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Darkholme
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MensajePublicado: Mie Mar 21, 2012 1:04 pm    Título del mensaje: Nel -Relato Responder citando

LA GRAN PRUEBA









Había llegado la primavera, desplegando sobre Noega un manto naranja de sabores dulces y chillones, como las gigantescas carpas de los circos ambulantes. Aquella mañana Antonio caminaba de vuelta a casa desde la escuela con una mochila a cuestas que le pesaba como una losa de lenguas muertas. Era el último día de clase y los escolares debían cargar con el “material educativo”, dejando el cajón del pupitre limpio y vacío; de tal manera que ahora todo el peso de la pedantería occidental caía sobre sus espaldas. En el cielo el sol se distinguía con toda claridad y ya no era una farola tenue tras un mar de espesa niebla, como ocurría en el invierno; sino que por el contrario lucía una espléndida sobremesa, lo que se evidenciaba en el rostro del colegial, menos pálido ya de lo habitual, quien ajeno a los vaivenes de la meteorología, proseguía su lenta caminata con los ojos centelleando expectación, mientras su nariz, pequeña y respingona, aspiraba polen con resignación.
El camino de vuelta se lo sabía de memoria pero era ésta una de esas raras ocasiones al año en las que el ambiente se saboreaba en toda su plenitud. Ocurría igualmente durante las vacaciones de Semana Santa y en Navidades, pero nada podía compararse con la sensación de libertad que le embargaba mientras salía del colegio el último día de clase. Parecía como si el mundo se abriera ante sus ojos con ansiada desvergüenza. Tras el paréntesis rutinario de cada año, marcado por la temporada escolar, el planeta tierra volvía a moverse cíclicamente con la venida de una nueva primavera. Al principio con lentitud, como una máquina oxidada, luego ya con mayor celeridad, hasta que llegaba un momento en el que todo transcurría tan rápido que cuando uno se daba cuenta el estío ya había pasado, y el mundo se volvía a detener. De repente le vinieron a la memoria las tardes sentado frente a la mesa de estudio, con la lluvia repiqueteando contra los cristales de la habitación y sacudió la cabeza con una sonrisa. Era conveniente recordar que volverían los tiempos duros para poder así disfrutar más de los días de ocio aún por aparecer. Pronto la naranja de fuego de las vacaciones se acabaría derritiendo en la garganta, dejando como único recuerdo un regusto dulce en el paladar. Sería el rehén nostálgico con el que poder negociar condiciones más humanas, contra el implacable limón helado del invierno escolar.
El parque de Begoña presumía iluminado como un plató de cine, y todos los paseantes podían ser estrellas por un día. Mareas de niños encorvados y sudorosos le escoltaban en su camino a casa. Les sonrió como a compañeros de amnistía. La felicidad se reflejaba en todas las caras, en el sudor y en los pasos, pesados pero petulantes, pasos de quien era consciente de tener todo el tiempo del mundo en sus manos; percibiendo que con la holganza los relojes se reblandecían progresivamente, las manecillas se volvían perezosas y cada segundo necesitaba más de un segundo para pasar el relevo a sus camaradas. Todo era color lima y se arrastraba lánguido como en una película a cámara lenta. Incluso las casetas de los helados comenzaban a brotar por las esquinas. Definitivamente las vacaciones de verano habían iniciado la reconquista.
Al llegar a casa su madre le recibió desde la cocina. Le saludó alzando el brazo, mientras preparaba la comida con los ojos clavados en el manual de instrucciones del nuevo microondas digital. Antonio se dirigió a su habitación apeando la mochila sobre la cama. Aspiró una bocanada de aire y empezó a apilar los libros sobre un estante de forma mecánica; por un momento se fijó en la dedicatoria que Arancha le había escrito en la contraportada del libro de matemáticas. Las letras grandes y redondeadas le hipnotizaron, evocó la clase de mates de aquella misma mañana.
Con sonrisa pícara y como movida por un impulso extraño para él, la esbelta morena con las mejores piernas del colegio, le había arrebatado el libro para garabatear algo con su lápiz multicolor. Él, halagado y sorprendido, había leído la máxima: “Si la belleza fuera oro, tú serías un tesoro”. Era una horterada cursi pero lo importante era el detalle. Se había vuelto hacia ella con cara de consternación. La reina mora le correspondió entonces con un singular gesto de autodominio muy típico en ella. Solía parecer mayor de lo que realmente era. Ahí radicaba la base de su éxito con el género masculino, desenfadada y con un cuerpo de locura, se sabía el más bello puente del que podían disponer aquellos chicos, por el que huir de la infancia para lanzarse de lleno en la carnosa adolescencia.
