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  procesión atea - Luis Alberto Henríquez

   

¿Para qué una procesión atea durante la Semana Santa en Madrid?

 

Por Luis Alberto Henríquez Lorenzo

    

La  Asociación Madrileña de Librepensadores y Ateos, y Ateos en Lucha, las dos organizaciones convocantes de la pretendida manifestación atea en Madrid, prevista su realización para el Jueves Santo de este 2011, no “se han salido con la suya” -expresión que se ufanarían en utilizar no pocos colectivos católicos- porque la delegada del Gobierno de Madrid, doña Dolores Carrión, les he denegado el permiso.

 

     Quien estas líneas escribe no se considera ateo, en absoluto; si bien su fe religiosa católica, a decir verdad, sea por dudas razonables provocadas sobre todo por la presencia del mal en el mundo, el llamado, teológicamente hablando, misterio de iniquidad (injusticias de todo tipo, enfermedad, catástrofes naturales, la realidad misma de la finitud y de la muerte...), sea por el mal ejemplo de muchos creyentes religiosos, especialmente por parte de los católicos, o sea por su propia debilidad e inclinación al pecado, a menudo  sufre los embates de la debilidad y de la duda. Pero sí, no soy ateo. No obstante, permítaseme este imposible, esta hipótesis que se me antoja harto improbable: si yo fuese ateo, no estaría conforme con hacer procesiones ateas; y menos, con hacerlas a propósito coincidientes con las propias de la Semana Santa católica.

 

     ¿Que por qué? Por dos razones principales, siempre y cuando, repito, fuese posible ese harto improbable de poder en verdad imaginarme cómo actuaría yo si fuese ateo, esto es, siendo yo, en “cuerpo y alma”, un ateo. La una, porque si no me interesaran las procesiones ni nada de lo que hace o propone hacer la Iglesia católica, me bastaría con pasar de la Semana Santa sin hacer ruido, sin tocar el bombo y el platillo de cualquier suerte o especie de ateísmo militante: con irme de campamento, de acampada, de  playuqui, solo o acompañado, de viaje, o de lo que sea, en pos de la actividad que sea o fuere al margen de la fe celebrativa de la Iglesia católica durante la Semana Santa, tendría suficiente. Creo. La dos o la otra, porque veo innecesaria una procesión atea puesto que la propia crisis de fe actual de la Iglesia católica,  patética, vergonzante y tétrica, sobre todo en Europa, el viejo continente, ya se encarga ella solita de arrojar enormes cantidades de descrédito sobre la llamada Esposa de Cristo.

 

     Ojo: no pretendo inmiscuirme en la conciencia de ninguno de los fieles católicos o simplemente curiosos más o menos devotos de la Semana Santa; sí, en cambio, volver a poner el dedo en la llaga del que es, a mi juicio, el más grave problema actual al que se enfrenta la Iglesia católica en España, o se debiera enfrentar: la crisis de fe de muchos de sus hijos e hijas, o lo que viene a ser lo mismo, la sobreabundante hipocresía y el sobreabundante espíritu burocrático o funcionarial de muchos que se dicen sus representantes, altos jerarcas incluidos; en definitiva, la progresiva sustitución del talante militante, única razón de ser de la Iglesia católica para la evangelización, en beneficio del burocratismo, que es, intrínsecamente, paralizador del talante misionero y de cualesquiera esfuerzos militantes.

 

     Progresiva sustitución del talante militante por el talante funcionarial o burocrático que se ha venido acentuando en el seno de la Iglesia católica, a pasos agigantados, a lo largo y ancho de los últimos lustros. Por tanto, si la Iglesia católica en España está como está de mundanizada, de burocratizada y de debilitada por la muy endeble y pusilánime fe de no pocos de sus hijos e hijas, obispos incluidos  -y con toda seguridad incluido también, cómo no, quien estas líneas escribe-, ¿para qué una procesión atea?, ¿para tratar de hurgar más con malicia en la herida del herido? Es decir, veamos, no creo ser tan bobo: una procesión atea ¿para purificar la Iglesia, para hacerla más evangélica, más auténtica, más servicial o samaritana? Me temo que no; a fuerza de no ser obtusos, está clara la intención de los organizadores de la procesión atea, finalmente fallida, a saber, disparar contra la Iglesia católica para hacerle daño. Lo manifestaron ellos mismos en la etapa de preparativos y publicación de intenciones: <<Queremos castigar la conciencia católica>>.

