista), y en otras ocasiones claramente conspirativas y terroristas. Asimismo, verdad indubitable es que su vida afectiva fue conflictiva, anormal y adelantada para el tiempo que le tocó vivir (1859-1909). Sin embargo, pretender defenestrar y demonizar a una figura como la del pedagogo y libertario catalán, me parece una estrategia claramente posicionada en contra de los legítimos intereses de las clases trabajadores; o mejor, hoy día en contra no tanto o exclusivamente de esas clases trabajadoras de hogaño que antaño, hace de ello apenas un siglo, constituyeron el proletariado a principios del siglo XX en España, en toda Europa, como sí de los muy legítimos intereses y aspiraciones de todas aquellos y aquellas que siguen soñando con un mundo más solidario, justo, igualitario y fraterno, sin explotación del hombre por el hombre, sean creyentes religiosos o no lo sean. Así las cosas, por muy modesta o hasta insignificante que pueda parecerle mi talla intelectual a un intelectual de gran talla como el señor César Vidal, por empatía, solidaridad y conciencia de clase compartida con las clases trabajadoras, de las que procedo por los cuatro costados -digamos que por mis cuatro abuelos (jornaleros, portuarios, campesinos, amas de casa), por mis dos bisabuelos que conocí, que fueron campesinos también, etcétera- no tengo reparo alguno en afirmar que su posicionamiento ideológico es más bien a favor del pensamiento más liberal y conservador. Creo que una plataforma como esta revista Acontecimiento y un colectivo como el Instituto Emmanuel Mounier, no confesional ciertamente pero sí muy abierto al OjO que todo lo ve de la Trascendencia, y que no en vano se siente heredero de los movimientos sociales empeñados en la emancipación de la humanidad, con especial celo en pro de los sectores más pobres de la misma (cfr. especialmente la tesis nº 1 del folleto Qué quiere ser el Instituto Emmanuel Mounier, sólo que como leer sigue siendo a mi juicio más aleccionador que ver la tele, en definitiva caja tonta aunque ahora se haga llamar digital terrestre, no está de más leerse completo el folleto, cosa que no ocupa sino un rato), son espacios excelentes para lanzar estos comentarios. Por lo demás, no deja de resultar especialmente penoso y hasta lamentable que durante varios años, desde la cadena COPE comunicadores como los mentados hayan venido ofreciendo una imagen tan descaradamente alejada de lo que es y lo que debería ser un cristianismo liberador, empeñado, constitutivamente empeñado como su única razón de ser realmente, en acelerar la llegada del Reinado de Dios, que es justicia y humanización radical, en colaboración con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.  En este orden de cosas, no dudo en reconocer que esos dos comunicadores radiofónicos han venido ofreciendo una imagen del cristianismo realmente deplorable; cualesquiera otras personas con menos luces intelectuales y menos retórica verborreica pero con inmensamente más pasión por el Reino de Dios y su justicia, al menos habrían ofrecido una imagen más evangélicamente liberadora del cristianismo.

[5] En el contexto de un aula cualquiera de cualquier centro de enseñanza pública, ni que decir habría que libertario quiere decir, como los atentos lectores ya imaginan, no que un profesor o profesora profesen ideas anarquistas, de las cuales me atrevería a calcular, sin creer exagerar con ello, que el 99% de los alumnos de la ESO jamás ha oído hablar en su vida, sino que pronunciar libertario quiere decir “profe chachi, permisivo, guay, profe que nos deja ir a nuestra bola sin comernos él a su vez las nuestras bolas con sus teorizaciones y comeduras de tarro”.