Se habían encontrado durante el recreo, los dos solos sin sus respectivos amigos, con todo el patio repleto de niños y sin embargo solos, peligrosamente cerca el uno del otro, aislados de la multitud, entonces más que nunca una masa vulgar sin importancia. Ella le había abrazado por la espalda susurrando melosa: “¿qué tal?” y él se había puesto rojo como un tomate, incapaz de articular palabra; puede que, como mucho, hubiera balbuceado alguna estupidez ininteligible; y entonces, el muy imbécil, había salido corriendo como un idiota en busca de sus amigos.
Era demasiado tímido, se lo decía a sí mismo continuamente pero no conseguía evitarlo. Para cuando se lamentaba por las ocasiones perdidas éstas ya pertenecían irremediablemente al pasado, y entonces ya sólo le quedaba el recuerdo, esa segunda oportunidad que le dejaba con la miel en los labios, el nuevo intento que únicamente se producía en su cabeza y tan falso que olía a muerte prematura. Acarició el lomo de la libreta pensando que todavía no era demasiado tarde, claro que habría que agarrar el teléfono y llamarla y eso resultaba a todas luces un atrevimiento excesivo. Especialmente tras su ridícula conducta en el patio. Le aterrorizaba una negativa. Arancha era como una chica del nivel superior, podía imaginar su rostro desafiante con un gesto de altivez adulta, riéndose de él, diciéndole que era un niño pequeño, que ella podía aspirar a otra cosa…
Y realmente podía, de hecho como solía ocurrir con aquel tipo de chicas, se comentaba que salía regularmente con un tío del último curso. Un cretino sin duda, porque a todas las tías buenas les gustaban los cretinos; pero aquel abrazo, y aquella voz melosa…¿quién podía saberlo? quizás tuviera alguna oportunidad después de todo, aunque lo más probable era que simplemente estuviera jugando con él.
Las chicas eran muy crueles en lo concerniente a todas aquellas cosas, eran demasiado juguetonas con temas que, a los ojos de Antonio, resultaban tremendamente serios. Para Arancha nada era tremendamente serio, y menos los asuntos sentimentales. Era otra razón para pensar que ella no era como los otros chicos. Ella era muy madura y estaba muy desarrollada, muy, pero que muy desarrollada.
Su madre le despertó a voces desde la cocina, girando la cabeza hacia el pasillo terminó de colocar los libros y se dirigió a la mesa. Gloria le advirtió de que la comida estaba a punto. Él no se mostró muy comunicativo, más bien se dejó llevar por un ligero entumecimiento general que le acompañaría toda la tarde. Ya tenía diseñado el plan perfecto para el resto del día, vegetaría frente al televisor y luego se dedicaría en cuerpo y alma a la afanosa tarea del escapar del Templo Maldito desde su ordenador. De repente recordó el boletín de notas y corrió hasta la estantería; por entre las páginas del libro de historia se ocultaba una cartilla de color verde claro. La abrió deleitándose en las excelentes calificaciones. Volvió a la cocina y se la entregó a su madre. Ella se quitó los guantes de goma y secándose las manos en el mandil, tomó el boletín con la costumbre despreocupada de quien sabía que los problemas de su hijo no le vendrían por el camino de las calificaciones; con rutina paseó la mirada por entre la marea de Notables y Sobresalientes, y con rutina le felicitó por su aplicación, incluso le prometió un regalo, algo inaudito en ella. Antiguamente había sido muy común comprarle un tebeo de “Spider-Man”, o de la “Patrulla X” como premio fin de curso, pero un día había visto en televisión a un psicólogo asegurando que los regalos a los niños por sus buenas notas podrían crear en los pequeños un condicionamiento dañino, pues la buena conducta hacia los estudios debía salir de sí mismos y no estar condicionada por ningún tebeo, ya fuera de “Los 4 Fantásticos” o de los mismísimos “Vengadores”. Desde entonces se habían acabado los regalos, y Antonio descubrió, a su pesar, que los adultos estaban totalmente mediatizados por la televisión.