 

     Y claro, de ser así, de haber sido esa la intención, yo no puedo sino continuar preguntándome en voz alta, confío en que no de manera retórica ni con resultados que vengan a ser hueros, estériles, lo que sigue: ¿Más?, ¿castigarla aún más, a la Iglesia católica, más de lo que ya de por sí la castigan y la desacreditan todos los burócratas, trepas, nepotistas, mundanos y espiritualistas desencarnados que parecen haberse adueñado de la Esposa de Cristo, a menudo con los pertinentes o de rigor consentimientos episcopales o vicariales de turno?

 

     Pero, desconcertante Iglesia: pone el grito en el cielo porque un grupo de ateos amenaza con agredir la conciencia, los usos y costumbres y la fe misma de los católicos en Semana Santa -muchos de los cuales, por cierto, siguen bautizando a sus hijos y permitiendo que hagan la Primera Comunión y vamos, todo lo que haga falta, y empero siguen pasando de la Iglesia católica: todo se convierte en mera rutina, en actos sociales como ritos de paso y aquí en la tierra paz y en el cielo, gloria-, y sin embargo sigue permitiendo toda clase de incoherencias e hipocresías a cuál peor. Y la peor de todas, insisto: la predilección por los burócratas en detrimento de los fieles que sí más claramente han demostrado en sus trayectorias vitales un compromiso militante.

 

     Conozco varios casos de fieles católicos así afectados-perjudicados que me han llegado a comunicar, no sin amargura, no sin un como inevitable pozo de melancolía, conclusiones o siquiera temores como éstos: ¿De qué me habrá podido valer el conocimiento teórico e incluso la praxis militante de espiritualidades como la de Guillermo Rovirosa, la de Emmanuel Mounier en particular y el personalismo comunitario en general, o la del Movimiento Obrero “en su conjunto” con el objeto de aplicar a la evangelización, todo su rico tesoro de solidaridad y pasión por la justicia social, si resulta que la Iglesia católica en España está tan mundanizada, por una parte, y tan burocratizada por otra, que apenas tiene en cuenta las espiritualidades anteriores y sí el más burocratizante de los nepotismos imaginables, o también el espiritualismo desencarnado y mucho, muchísimo, todo lo que tiene que ver por activa y por pasiva con las soluciones propias del espíritu o talante burocrático? 

 

     De modo que ante una realidad eclesial así, casi que pierden el tiempo, me parece a mí, los ateos, librepensadores, anarquistas y demás radicales  aglutinados en torno a Ateos en Lucha y a Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores, amén de en torno a otras organizaciones afines. Pierden el tiempo porque la Iglesia católica ella solita se basta para hacerse daño, y mucho, a sí misma. De modo que sí: tal vez es que pierden el tiempo porque no termino de aprehender qué ejercicio de militancia constructiva puede ser el de tratar de hacer daño a una institución cuyas espantosas contradicciones internas, sobre todo manifiestas en el ya he dicho que tétrico, vergonzante y patético nivel padecido de burocratismo, nepotismo y aburguesamiento burocratizante, ya son suficientemente perniciosas, dañinas por sí mismas.