[6] Durante prácticamente toda mi EGB (y eso que yo acabé el curso de 8º ya en plena euforia de eso que iba a ser, allá muy lejos para mi condición de isleño canario, en la Península ibérica española iba a irrumpir, sí, eso mismo que están pensando, la movida madrileña, algunos de cuyos “excesos” tuve ocasión de conocer, en mi época de instituto, por suerte o por desgracia no como protagonista: libertad sexual que llevó a no pocos profesores jóvenes a liarse con alumnas aún más jóvenes; inicio de la práctica del naturismo-nudismo en una caleta brava y peligrosa como ella sola y alejada de las zonas turísticas de la Isla; determinada música y determinado cine; experimentación con les herbes bizarres, que dirían los franceses, con George Moustaki a la cabeza, cantando y…), yo conocí y a veces padecí en carne propia los rigores de la pedagogía del “o estudias o te peno: de rodillas con los brazos en cruz, a veces con libros depositados sobre las palmas de las manos vueltas boca arriba…”; “o estudias o te aplico el castigo consistente en diez palazos o tabletazos con la regla sobre la palma de alguna de tus manos”… De todos modos, creo estar seguro de que más bien esa desgracia de los castigos escolares apenas se prolongó después de la muerte del dictador Franco, que a mí me cogió en los primeros cursos de la EGB. Muerte la del dictador que a mí me produjo gran alegría, recuerdo perfectamente ese episodio de mi infancia y lo traigo ahora aquí y lo confieso sin pretender darme pisto –y aparte la suspensión de las clases, claro: la casa de mis abuelos maternos, pájaros acaso cantando en jaulas de madera, el patio, gallinas y cabras en la azotea…- y ya no se me olvidará jamás, no porque yo tuviera conciencia política ya a tan temprana edad, sino porque en mi mente de niño de ocho años no podía de ninguna manera entrar lo que los mayores me decían de Franco, a saber, la severa y pertinaz afirmación de que Franco era el dueño de todo,  de todo todo, hasta el extremo de ser más padre de los niños que los propios padres de los niños. Franco era percibido por mí no solamente como el dueño de todo lo que podía ser poseído, incluido nuestro colegio nacional, claro, como alguien que podía ser más padre que mi padre si llegaba el caso, sino también como un señor que había impuesto, no sabía ningún niño por qué, un sistema en el que era obligado el silencio en muchas ocasiones. Y además y esto era de lo más terrible, con no ser poco grave lo dicho hasta ahora, al menos yo como niño que no había aún cumplido los nueve años cuando el dictador murió, lo percibía como alguien que podía matar a otras personas, pues recuerdo vívidamente cómo en el patio del colegio algunos niños compañeros de juegos me llegaron a decir palabras como las que siguen, que tendré grabadas como a fuego para siempre: “No digas eso, que Franco te mata”. Así que para mí todo aquello era aberrante, totalitario, injusto, arbitrario. Recuerdo que sufría por ello; es más, como que quería rebelarme contra tamaña monstruosidad. (Si me permiten citarme y no peco de inmodesto, algo de esa atmósfera opresiva desde mi conciencia y memoria niña, trato de reflejar en un relato que titulo “Papel mojado o retales del niño que fui”.) En fin, disculpas a los lectores que pueda ofender el que haga digresiones a propósito de estos temas en estas notas a pie de página.  

[7] El poema de ese notable poeta y hombre humano y bueno que fue Pedro Lezcano, bueno en el machadiano sentido de la palabra bueno (nacido en Madrid pero canario por los cuatro costados, sólo que sobre todo hombre con sentido de pertenencia internacional a la gran familia humana), creo estar casi seguro de que ya se publicó en uno de los primeros números de la revista Acontecimiento. Yo sé que aún conservo esa revista, pero como seguro que la debo tener guardada en cajas… Comoquiera que sea, no compruebo ese dato y confío en mi memoria. Es más, valga como un “signo” de la perseverancia de esta revista en el tiempo, pues no en vano siguen soplando vientos que más parecen neoliberales que vientos del pueblo (parafraseando a mi aún admirado Miguel Hernández, es decir, el título de uno de sus más militantes y combativos libros, y acaso por ello peores, por panfletario), y asimismo como que pareciera que casi nada permanece, y máxime teniendo muy en cuenta que se celebran en este 2009 los 25 años de la fundación del Instituto Emmanuel Mounier y de su órgano de expresión Acontecimiento. Y además, es que el poema conserva una intensísima emoción humana; de hecho, el propio Lezcano lo tenía entre sus preferidos a la hora de cerrar lecturas y recitales poéticos en los que participaba. Dice así: “Amigos míos: Pienso/ que el corazón del hombre/ lanza su sangre en un circuito abierto/ que llega al corazón de los amigos/ para volver al nuestro./ (El que guarda su sangre para él solo/ ese es un hombre muerto.)/ Y que vivir no es más que ser amigos./ Que vivimos en ellos./ Que hablar sin ser oído es estar mudo,/ mirar sin ser mirado es estar ciego./ Que aquel que haya vivido sin amigos/ es que ha soñado ¡y ha olvidado el sueño!/ Sólo si oís mi corazón, me late./ La existencia se narra como un cuento;/ si no se narra y se comparte,/ la vida es como viento sobre yermo/ que pasa sin mover hoja ni espiga/ ni cabello./ Yo viviré lo que deseen ustedes./ Cuando olviden mi nombre, me habré muerto;/ pero seré inmortal con que un amigo/ me erija un buen recuerdo./ Para entonces dirán de vez en cuando:/ -Aquel amigo Pedro,/ después de todo no era mal muchacho…/ Y guardarán silencio./ Y el pequeño lugar que yo ocupaba/ sobre la tierra volverá a estar lleno./ Esa es, amigos míos,/ la gloria que os debo./ He conocido acaudaladas gentes/ que se han marchado sin que aúlle un perro./ Yo espero que al marcharme,/ de verdad, me acompañe el sentimiento.” En Pedro Lezcano: Paloma o herramienta (antología). Islas Canarias, 1988.

 

 

 

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