Pronto sonó el timbre de la puerta, justo cuando Mamá volvió a llamar a gritos desde la cocina. La comida estaba lista. Raudo y veloz se levantó en dirección al cuarto de baño. Tras lavarse las manos como un niño bueno se plantó en la cocina con la Filarmónica de Berlín en el estómago. Su padre ya estaba sentado a la mesa y le propinó un cariñoso coscorrón mientras se quitaba la chaqueta, al tiempo que revisaba con atención la cartilla escolar que le había entregado su esposa.
Saboreó la comida lentamente, como en él era habitual. Al terminar tiró los restos al cubo de la basura, depositó su plato junto a los otros cubiertos sucios, y se encaminó decidido hacia su habitación. Le esperaba una tarde de luchas y huidas por pasadizos secretos. Metió el CD en la unidad reclinándose en su silla de tela amarilla, y se dispuso a esperar unos minutos antes de que empezara la contienda. Tecleó al pie de la letra los trucos que su amigo Rubén le había escrito en papel de periódico para conseguir las vidas infinitas, y desplegó el mapa del Templo Maldito sobre la mesa. Desde el pasillo sus padres le invitaron a una tarde de playa, él negó con la cabeza, al segundo oyó la puerta de la calle cerrarse. Estaba solo, por fin solo. Harrison Ford le saludaba al otro lado de la pantalla. Era hora de comenzar la gran prueba.
A la media hora de juego sonó el teléfono. Era Simón, un compañero de colegio. Le invitaba a dar un paseo. Antonio denegó la amable invitación. Se excusó contando que tenía que acompañar a sus padres a algún sitio y tras varias bromas sobre ¡cada día eres más empollón, Antoñito!; quedaron para dar una vuelta en bicicleta a la mañana siguiente. Simón era su mejor amigo, un tipo simple, despreocupado y fortachón, con cierta afición por las peleas. No estudiaba demasiado, pero eso no parecía suponerle problema alguno porque ya había decidido cuál iba a ser su futuro. Sería camionero como su padre, y que el resto del mundo se preocupara de conquistar la galaxia o cosas así. Nada de eso tenía importancia para el futuro amo de la carretera.
Volvió al juego y analizó la parte del mapa donde se encontraba su paladín. Harry saltó de un barranco descolgándose de su látigo de cuero, esquivó unas flechas con punta envenenada y bit a bit alcanzó una pequeña cueva estratégicamente situada a media montaña. A medida que los dedos presionaban las teclas adecuadas, las piernas de Harry se movían aceleradamente y los gritos de agonía de unos niños esclavizados en las minas de diamantes, se hacían más patentes a través de los altavoces del ordenador.
Desde un peñasco perdido en la zona superior de la pantalla, un plano general mostraba la mina de los niños perdidos. Gorilas de la guardia real vigilaban su trabajo. El sumo sacerdote, mano derecha del Rajá, reptaba por entre la muchedumbre de esclavos con arrogancia de nigromante. Culebreaba envuelto en una túnica bicolor roja y negra, cortando el viento de acero de la mina. Un error, un simple error, un dedo sudoroso que empuja una tecla que acciona una pierna que derriba un simple guijarro que rueda pendiente abajo, provocando el terror entre los niños esclavos y una inmensa polvareda. Tras ella se traslucía el pobre Indiana mirándole con cara de consternación a través de la pantalla.
Sin tiempo a reaccionar vio a su héroe señalado por centenares de brazos desde la mina. El sacerdote indicaba a gritos su captura a los guardianes. O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P. No había nada que hacer, sólo presionar las teclas y echar a correr. Vamos Harry, vamos,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P,O-P...
Sonó el teléfono.
Eran sus padres. Le decían que acababan de dejar la playa y que si quería acompañarles a tomar algo. Él susurró, una vez más, que no tenía ganas de salir aquella tarde. Oyó un “de acuerdo”, y entonces sonó el clic desde el otro lado del tiempo.
Se quedó sentado en una silla de la cocina tras colgar el aparato. Miró el reloj. Habían transcurrido tres horas desde que se sentara cara a cara con Harry, y todavía no había recorrido ni medio mapa. Claro que con vidas infinitas terminar el juego era una cuestión de paciencia más que de pericia, y a Antonio le faltaba la pericia casi tanto como le sobraba la paciencia. No en vano era un alumno excelente.
