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  La extinción del poeta- Por Rodrigo Conde”

   

La extinción del poeta

Por Rodrigo Conde

 

Muchas veces en mis escritos suelo decir que la poesía me es cada vez más esquiva, como si su flujo se estuviera agotando en mí. Y cada vez que escribía eso yo mismo creía que era una especie de retórica, un recurso estético. Pero luego me fui dando cuenta que en verdad no: la mano dejaba escapar las palabras que no me animaba a pensar, las palabras decían lo que los ojos no querían aceptar. Al final es verdad, el poeta que vive en mi está enfermo y su cáncer lo lleva irremediablemente al exterminio.
Y el cáncer de mi poeta es el mismo que viene matando a cada uno de los poetas. Nosotros (tengo derecho a decir “nosotros” porque al fin y al cabo el poeta vive en mi cuerpo) estamos siendo exterminados en un genocidio lento e invisible. Quizá no invisible, sino al menos desapercibido, ya que igual que las personas no le dan importancia cuando muere una libélula, una rana, una cigarra, un escarabajo, una mariposa o alguna de esas musarañas, a nadie le importa cuando muere un poeta. Y el problema para la raza de los poetas es que su exterminio no puede ser castigado, porque no hay culpable. No es el hombre el que mata al poeta: es el siglo. El poeta se enferma al darse cuenta que está viviendo en el siglo XXI.
La utilidad del poeta ha caducado en este mundo. El poeta sigue sirviendo como tal pero ya no es útil. Sus servicios ya no se requieren más. Todos admiraban la nobleza y el honor del samurai, pero su rol en la historia terminó cuando se modernizó el arte de la guerra. A fines del siglo XIX el Emperador Meiji, decidido a convertir a Japón en una potencia igual a las occidentales, ya no necesitaba de los samuráis. Pero aún había algunos que no estaban dispuestos a abandonar su bushido y volverse obedientes soldados. El viejo samurai Saigo Takamori se rebeló con su grupo de fieles e intentó tomar el castillo de Kumamoto, en Tokio, pero fueron rechazados y tuvieron que retroceder hasta Kagoshima. Un ejército de 300 mil soldados atacó a los 40 mil rebeldes samuráis y el 24 de septiembre de 1877 en la batalla de Kagoshima fueron arrasados. Cuando los guerreros de Saigo eran apenas 400 no quisieron rendirse y lucharon hasta que murió el último samurai.
La modernidad tuvo la amabilidad de ponerle una fecha de vencimiento al guerrero samurai. Con el poeta fue menos benévola y ni siquiera le dio el honor de decretar un día para su ajusticiamiento. Como un soldado que desaparece en medio del caos del combate y nunca se encuentra su cadáver, el poeta no puede celebrar su funeral porque no hay evidencia de su muerte y simplemente está "perdido en acción".
Durante el combate de los años el poeta fue siendo asesinado lenta pero sistemáticamente. Nadie lo sabe, nadie lo denuncia, (quizá a nadie le importe) pero la raza del poeta es una especie al borde de su extinción definitiva.
Yo siento en mí ese cáncer que mata a mi poeta. Yo siento como el peso del siglo XXI se hace tumor en él y va apoderándose de sus órganos. No es que no pueda seguir escribiendo una metáfora o construir una rima ordenada sobre la cuerda de la estrofa, es que se da cuenta que ya a nadie le importa esa metáfora, esa rima o esa estrofa. Y ése es su tumor. Lo que mata a los poetas no es el rechazo, el oprobio, la burla o el insulto del siglo XXI, sino su gélida indiferencia.

El cáncer de mi poeta crece con el silencio del mundo, que día a día demuestra -sin siquiera mirarlo- que prescinde de él.