 

 

A modo de conclusión

 

Como posible conclusión programática para este escrito, confieso queme gustaría una Iglesia católica en la que hubiera más militantes y menos burócratas. Más obispos proféticos -al estilo de no pocos del Tercer Mundo- y menos, muchos menos obispos burocráticos y claramente  partidistas e hipócritas. Una Iglesia con muchos más testigos auténticos de la fe y menos teólogos enterados. Una Iglesia con un Papa que no sea Jefe de Estado y con el sea posible, en un clima de cordialidad y de respeto y de fraterna confianza, tomarse un café, un té, un mate, una cervecita, una infusión... Porque mucha gente que pasa no poco de la praxis de la fe de la Iglesia católica, sin embargo se sigue imaginando que Jesús de Nazaret sí prodigaba inequívocos gestos de ternura, compasión, afabilidad y cercanía con toda clase de gentes sencillas, marginadas, proscritas, o enfermas, y como resulta que ven que el Papa es tratado con honores de Jefe de Estado, y exige a través del protocolo sumisión filial y que se le bese su anillo de oro...

 

     Desde luego, el asunto controvertido es algo más que el discutir sobre si al Papa debe o no llamársele santidad, santo padre, santísimo padre, o sumo pontífice. No me convencen las enmiendas presentadas por los cristianos protestantes porque interpretan Mt 23, 8-12 (<<No se dejen llamar Maestro, porque un solo Maestro tienen ustedes, y todos ustedes son hermanos. Tampoco deben decirle Padre a nadie en la tierra, porque un solo Padre tienen: el que está en el Cielo. Ni deben hacerse llamar Doctor, porque para ustedes Cristo es el Doctor único. Que el más grande  de ustedes se haga servidor de los demás. Porque el que se hace grande será rebajado, y el que se humilla será enaltecido.>>)de una manera que yo mismo no dudaría en calificar de unilitaralmente literalista, “al pie de la letra”, tendencia por lo demás muy de la exégesis protestante. Sin ser yo un experto en exégesis, en modo alguno, pero sobre todo teniendo clara conciencia, estimo, de no practicar sobre esa perícopa una exégesis distinta a la de la Iglesia católica, me parece muy claro que los versículos en que pivota  la enseñanza evangélica del conjunto de estos versículos son Mt 23, 11-12. O dicho de otra manera: llamamos padre o papá a nuestros padres como progenitores nuestros que han sido o son, maestros a quienes nos han enseñado en las escuelas por las que hemos pasado, y llamamos doctor a quienes tienen esa titulación académica superior o incluso a médicos aunque no gocen de ese grado que otorga una determinada investigación de estudios superiores o de “postgrado; lo hacemos con total normalidad, sólo que para un cristiano ha que quedar clara la fe en que Dios es, por encima de padres, papaítos, maestros y doctores, el Maestro, el Doctor, el Padre. Por eso, no me escandaliza la tradicional costumbre católica de llamar santidad o santo padre al Papa, por más que mucha gracia no me hace, la verdad, acaso porque en mí se dan cita los ideales católicos con algunos de cuño libertario. De modo que así las cosas, lo que me desconcierta más que el hecho de esa tradición protocolaria, es que en las relaciones entre discípulos de Jesucristo, de cualquier condición y estado, no se tenga presente lo que se dice en Jn 13, 14-17: <<Si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado un ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Porque en verdad les digo: el servidor no es más que su patrón, y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas. ¡Felices si las ponen en práctica!>> El no tener muy presente la enseñanza anterior es mucho más grave para la vida de los cristianos, que el tener que llamar al sucesor de Pedro con esos títulos sólo en apariencia antievangélicos.

 

 

     Con todo, lo cierto es que muchas personas siguen creyendo estar seguras de que una realidad, la del  Profeta de Nazaret, no casa nada o muy poco con la realidad actual del Vaticano. Y en gran medida, quizá no en toda, considero yo mismo que no les falta razón. Desde luego, no poco de lo que se dice sobre y contra las riquezas del Vaticano y demás leyendas negras y urbanas, no es verdad, es falso; pero me sigue pareciendo a mí que la gente “no percibe” que los papas sean precisamente personas sencillas, completamente asequibles, personas a las que hay que tratar con respeto y fidelidad, ciertamente, pero sin sumisiones principescas que parecen más propias de monarquías o monarquismos absolutos que de la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rom 8, 15-17; Gál 5, 1; 13), y que de la noción radicalmente evangélica de Iglesia como comunidad de iguales. 