Para cuando viajó hasta el último nivel la tarde había pasado. Rubén tenía razón, los gráficos estaban impecablemente cuidados. El rescate de la rubia había sido sencillo y agradable, sobre todo acompañado por un niño-esclavo liberado de las minas. Se aproximaban a la cámara real en busca del Rajá pero antes era de suponer que habrían de vérselas con el sumo sacerdote. El tipo tenía una garra de oro por mano derecha y con ella extraía el corazón de sus enemigos, era su gran especialidad; aparte de su afición por la Nigromancia. Siempre era difícil vencer a un brujo, pero Antonio confiaba en que contra una buena pistola ninguna pócima secreta tendría efecto.
Tras rodar por una cuesta llegaron a una cámara secreta, decorada con pinturas obscenas y cuadros colgados boca abajo, e iluminada por unos candelabros con apenas media docena de velas amarillentas como única luz. Toda la sala se inundaba de un hedor insoportable a cadáver descompuesto que hizo que la rubia sintiera ganas de vomitar. Tras una puerta dorada se escondían unos sones extraños y una letanía repetitiva en lenguajes arcaicos. Sin duda el maldito brujo se encontraba recitando sus malvados hechizos. Antonio tomó aire y Harry derribó la puerta de una patada. Sonó el teléfono otra vez.
Una desconocida voz femenina decía entre sonrisitas tontas que “estaba muy bueno” y que a ver cuándo se decidía a pedirle a “ella” que saliera con él. Antonio preguntó con toda inocencia que quién era “ella”, y sólo obtuvo una nueva ración de risitas bobas como respuesta. Se notaba que la anónima celestina no estaba sola, quizás su compañera de bromas telefónicas fuera la dichosa “ella”. Bien pensado, allí debía de haber más de dos personas, casi un grupo. Se imaginó a un nutrido montón de chicas riéndose de él tras la línea, y estuvo a punto de colgar y mandarlas al infierno a todas. Se sabía campeón del juego y no tenía tiempo ni ganas para burlas infantiles, pero continuó al aparato. Volvió a interesarse por la identidad de la enamorada, como contestación le susurraron una cita en un conocido parque que quedaba bastante lejos de casa. Sus padres llegarían pronto y el atardecer se adueñaba del cielo de Noega. Dijo que no podía ir y colgó. Al momento sintió el vacío mortal de otra oportunidad perdida. No quiso pensar más en la llamada porque sabía que se estaba arrepintiendo de su cobardía por momentos. Decidió centrarse en la batalla contra el sacerdote.
Harry golpeó a su rival sin compasión, le arrancó la garra de oro de un latigazo y le aplastó el cráneo rasurado contra la pared de barro seco. Ante el cuerpo del malvado ya muerto, apretó insistentemente la tecla S de “stub”. con obsesión asesina S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S-S, puñalada, puñalada, puñalada. Harry alzaba y bajaba el brazo una y otra vez clavando el puñal en la carne picada del sacerdote. Estúpido, estúpido, estúpido.
Se abrió la puerta de la calle. Sus padres entraron en la casa justo en aquel momento, como ocurría siempre, para dejar patente que allí estarían cada vez que él les necesitara. Se presentaron morenos, alegres y con un cómic de “Batman” bajo el brazo. Al fin una alegría por el precio de una conversación familiar cada día más breve e insustancial. Agarró el tebeo con la mano y volvió a recluirse en su habitación, tumbado sobre la cama lo ojeó durante un rato. “El sombrerero se vuelve honrado”, decía.
Tras revisarlo se decidió a reanudar la batalla. A los pies de Harry yacía un sacerdote convertido en pulpa sanguinolenta. Se asombró de su propia obra. Era curioso cómo una llamada anónima de unas memas que sólo pretendían pasar el rato a costa suya, podía producir tal efecto en él. Claro que si después de todo se tratara de Ana, que según Simón llevaba un tiempo detrás de él, o de Olga, o de Arancha... No, no podía ser, si tras aquellas risas de fondo se escondía “Ella” su rechazo hubiera sido el mayor error de su vida. Pero no, no era posible, porque Arancha salía con un cretino del último curso, porque Arancha jamás podría interesarse por alguien como él, porque…lo mejor sería centrarse en la pelea final con el Rajá.
