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  La izquierda y el aborto

   

“La izquierda y el aborto”

Por Luis Alberto Henríquez Lorenzo

Es una obviedad prácticamente incontestable el que las fuerzas preferente y principalmente empeñadas en la defensa de la vida del llamado nasciturus son organizaciones provida sistemáticamente calificadas de conservadoras, de derechas: en lo político, lo social, lo económico (Foro Español de la Familia, HazteOir, Derecho a Vivir, Red Madre…). Una muestra de esto afirmado, la multitudinaria manifestación del pasado sábado 17 de octubre en Madrid; los organizadores, ojo al dato, llegaron a estimar una afluencia cercana a los dos millones de personas manifestantes. Abultada o no la cifra, lo cierto es que el indudable éxito convocatorio de la susodicha manifestación alcanzó a despertar incluso la sorpresa de algunos comentaristas izquierdistas del periódico Público, a los cuales no resulta nada fácil asimilar que hoy día parezca que las organizaciones de derechas tienen más poder de convocatoria social que las fuerzas tradicionalmente de izquierdas. ¿Por la tan traída como llevada crisis actual de la izquierda? ¿Acaso porque la izquierda militante ha ido dejando paso a una falsa izquierda (así pues, pseudoizquierda) burocrática y corporativista?

Pudiera ser todo ello. Pero comoquiera que sea, al menos ya sabemos o siquiera nos parece conocer que no pocos adalides, simpatizantes y militantes de la izquierda encuentran algo difícil el explicar cómo las fuerzas sociales tradicionalmente consideradas de derechas y conservadoras han alcanzado tal capacidad de arrastre y movilización de masas, cuando aún se sigue pensando que la “calle es de la izquierda”, de resultas que las movilizaciones sociales casi todas son y han de seguir siendo propias de las fuerzas transformadoras de la izquierda y del pensamiento progresista en general. Sólo que la izquierda actual, salvo honrosas excepciones, no arrastra masas tan multitudinarias como las fuerzas que la propia izquierda (a mi juicio, más progresía que izquierda propiamente; no es lo mismo ser progre que ser de izquierdas, incluso a menudo no coincide lo uno con lo otro) califica de reaccionarias; así pues, ¿qué está pasando?, ¿qué se puede hacer para contrarrestrar las fuerzas de la reacción? –se estarán preguntando articulistas progres, que no necesariamente de izquierdas, como Javier Vizcaíno y otros (todos de Público).

Sin embargo, no todos los grupos u organizaciones que se hicieron presentes en la ya sabemos que multitudinaria manifestación provida y por ende contraria a la ampliación de la actual Ley del Aborto que pretende el Gobierno socialista, el pasado sábado en Madrid (pasará a la posteridad como 17 O), pertenecen a la derecha, en cualesquiera de sus vertientes, a saber, social, política, económica, incluso teológica o religiosa. Y pese a ello, muy poquito eco han encontrado esos grupos minoritarios en la prensa escrita; incluso en Internet. ¿Habrá sido ello así porque la defensa de la vida del nasciturus y la consiguiente y ulterior oposición al aborto inducido o provocado es un asunto puede que loable pero inevitablemente ligado al corazón mismo de lo que es ser conservador y de derechas, a las esencias del ser de derechas?

Planteemos y supongamos por un momento que en efecto es así: la defensa numantina del derecho a la vida del nasciturus (ya sea preembrión, embrión o feto) contraria a toda propuesta de aborto inducido o provocado, es un asunto propio de mentalidades conservadoras y de derechas. En realidad, una tesis tal como la anterior es la que principalmente sostienen feministas de la talla de Lidia Falcón, feminista española histórica donde las haya (véase su artículo en la edición del periódico Público del pasado martes 27-10-2009). Con todo, aunque la sostengan feministas como Lidia Falcón y como la inmensa mayoría de las feministas cristianas y católicas y aunque sea en efecto una reivindicación propia de mentalidades reaccionarias y de derechas –es decir, supongamos esto, es una hipótesis de trabajo-, quien estas líneas escribe siente, desde el hondón de su conciencia, desde las fibras más estructurales y recónditas de su ser (vamos, muy atento al sagrario de su conciencia), que el aborto provocado es un acto de violencia perpetrado contra la vida de un ser humano que, más allá de la discusión jurídica y personalista y ética sobre si cabe considerarlo o no como ente persona, es un ser vivo frágil, indefenso, necesitado de ser cuidado y amado, pues no en vano a nuestro juicio en el principio (de la vida) no está el cogito cartesiano (cogito ergo sum) sino el más dependiente pero a la vez más humanizante y personalista amor ergo sum (“soy amado, luego existo”).