 

    Con una Iglesia católica más claramente fiel al Evangelio, acaso no surgirían ateos deseosos de hacer manifestaciones provocativas en Semana Santa. Digo ¿muy ingenuamente? Si incluso así, con una Iglesia católica más audazmente uto-profética (utopía y profecía) y por ende más auténtica, surgieran esas manifestaciones ateas, puesto que el mismo Jesús aseguró a los suyos que serían perseguidos, como a él mismo lo iban a perseguir, por toda clase de enemigos de la fe ( Mt 10, 23-26), con toda claridad y con todo respeto yo seguiría estando en contra de la oportunidad y de la conveniencia de esas manifestaciones. Pero desde luego, sí que en contra, sí, sólo que al precio de seguir sufriendo por esta Iglesia católica, ya conocemos que no poco burocrática e hipócrita, que se “asusta” porque un grupito de ateos, anarquistas y librepensadores amenace con celebrar por Madrid en pleno Jueves Santo una procesión al parecer irreverente  y anticatólica, sin que tal susto parezca llevarla con evangélica pasión, al menos en España, a tratar de querer ir purificando la mucha inmundicia interna que le sale por todas partes.

      

 

     Así al menos veo yo las cosas. No obstante, creo en la fuerza del Espíritu Santo, que sopla libre, también fuera de los marcos y límites visibles de la Iglesia universal. De modo que también creo aprehender y descubrir en el tiempo actual de la Iglesia universal muchas buenas razones solidarias y fraternas para perseverar en la fe. Sólo que desde luego esos motivos para la esperanza no los veo en el testimonio de las fieles católicas partidarias del aborto, por ejemplo, y sí en el de las mujeres católicas decididas a seguir el ejemplo de mujeres ejemplarmente fieles a la maternidad y la vida como la italiana Gianna Beretta Moya... No lo veo en los contornos de la familia más bien pequeño-burguesa, cerrada a la vida y a la solidaridad, sino en la que se esfuerza, superando crisis, dudas y debilidades, en ser militante, profética y fiel al Magisterio pese a los muchos males, hipocresías y pecados de la propia Iglesia católica.

 

     Sólo que volvemos a lo mismo al citarla, al citar a una mujer como la santa italiana: me temo que la mayoría de las mujeres jóvenes que se declaran católicas y que no raramente hasta se ganan la vida en lo profesional gracias a la Iglesia católica, no querrían en modo alguno parecerse a Gianna Beretta Moya. E incluso algunas, lo he podido comprobar yo mismo, trabajan profesionalmente para la Iglesia católica predicando en contra de su doctrina en aspectos esenciales de la  doctrina de la fe. De modo que ante un panorama tal como es el de la Iglesia católica en España en nuestro tiempo histórico, la “amenaza” de esa manifestación atea al final frustrada no es que me haya hecho mucha gracia o me inspire precisamente sentimientos de admiración y aplauso, en modo alguno; pero tampoco me quita el sueño, la verdad, ni hace que me rasgue las vestiduras, puesto que sigo más pendiente de los que considero muchos males de la Iglesia católica, que de las presuntas “afrentas” a ella por parte de los ateos, anarquistas, librepensadores, masones y demás radicales.

 

     Dicho con intención gráfica y sentenciadora o conclusiva para dar por finalizada esta reflexión: la Iglesia católica se está haciendo más daño a sí misma en la actualidad por causa de sus seculares pecados, nepotismos, burocratismos, pactos con lo mundano, hipocresías e incoherencias internas, que el daño que pueda estar recibiendo -que no niego, ciertamente- procedente de los llamados “enemigos” de la fe católica, apostólica y romana.

 

 

 

Gran Canaria, 9-4-2011.

Luis Alberto Henríquez Lorenzo.    

 

 

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