El malandrín se ocultaba de la luz en las salas superiores del templo, tras cámaras cetrinas con cuervos enjaulados, vapores obsesivos y calderas hirvientes. Subieron las escaleras de acceso a la zona superior. Las plantas de los pies se aferraban a los peldaños de piedra como temiendo el inevitable desenlace. Reptando vigilantes a través de la larga escalera en espiral al final de la que aguardaba el diablo mismo vestido de Rajá de cuento, recitando hechizos oculto tras su túnica negra con ribetes dorados. La larga melena al viento y la perilla recta, geométrica como un puñal que le naciera de la barbilla. Caía la noche tras los orificios cuadrangulares marcados en las paredes de barro cocido de la estancia, paredes repletas de figuras demoníacas en cuadros invertidos, unos estilizados cirios fúnebres eran la única luz a excepción de la luna, que a través de las ventanas iluminaba la cara bizantina del Rajá, sus ojos grises y sus facciones huesudas, ahora tenuemente tensadas ante la visión de su mortal enemigo.
El diálogo establecido entre ellos dejó bastante que desear, mucho “¡villano!”, “¡cobarde!” ”¡acabaré contigo!”, y cosas así. Se podía esperar más de unos programadores tan afamados como los que firmaban el trabajo. Fue incluso un poco aburrido porque se veía a la legua que todo estaba demasiado preparado. Un sentimiento general de artificio reinaba en el aire, logrando un inadecuado contrapunto al clima de nervios y excitación del jugador que había llegado al nivel crucial, y cuyo éxito dependía de una lucha final a vida o muerte donde uno se lo jugaba todo.
La pelea en cuestión no tuvo mucho color, había demasiada conversación y demasiado intercambio de insultos, y también porque la afición del gran enemigo por la nigromancia se convirtió en una pesadez, teniendo que consultar cada dos por tres las anotaciones de Rubén para conseguir contrarrestar el maléfico poder de los hechizos. En definitiva y después de una larga tarde de esfuerzo, todo se reducía a conocer un puñado de frases mágicas con las que anular las malas artes del maligno. Tan sólo al final, cuando el Rajá se mostró asustado y sin recursos, fue cuando Antonio pudo deleitarse a golpes con el tipo. Tras un apaleamiento que ponía los cátodos de punta, optó por arrojarle desde una de las ventanas. Un grito aterrador acompañó al Rajá en su caída. Luego, un beso de la rubia, una felicitación del niño y una celebración del pueblo en honor del héroe liberador. Mucha lucecita y mucha musiquita computerizada. Fundido a negro y un escueto letrero:
CONGRATULATIONS HERO
WOULD YOU LIKE TO TRY AGAIN? Y/N

En fin, siempre podía quitarse el mal sabor de boca por la mediocridad del juego devorando el cómic de Batman. Apagó el ordenador. Se tumbó en la cama y abrió el tebeo tras haber saboreado como un experto el dibujo de la portada.
Aquella noche terminó de cenar solo, como de costumbre, mientras los demás ya estaban vegetando ante el televisor. Al paladear la comida pensó en el final del juego, y en la misteriosa llamada, y en lo que haría a la mañana siguiente, y en Simón, y en Arancha, y ya no pensó en nada más, porque el cuerpo de la reina mora se desplegó voluptuoso a lo largo de la mesa de la cocina, completamente desnuda y rociada con salsa de pollo frito. La erección fue dolorosa. Al momento dio por concluida la cena y se retiró a su habitación.
Pocos segundos después devoraba a lametones el cuerpo grasiento de su amada con respiración entrecortada. Tras la eyaculación se quedó tumbado sobre la cama con los ojos fijos en el techo, el cuerpo muerto y el cerebro perdido en los más diversos pensamientos, tan relajado con un reloj en verano.
Por la mañana se levantaría temprano para no faltar a su cita con Simón, acabaría rendido pero sería sin duda una interesante jornada turística. Por la tarde, después de reposar adecuadamente para dar descanso a sus doloridos huesos, se iría volando a la feria del libro. Al volver a casa se había fijado en las casetas ya preparadas albergando todo tipo de volúmenes. No resultaría difícil que sus padres accedieran a un pequeño donativo, sobre todo teniendo en cuenta que era para libros. Con lo que recibiera, y lo que había ahorrado para la ocasión, fácilmente conseguiría tres o cuatro ejemplares a buen precio.