Muchos creerán que esto es una abstracción figurativa, pero no: Yo vivencio la enfermedad de mi poeta como un niño que crece y no entiende por qué el perro que le regalaron cuando era bebé ya no juega con él como antes. En mi cuerpo corre el vigor del verano, un cuerpo anhelante de sensaciones que como un animal hambriento recorre el bosque, sintiendo todos los olores, excitable ante cada mínimo movimiento. La energía de mi cuerpo es la bestia que domina mi ser, brutal e impulsivo. Y en ese contraste es como percibo la existencia endeble de mi poeta, cada día más cansado dentro de un cuerpo que se sacude.
Ahí va mi cuerpo por el medio del mar de la vida y ante cada ola que lo golpea mi animal brama y avanza en busca del próximo choque. Pero mi poeta se acurruca entre las costillas, apretando los dientes ante cada latigazo de agua. No gimotea, no chilla, calla y escupe sangre por los lados, para que no lo vea. Es la forma en que la vida se presenta, es la agresividad del siglo lo que conmueve su naturaleza sensible. No es que no lo intente, no es que no quiera pelear, es que su arma no está hecha para enfrentar la inclemencia de este siglo. Samurai mío, no desenvaines tu katana ni tu wakizashi, los enemigos usan sofisticados mosquetes y toda tu destreza no valdrá nada cuando se oiga su trueno.
Mientras mi animal se vuelve más salvaje ante cada golpe, ante cada ofensa y cada desafío que presenta la vida, mi poeta se larga a llorar ante la primera palabra de desprecio y se quiebra ante el silencio insensibilidad del siglo. Su cáncer crece cuando ve que sus palabras no tienen efecto alguno sobre el mundo. Ya no conmueve a nadie, ya no emociona a ninguna mujer, ya no hace pensar a ningún anciano, ya no estimula a los bravos. La indiferencia le acongoja el pecho que tambalea dentro de mi pecho y soy yo el que tiene que tomarlo por los hombros y ponerlo firme, gritarle que enderezca la espalda y siga caminando, que no se detenga ahora, que no podemos flaquear, no podemos dejar de avanzar, mi poeta, mi animal y yo.

- La vorágine de la vida se traga a los que caen, mi poeta, cómo haré para que sigas conmigo, ahora que debo ir a paso firme y tú me retrasas con tu enfermedad?

Desencajado, con la demencia que se apodera de todo aquel que se aferra a su supervivencia, mis actos son cada vez más desesperados y en el deseo de vivir, de vivir realmente, abandono la razón, la moral y la virtud. Mi poeta atestigua horrorizado como mi cuerpo se embrutece. Es mi animal el que lo domina, sólo su bestialidad puede hacer frente a una vida cada vez más bestial. La fortaleza reside en estar dispuesto a llegar lo lejos que haga falta llegar para conseguir lo que se quiere conseguir. Y esa fuerza no puedo hallarla en la sensibilidad de mi poeta, sino en la energía irracional de mi animal.

Lo que no sé es si mi poeta me podrá servir de algo en esta batalla. Tendré que hacer como hizo el Emperador Meiji con los samuráis y erradicar yo también al poeta que hay en mí? Del mismo modo que el ejército moderno supuso prescindir de la katana, la armadura y el bushido, el siglo XXI ya no necesita más de los poetas. La poesía es prescindible en este mundo, que ya tiene a los publicistas, a los cómicos, las modelos y los músicos pop para encontrarle un sentido simbólico a las cosas. Ya no hace falta la sensibilidad lírica de un poeta para interpretar un mundo cada vez más ordinario y pedestre. Mientras la palabra se torna cada vez menos polisémica y pierde su oportunidad metafórica por un sentido más llamo y direccional, la poesía es casi un acto subversivo o un acto de locura.
Bajo el imperio de una vida que trata de erradicar los sutiles matices entre los colores y que intenta imponer una visión del mundo en el que sólo puede distinguirse blanco y negro, que utilidad práctica tiene mi poeta? No será que la raza de los poetas debería reconocer ya que su taciturna existencia es solo un acto retrógrado? una reacción contra el orden hipermoderno del mundo?
Lo digno y lo bello sería que todos los poetas se unieran y conformara un ejército para lanzar una carga final, en una batalla que los extermine por completo o les permita, al menos, el honor del seppuku. Pero esto jamás ocurrirá. Quizá porque no muchos poetas tienen el valor necesario para morir por sus palabras y en última instancia porque estando tan diezmados como están, ni siquiera podrían llegar a formar un ejército, apenas una horda enloquecida.

Por mi parte seguiré luchando con las armas que tengo: con mi animal haciendo frente y con mi poeta por detrás. Aunque lo lleve a rastras, algo me impide prescindir de él... No sólo es el cariño hondo que siento por su ternura. Es algo más. No se trata de algo racional, claro está, porque su utilidad es totalmente nula. Mi intuición me dice que su existencia aún cumple un rol en el dominio de mi alma. Quizá, si desapareciera, la brutalidad de mi animal se apoderaría de mi cuerpo y yo perdería la poca comprensión que tengo de mis propios símbolos. Todo sería instinto, todo sería acción y fuerza. Quizá mi cuerpo, como el mundo, aún necesite del poeta, para que la sutil reinterpretación de una palabra salve el límite entre animales y hombres…

 

 Rodrigo Conde

  Julio 2010

 

 
 


 
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