En consecuencia, primera conclusión, admito que formulada y emitida no con carácter definitivo: la defensa de la vida del ser humano vivo que convenimos en llamar nasciturus es propia de mentalidades conservadoras y de derechas. Sin embargo, aunque sea así –aunque así fuere, digámoslo en futuro subjuntivo tan hipotético como en desuso- es una defensa noble, dignificante, humanizante. Pretender, como hace la progresía, deslegitimar la defensa del derecho a la vida porque esa defensa está protagonizada sobre todo e incluso casi exclusivamente por organizaciones tenidas por conservadoras, reaccionarias y de derechas, es un argumento muy inconsistente.

Pero planteemos y supongamos ahora, en un segundo momento, en una segunda hipótesis, que la defensa del derecho a nacer no tenga nada que ver con ser o no ser conservador, de derechas; es más, hagamos el esfuerzo de suponer que justo es lo contrario, que la defensa del (permítaseme afirmar que inviolable) derecho a nacer, como derecho básico de todo ser humano, es un asunto muy de izquierdas porque es muy ético, puesto que lo verdaderamente de izquierdas es comportarse de manera delicada y preferentemente ética, moral, etcétera. Planteada así la cuestión disputada, nos damos enseguida cuenta de que seguimos topándonos con un problema en apariencia irresoluble, a saber, como mínimo el 95% de las organizaciones consideradas o autoconsideradas de izquierda o izquierdas (partidos políticos, sindicatos, organizaciones feministas y plataformas digitales católicas como Redes Cristianas) no estarían de acuerdo en modo alguno con esta segunda hipótesis nuestra. Entonces, ¿qué hacer?, ¿qué camino seguir?, ¿nos comprometemos hasta el final, hasta sus últimas consecuencias, con esta segunda hipótesis que, no obstante ser hipótesis, acaso despierta en algunas personas la sospecha de poder estar ante una idea verdadera, es decir, una reivindicación verdaderamente solidaria, verdaderamente ética, auténticamente compasiva y de izquierdas?

Desde luego, si tomamos partido por la anterior segunda hipótesis y estamos dispuestos a llevarla hasta sus últimas consecuencias, cueste lo que cueste y caiga quien caiga –aunque quien caiga sea el Gran Wyoming-, tenemos que despejar la incógnita de por qué entonces si la defensa de la vida del nasciturus es una defensa muy propia del ser de izquierdas, la inmensa mayoría de las fuerzas llamadas o autollamadas progresistas tiene una posición diametralmente opuesta. ¿Qué está pasando aquí? Hay un gozne que hace que no encaje puerta alguna. Sólo que como tenemos el deber de llegar hasta el final con esta segunda hipótesis de trabajo, hasta sus últimas consecuencias caiga quien caiga –no olvidemos esto, que es vital, y no sólo desde un punto de vista meramente epistemológico-, no nos queda más remedio que plantear como casi única explicación la siguiente: la izquierda actual, siendo tan poco respetuosa con la vida del nasciturus, es traidora a su propia razón de ser, a su propia identidad, a sus raíces solidarias, compasivas, misericordiosas.

Por lo tanto, que cada palo aguante ahora su vela.

Luis Alberto Henriquez Lorenzo
  

LUIS ALBERTO HENRIQUEZ LORENZO. Profesor de Lengua y Literatura españolas en Enseñanzas Medias (Gran Canaria, Islas Canarias, España). Estudios de Filosofía y Teología. Poeta y escritor.

 

 

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