Su afición por la lectura había nacido envuelta en papel de periódico en un cumpleaños no muy lejano. Su abuelo le había entregado sonriente aquella maravilla: “La Esfinge de los Hielos”. En un principio su cara había reflejado un cierto mohín de fastidio, pero todo cambió cuando se puso a leer: qué maravilla, la aventura de los marineros en alta mar, sin comida, teniendo que decidir cuál de ellos habría de sacrificarse para que no murieran todos, y las descripciones marinas, las excepcionales hazañas, los incontables sucesos de la vida como lobo de mar. Devoró el libro en un par de días y desde entonces Julio Verne y Poe se convirtieron en sus principales ídolos, mentores y maestros. Sólo comparables a Dumas, Salgari o Defoe, con los que fue intimando poco a poco, a través de pagas semanales o mensuales fundidas en un recién descubierto vicio, un vicio de horas perdidas de la forma más provechosa, de aventuras en mares insondables a bordo de submarinos blindados, de luchas de mosqueteros en la corte francesa en busca de Milady Arancha.
Arancha, siempre ella, cada vez que intentaba pensar en algo surgía persistentemente la maldita cría. Anegando su cerebro en grasa de pollo frito. Cayó la noche y cuando se quiso dar cuenta estaba dormido.
Soñó que estaba en clase. En el último día. En la última hora antes de las vacaciones. Sudaba como un condenado castigado por el sol tras los ventanales. Sonó el timbre, y como consecuencia se oyó un suspiro de alivio en la platea como un preludio a la tormenta de libertad. La gente se levantó con rapidez, saliendo por la puerta apelotonados como en un incendio, insensibles ante los llamamientos a la moderación de la señorita Mercedes.
Antonio parecía extrañamente calmado, en un momento el aula se había vaciado, y sólo quedaba él, recogiendo los libros en su mochila con parsimonia. Había una sensación de lentitud frustrante en toda la escena, como cuando en las películas de terror la chica corría y corría escapando del monstruo y lo filmaban a cámara lenta para poner nervioso al espectador. Cuando al final logró salir del recinto con una pereza desesperante, los pasillos se vieron despejados. Parecía que todo el mundo se hubiera dado una prisa tremenda por largarse, como temiendo algún peligro que aguardara a los rezagados. Antonio se encaminó hacia las escaleras y mientras descendía por los primeros escalones vio a Arancha esperando en un rellano. Movía la cabeza en su busca a una velocidad onírica, todo el mundo se desplazaba con mayor premura de lo habitual, y él en cambio parecía más lento que nunca. Arrastrado por un impulso animal alcanzó el descansillo y la besó apasionadamente, sus labios le parecieron pequeños y artificiales, fue sin duda alguna el primer beso más extraño en toda la historia de la adolescencia. Ella reaccionó con una sonrisa de superioridad y echó a correr aceleradamente, bajando las escaleras a toda prisa riendo como un duende travieso. Poco después se evaporó en el aire y a Antonio se le hizo un agujero enorme en el estómago. Entonces despertó en la madrugada desconcertado e insatisfecho, y se puso a leer “Moll Flanders” junto a la ventana.
A las nueve de la mañana decidió que era la hora apropiada para levantarse el primer día de vacaciones, de cualquier forma no había disfrutado demasiado durante la noche. Los malditos sueños le destrozaban la vigilia cada vez con mayor asiduidad; aún creía conservar el agrio sabor de boca de los labios de Arancha, intentando hacer memoria sobre qué demonios le evocaba aquella sensación. Tenía que ser algún alimento o algo que le resultara especialmente desagradable, pero no podía relacionarlo con nada que recordara haber experimentado.
Se vistió con agilidad tras tomarse un ligero desayuno. Era hora de su cita con Simón. Papá estaba en el trabajo y mamá bostezaba sobre el café. Un beso, adiós, y ten mucho cuidado, que ese Simón amigo tuyo es un poco gamberro. A mamá, Simón nunca le había caído del todo bien, en el fondo pensaba que era muy mala influencia como amigo para un niño que prometía tanto como Antonio. Por lo general se lo imaginaba adulto, al volante de un camión forrado con fotografías obscenas, haciendo gestos obscenos a las conductoras y llevando una vida obscena entre moteles de carretera y casas de mala reputación. Gloria era capaz de llegar a tener una gran imaginación si se lo proponía. Antonio también se había imaginado el futuro de Simón alguna vez, y el panorama resultante no difería demasiado de las conclusiones maternas, claro que el efecto que el experimento profético producía, era muy distinto en la visión que cada uno de los dos mantenía del gordo Simón.
Pedaleó con fuerza hasta llegar a casa de su amigo, unas cuantas calles más al oeste pero no demasiado lejos. Tocó el timbre y el chico le respondió en camiseta desde la ventana, diciendo que se esperara un poco y que saldría enseguida. Tenía la cara llena de cereales. Antonio asintió con la cabeza y se sentó en las escaleras de entrada, pensando en que cabía la posibilidad de que una vida entre desplegables obscenos y moteles baratos no fuera necesariamente un fracaso.
Diez minutos después el camionero apareció por la puerta con la bicicleta al hombro. Se saludaron fríamente porque la conversación las excursiones llegaba con el cansancio, cuando el sudor y la fatiga mutua unía a las personas más que todas las estúpidas convenciones educadas del mundo. Era una hermandad la suya ya bastante antigua, y no temían a los silencios incómodos ni a las convenciones entre extraños. Habían llegado a un nivel de camaradería difícil de lograr en cualquier estadio de vida que no fuera la infancia.
Pedalearon con rapidez para salirse de la carretera general lo antes posible y llegar a las afueras de Noega, en contacto con las zonas rurales. Simón era el tipo más adecuado para una excursión en bicicleta, y aunque era incansable y mucho más fuerte que Antonio, con él uno descubría los más recónditos parajes. Simón se sabía todos los lugares, conocía a todo el mundo sin resultar extraño en ningún bar de carretera; era un tipo de lo más popular y no le costaba nada empezar a hablar con cualquiera aunque no le hubiera visto antes. Puede que para su madre sólo fuera un orangután ignorante con maneras de matón, pero para Antonio, Simón era un tipo del que nadie se reía y al que nadie osaba levantar la voz. Él iba delante, como de costumbre, abriendo camino a través de lo desconocido, en otro viaje que a Antonio se le prometía rutinario. Por un instante pensó que ya se sentía un poco cansado de aquellos recorridos por el extrarradio. Pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a hablar. La primera hora transcurrió mientras pedaleaban en silencio como si estuvieran enfadados, con un Antonio por momentos extenuado, manteniendo la mirada fija en las anchas espaldas de su amigo, avanzando el primero, delante de todos, marcando territorio. Subieron a lo alto de la colina de La Providencia sin un sólo descanso. En la cima fue cuando el gordo accedió a unos minutos de reposo, Antonio huyó corriendo hacia el primer bar a la vista y se bebió un vaso de agua fresca, casi congelada, que le hizo daño en la garganta, como si le hubieran hecho tragar una cucharada de plata líquida. Hablaron de muchas cosas y ninguna de ellas tenía la menor importancia. Simón se estaba convirtiendo poco a poco en un recuerdo; aunque siguiera allí y continuaran siendo amigos, su rostro bonachón parecía formar parte ya de los últimos capítulos del libro de la nostalgia infantil. Tumbado sobre un prado, sintiendo una brisa fresca sobre la frente, volvió a pensar en Arancha, esta vez no como animal erótico, estaba demasiado cansado, sino como compañera con la que charlar y salir a dar una vuelta. Era encantadora, tenía una sonrisa extraña e inquietante pero era encantadora, una chica fantástica, con mucho desparpajo y un salero irresistible para un tímido como Antonio. La llamaría, aquella misma tarde la llamaría.
Simón le indicó que le encontraba raro, y se pusieron a charlar de fútbol y de los tebeos del hombre araña, de lo feliz e inocente que se veía el mundo sin clases, de chicas, y de que la Arancha te tira los tejos Antoñito, yo que tú no perdería el tiempo que hay que ver qué tetas se le han puesto a la tía. Le molestó oír la alusión anatómica que a él le obsesionaba en labios de otro chico, pero hizo como si no le importara y sonrió como se suponía que uno debía sonreír ante observaciones de aquel estilo, sobre todo cuando se estaba entre amigos.
Decidieron volver a la ciudad descendiendo por el Infanzón, que era un circuito natural para ciclistas arriesgados. Una sucesión de curvas peligrosas entre merenderos perdidos, y encontronazos no siempre agradables con los escasos coches que les acompañaron en el deslizamiento. Simón disfrutó de lo lindo imaginándose en una decisiva carrera para la consecución del campeonato del mundo, agarrando cada curva con la pertinente rodilla flexionada casi rozando el asfalto, y volviendo la cabeza de vez en cuando para reírse de su camarada; pronto había alcanzado una velocidad muy superior a la de Antonio, como era frecuente, entre otras razones porque él no echaba mano a los frenos cada dos por tres por miedo a una excesiva carrera, por lo que en un momento se volvió un punto redondo cada vez más pequeño, dejando a su amigo solo ante las curvas, los coches, y algún que otro perro despistado.
Antes de regresar a casa deambularon por la zona del puerto deportivo con ritmo suave, charlando amigablemente y dejándose llevar por el buen tiempo. La mañana era soleada sin resultar sofocante, gracias a un agradable viento que se les metía por dentro de las camisetas refrescándoles el cuerpo y secándoles el sudor. Las parejas caminaban mirando a las gaviotas alrededor del faro. Los veleros atracaban en el puerto desplegando todo tipo de banderas de numerosos colores. Un perro ladraba a las trágicas estelas de los barcos pesqueros y los niños soñaban con lugares exóticos más allá del mar desde las terrazas. Había una estatua de una mujer de negro en la punta del malecón, mirando al horizonte con obsesión y miedo. Más allá quedaba el mundo exterior y los tenientes franceses. Noega se mostraba cándida e idealista como una campesina vestida de princesa.
Volvió a casa tras dejar a Simón en un bar donde había quedado a comer con su padre. Pedaleaba con el rostro marcado por una extraña nube de melancolía. Todo había empezado aquella noche, con aquel frío tremendo en la nuca y el agujero negro en el estómago. Quizás fuera la consecuencia de su desilusión por el decepcionante final de juego, o la sensación de rutina que le había acompañado en su viaje con Simón. Sabía que uno nunca valoraba lo que tenía hasta que lo perdía, lo había oído en una canción. Lo que no podía figurarse era que las cosas tenían un sabor mucho más dulce en la memoria que en la realidad, es decir que la fe era muy superior a la certidumbre, y sintió miedo, y por primera vez el terror no pudo paralizarlo, porque había algo por lo que merecía la pena enfrentarse a la desilusión, a la muerte e incluso a los abusones.
Entró en su domicilio, no había nadie. Una nota le explicaba que sus padres habían salido a dar una vuelta y que volverían a la hora de comer. Sin perder tiempo y dolorido por todo el cuerpo, rebuscó entre los apuntes de Física y Química hasta hallar la serie mágica de números policromados, dibujados con primor con el lápiz que ella chupeteaba sensualmente en las aburridas clases de matemáticas.
Marcó los dígitos con estilo ceremonioso, como un sacerdote nigromante pronunciando un extraño hechizo árabe. Sintió los latidos acelerados del corazón, y las señales telefónicas constantes, volviendo a sonar con exactitud milimétrica, piiiiiiiiiiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiiiiiiiii
- ¿Diga?
Era ella, era su voz. Antonio se quedó mudo por algo más de un instante. Ella repitió ¿diga?, ¿diga?, y él no tuvo más remedio que contestar.
--¿Hola?, ¿hola?, ¿Arancha? Soy Antonio.
Ella dudó un segundo, como sorprendida.
--¡Ah!, hola hombre, ¿qué tal?
Según la lingüística moderna, la función explicativa se divide principalmente en función sintomática y función actuativa. En el primer caso, la entonación nos permite conocer entre otros rasgos, la edad y el sexo de nuestro interlocutor. El segundo caso alude a ciertas emociones que se pretenden despertar en el otro. A Antonio se le agolparon los apuntes de lengua en la cabeza al oírla. La función sintomática decía que su interlocutor era joven y de sexo femenino. La función actuativa le susurraba un estado anímico de sorpresa, de agradable sorpresa.
--Nada, aquí estoy. Estaba pensando en ti y me decidí a llamar para hablar contigo un rato.
--¿Estabas pensando en mí?--su voz sonaba melosa. En verdad se la veía agradablemente sorprendida por la llamada.
--Sí, bueno. Ahora con esto del verano pensaba que ya no te podría ver hasta que comenzaran de nuevo las clases.
--No, hombre, podemos quedar para salir a dar una vuelta por ahí. No hace falta que esperes tanto para verme, tonto.
Antonio se derrumbó sobre el sofá rojo de vergüenza. Ella le había llamado “tonto” con una voz dulce y juguetona. Pensó que de haber dicho “tontito” se habría desmayado de gusto sobre el sillón, y de habérsele ocurrido llamarle “osito mío”, estaba completamente convencido de que le hubiera dado un infarto allí mismo.
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